No es correcto ni seguro ir contra la conciencia

Estas son parte de las palabras de Martín Lutero en la Dieta de Worms, donde debía comparecer para responder a las acusaciones de herejía y, si no se retractaba de sus enseñanzas, podía ser condenado como hereje. Su respuesta, sencilla pero profunda, ha quedado registrada en la historia desde entonces:
«Si no me convencen mediante testimonios de las Escrituras o por un razonamiento evidente (puesto que no creo al Papa ni a los concilios solos, porque consta que han errado frecuentemente y se han contradicho a sí mismos), quedo sujeto a los pasajes de las Escrituras aducidos por mí y mi conciencia está cautiva de la Palabra de Dios. No puedo ni quiero retractarme de nada, puesto que no es prudente ni recto obrar contra la conciencia. Aquí estoy, no puedo hacer otra cosa; Dios me ayude. Amén».
La famosa frase «Aquí estoy, no puedo hacer otra cosa» forma parte de la manera tradicional en que se ha transmitido la conclusión del discurso; sin embargo, su presencia en los testimonios contemporáneos de la Dieta es discutida por los historiadores.
Con esto terminamos esta serie de reflexiones sobre la conciencia con una exhortación a nunca ir deliberadamente contra una conciencia piadosa, porque hacerlo es una de las cosas más insensatas que una persona puede hacer. Como Pablo lo expresa:
«Así que la convicción que tengas tú al respecto, mantenla como algo entre Dios y tú. Dichoso aquel a quien su conciencia no lo acusa por lo que hace. Pero el que tiene dudas en cuanto a lo que come se condena; porque no lo hace por convicción. Y todo lo que no se hace por convicción es pecado».
Romanos 14:22–23, NVI.
Hay una razón por la que Pablo podía hablar de una conciencia limpia, y no era porque hubiera vivido una vida perfecta y sin pecado, pues nadie excepto Cristo lo ha hecho. Más bien, procuraba vivir delante de Dios con una conciencia limpia, obedeciendo lo que entendía que Dios requería de él y evitando deliberadamente actuar contra ella.
Pero aquí debemos hacer una distinción importante: una conciencia limpia no es necesariamente una conciencia infalible. Nuestra conciencia puede estar mal informada, ser débil, estar endurecida o incluso equivocarse. Por eso, la conciencia nunca puede ocupar el lugar de la Palabra de Dios. Nuestra conciencia debe ser formada, informada y continuamente corregida por las Escrituras.
En otras palabras, no debemos pensar: «Si mi conciencia me dice que algo está bien, entonces necesariamente Dios dice que está bien». Más bien, debemos preguntar qué enseña la Escritura y permitir que la Palabra de Dios forme nuestra conciencia.
Fundamentos y cuestiones secundarias
Tanto en la doctrina cristiana como en la ética cristiana existen asuntos fundamentales y asuntos secundarios.
En la doctrina cristiana tenemos las verdades fundamentales, las creencias centrales de la fe. En estos artículos fundamentales respondemos a la pregunta: «¿Qué debe creer todo cristiano?»
Entre estas verdades se encuentran doctrinas como la Trinidad, la divinidad de Cristo, la resurrección corporal de Cristo, la exclusividad de la salvación en Cristo y la justificación por la fe sola. Estas no son simples preferencias teológicas ni diferencias denominacionales. Son verdades fundamentales de la fe cristiana.
Si alguien rechaza deliberadamente un artículo fundamental de la fe cristiana, se está separando de una verdad esencial del cristianismo. El rechazo consciente y persistente de una verdad fundamental constituye herejía y coloca a la persona fuera de la fe cristiana ortodoxa.
Pero también existen asuntos secundarios —e incluso, en algunos casos, terciarios— en los que puede haber diferencias entre cristianos verdaderamente ortodoxos. Estos asuntos responden a otra pregunta: «¿Qué pueden creer de manera diferente los cristianos que permanecen dentro de la fe cristiana?»
En estas cuestiones secundarias, cristianos fieles a las Escrituras pueden llegar a conclusiones diferentes. Podemos tener diferencias sobre cuánta agua debe utilizarse en el bautismo, qué tipo de pan debe utilizarse en la Cena del Señor, qué canciones debemos cantar, o muchas otras cuestiones en las que cristianos sinceros pueden tener convicciones diferentes.
No estar de acuerdo en estos asuntos no convierte automáticamente al otro en un hereje. Puede tratarse simplemente de una diferencia entre hermanos, miembros del mismo cuerpo de Cristo, que poseen convicciones diferentes.
Sin embargo, que una cuestión sea secundaria no significa que nuestra conciencia sea irrelevante. Una acción puede no ser pecaminosa en sí misma y, sin embargo, si estoy convencido delante de Dios de que no debo realizarla, actuar deliberadamente contra mi conciencia sí es pecado.
Esto es precisamente lo que Pablo enseña en Romanos 14:23: «Y todo lo que no se hace por convicción es pecado».
Por ejemplo, el hecho de comer determinada comida puede ser moralmente legítimo. Pero si un cristiano está convencido delante de Dios de que no debe comerla y, aun así, decide hacerlo deliberadamente, el problema no está en la comida misma, sino en actuar contra su conciencia.
Por eso debemos distinguir entre la naturaleza objetiva de una acción y nuestra responsabilidad subjetiva al realizarla.
La ley moral y los «asuntos grises»
En la ética cristiana también tenemos la moral fundamental: los mandamientos centrales de lo que debemos y no debemos hacer. Estos se resumen de manera fundamental en los Diez Mandamientos y continúan funcionando como norma moral para el cristiano.
Ir deliberadamente contra la ley moral de Dios siempre es pecado. No es negociable ni es simplemente una lista de sugerencias.
Por otro lado, existen los llamados «asuntos grises»: cuestiones relacionadas, por ejemplo, con determinados días, alimentos, bebidas, vestimenta y entretenimiento. Hay cristianos que pueden estar en desacuerdo sobre si beber una copa de vino es apropiado en determinadas circunstancias, si cierta actividad es apropiada en un determinado día, o si celebrar ciertas festividades es correcto.
Pero debemos tener cuidado con la expresión «asuntos grises».
Un asunto gris no es un asunto sobre el cual la Biblia no tenga nada que decir. Más bien, es un asunto en el que cristianos que desean ser fieles a las Escrituras pueden aplicar los principios bíblicos de maneras diferentes.
La Escritura continúa siendo nuestra autoridad suprema incluso en estos asuntos. La conciencia no sustituye a la Biblia. Más bien, nuestra conciencia aplica lo que entendemos que la Palabra de Dios exige en una situación particular.
Por eso, en estas cuestiones, debemos procurar actuar con una conciencia limpia delante de Dios.
A veces, para encajar en un grupo social, participar en determinadas actividades de la iglesia, divertirnos, conseguir más amigos o recibir la aprobación de otros, podemos sentir la tentación de ignorar nuestra conciencia. Pero no debemos silenciar deliberadamente una conciencia formada por la Palabra de Dios simplemente para obtener aceptación.
No debemos despertar nuestra conciencia solamente cuando nos resulta conveniente, ni silenciarla cuando se interpone entre nosotros y aquello que queremos hacer.
No hagas de tu conciencia la conciencia de los demás
También es insensato intentar imponer nuestra conciencia a otros cristianos. Esto sucede con demasiada frecuencia.
Si mi conciencia está limpia respecto de un asunto secundario, no es mi misión ni mi llamado convertir mi conciencia en la conciencia de otra persona. Tampoco debo convertir mis convicciones personales en mandamientos de Dios para otros cristianos.
Esto no significa que nunca debamos enseñar, exhortar o corregir a otros creyentes. La Iglesia tiene el deber de enseñar toda la Palabra de Dios. Pero hay una diferencia entre enseñar lo que Dios ha mandado e imponer como mandamiento de Dios aquello que la Escritura no ha establecido como obligatorio.
No debemos atar la conciencia de otro cristiano donde Dios no la ha atado.
Este es precisamente uno de los grandes principios de Romanos 14. Nuestra libertad cristiana no debe utilizarse para convertirnos en piedra de tropiezo para nuestros hermanos, sino para edificarlos en amor.
Pablo lo expresa así:
«Más vale no comer carne ni beber vino, ni hacer nada que haga caer a tu hermano».
Romanos 14:21, NVI.
Por tanto, la pregunta no debe ser únicamente:
«¿Tengo libertad para hacer esto?»
También debemos preguntar:
«¿Cómo afectará esto a mi hermano?»
«¿Estoy utilizando mi libertad para edificar o para hacer tropezar?»
La conciencia debe estar cautiva de la Palabra de Dios
Tenemos, entonces, dos grandes guías claras y firmes en los asuntos fundamentales: la Palabra de Dios en materia de doctrina y la Palabra de Dios en materia de moralidad.
A partir de estos fundamentos se forma una conciencia piadosa que nos ayuda a aplicar la verdad de Dios en cuestiones secundarias y en los llamados asuntos grises.
Pero nunca debemos apartarnos de los fundamentos simplemente porque nuestra conciencia no nos acusa.
Nuestra conciencia puede estar mal informada, debilitada o incluso endurecida. Por eso, una conciencia tranquila no demuestra necesariamente que una persona esté actuando correctamente. Podemos sentirnos tranquilos y estar equivocados.
La conciencia necesita ser continuamente examinada a la luz de la Palabra de Dios.
Por eso, el objetivo no es simplemente tener una conciencia que no nos moleste. El objetivo es tener una conciencia formada por la verdad de Dios.
La conciencia debe estar cautiva de la Palabra de Dios.
La libertad cristiana y el amor
Y cuando se trata de nuestra conciencia, también debemos recordar que no solamente debemos procurar tener una conciencia limpia nosotros mismos; debemos procurar el bien de nuestros hermanos y hermanas en Cristo.
Cuando el ejercicio de mi libertad puede convertirse en una piedra de tropiezo para otro cristiano y hacer que su conciencia se vea herida, debo buscar el bien de mi hermano o hermana por encima de mi propio beneficio y actuar siempre en amor.
Las palabras de Pablo son importantes:
«En cuanto a lo sacrificado a los ídolos, es cierto que todos tenemos conocimiento. El conocimiento envanece, mientras que el amor edifica».
1 Corintios 8:1, NVI.
Pablo no está diciendo que el conocimiento sea malo. El problema es utilizar el conocimiento sin amor.
Puedo tener razón en una cuestión secundaria y, sin embargo, utilizar esa verdad de una manera que destruya a mi hermano. Puedo tener una conciencia bien formada y, sin embargo, utilizar mi libertad de una manera que haga tropezar a otro creyente.
El conocimiento debe estar gobernado por el amor.
Pablo desarrolla todavía más este principio cuando escribe acerca del amor cristiano. Incluso el conocimiento extraordinario y los dones espirituales más impresionantes no nos aprovechan si carecemos de amor.
Lo mismo sucede con la conciencia.
Una conciencia bien formada sin amor puede convertirse en un instrumento de destrucción en lugar de edificación.
No estamos llamados a convertirnos en la conciencia de otros en asuntos que Dios no ha establecido como fundamentales. No debemos atar ni forzar la conciencia de otros cristianos para que sea idéntica a la nuestra.
Unidos en medio de nuestras diferencias
En medio de nuestras diferencias, lo que nos une como cristianos es el amor: el mismo amor con el que nosotros hemos sido amados.
Debemos procurar edificarnos unos a otros, no destruirnos.
Debemos procurar ayudarnos mutuamente a ser más semejantes a Cristo, no conseguir que todos estén de acuerdo con cada uno de nuestros matices teológicos o éticos.
Debemos ayudarnos mutuamente a crecer en la verdad, pero también debemos aprender a vivir con diferencias legítimas entre hermanos.
Nuestra meta no es crear una uniformidad absoluta en cada cuestión secundaria, sino crecer juntos en Cristo.
Por eso, cuando enfrentemos diferencias, podemos preguntarnos:
¿Estoy defendiendo la verdad de Dios o simplemente defendiendo mi propia preferencia?
¿Estoy ayudando a mi hermano a acercarse más a Cristo o intentando hacer que su conciencia sea idéntica a la mía?
¿Estoy usando mi libertad para edificar o para hacer tropezar?
¿Mi conciencia está realmente formada por la Palabra de Dios, o simplemente refleja mis preferencias personales?
Debemos procurar que nuestras convicciones sean bíblicas, nuestras conciencias limpias y nuestras acciones gobernadas por el amor.
Es precisamente en medio de nuestra diversidad y nuestras diferencias donde el amor cristiano puede manifestarse de manera verdadera.
Así que, mientras caminamos por esta vida, podemos recordar el principio expresado en las palabras de Lutero respecto de la conciencia: no es correcto ni seguro ir contra una conciencia cautiva de la Palabra de Dios.
Pero debemos recordar también algo fundamental: nuestra conciencia no es Dios. La Palabra de Dios es nuestra autoridad.
La conciencia debe someterse a la Escritura, ser formada por la Escritura y actuar de acuerdo con lo que creemos que la Escritura nos enseña.
Que el Espíritu Santo obre por medio de nuestras conciencias para hacernos cada día más semejantes a Cristo, para que vivamos como sacrificios vivos para Él y para que nuestras vidas sean agradables a Dios.
Y al hacerlo, participemos de la victoria de Cristo sobre el pecado, mientras, por la gracia de Dios, aprendemos a reconocer el pecado, combatirlo y darle muerte día tras día.
No es correcto ni seguro ir contra una conciencia que ha sido cautivada por la Palabra de Dios.
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