La Reforma y La Oración: El Resurgir De Su Latido Bíblico

¿Quién no ha visto la película Lutero, dirigida por Eric Till (2003), sin que se le vengan a la mente algunas de sus escenas más emblemáticas? Lutero con martillo en mano clavando las 95 tesis en la puerta de la iglesia de Wittenberg, la venta de indulgencias o al reformador compareciendo ante el emperador Carlos V y los príncipes y autoridades eclesiásticas reunidos en la Dieta imperial de Worms, entre ellas el nuncio papal, con el tiempo nombrado cardenal, Girolamo Aleandro.
La mayoría cuando se habla de la Reforma Protestante suele pensar en eso: Lutero, las noventa y cinco tesis, Roma, el papa, las indulgencias y las conocidas cinco solas, una síntesis posterior de algunos de sus principios centrales.
Pero esta vez te invito a apartar por un momento la mirada de esas escenas y fijarla en otra inmensa y gloriosa consecuencia de la Reforma: la oración y el resurgimiento de su latido bíblico.
La película comienza el 2 de julio de 1505 con el joven Lutero regresando a Erfurt (Alemania), donde estudiaba Derecho, después de haber visitado a su familia en Mansfeld, fue sorprendido por una gran tormenta eléctrica. Lleno de temor por ser alcanzado por un rayo y morir hizo una promesa, invocando a santa Ana gritó: «¡Ayúdame, santa Ana! ¡Me haré monje!».
El inicio de la película muestra una oración cargada de terror, desesperada, dirigida a santa Ana, patrona de los mineros, invocada como intercesora. El padre de Lutero, Hans Luther, estaba relacionado con la minería y fundición del cobre en Mansfeld, esto explica que Lutero acudiera a ella a la que promete hacerse monje, a cambio de que pudiera sobrevivir a tal evento.
Demos ahora un gran salto y vayamos a Worms. La noche del 17 de abril de 1521, después de haber solicitado tiempo hasta el día siguiente para meditar su respuesta ante el emperador Carlos V, la película muestra a Lutero solo en su habitación, lleno de temor, conoce el grave peligro al que se enfrentaba. En la película no repite la extensa oración que posteriormente le atribuiría la tradición, sino una breve súplica que, dentro de la propia narración de la película, Staupitz le había enseñado años antes: «Te pertenezco. Sálvame».
Una tradición posterior transmite una oración mucho más extensa que Lutero habría pronunciado durante su estancia en Worms. R. C. Sproul describió aquella lucha como su «Getsemaní privado». En la versión recogida por Sproul se puede leer: «La obra no es mía, sino tuya. […] No me apoyo en el hombre. […] Mi alma es tuya».1 La oración muestra a un Lutero diferente: ya no invoca a una santa ni descansa en ninguna ayuda humana, en medio de su angustia, quebrantado, dirige su oración con confianza al Dios vivo.
Aquella noche, la oración no cambió el propósito eterno de Dios, pero fue uno de los medios de gracia de los que Dios se sirvió providencialmente para sostener a Lutero. El hombre que había postrado su alma delante de Dios pudo permanecer al día siguiente de pie ante quienes le exigían retractarse.
Al día siguiente comparecería delante de sus adversarios y pronunciaría sus famosa frase: «Mi conciencia está cautiva de la Palabra de Dios. No puedo ni quiero retractarme de nada, porque obrar contra la conciencia no es seguro ni honrado. Dios me ayude. Amén».2
Entre la invocación a santa Ana bajo la tormenta y la súplica dirigida a Dios en Worms habían pasado casi dieciséis años. La película nos muestra algo profundo, algo que cambió la vida del monje: el evangelio de la gracia había transformado no solo su corazón, sino también el fundamento sobre el cual descansaba su oración. El joven que prometía una obra a cambio de salvar su vida aparece ahora rindiéndose en las manos de Dios y confesando su pertenencia y dependencia total de su Señor.
No podemos reducir toda la transformación teológica de Lutero a dos escenas cinematográficas. Sin embargo, su contraste nos permite vislumbrar algo decisivo: Lutero comprendió que el pecador no es justificado por sus propios méritos, sino solo por la justicia de Cristo recibida mediante la sola fe, y que solo la Escritura, no el papa ni los concilios, es la autoridad suprema e infalible para el cristiano.
La Reforma, por tanto, también alcanzó la vida de oración.
Al recuperarse el Evangelio, el corazón se vio afectado de tal manera que la oración volvió a brotar natural, como la de un hijo a su Padre, brillando de nuevo en medio de tanta oscuridad.
La doctrina recuperada descendió de la mente al corazón y devolvió esa entrada confiada al trono de la gracia (Hebreos 4:16).
La Reforma no inventó la oración ni significa que antes del siglo XVI no existiera verdadera piedad cristiana. Su aportación consistió en someter nuevamente la doctrina y la práctica de la oración a la Palabra de Dios.
Los reformadores denunciaron aquellas enseñanzas y costumbres que oscurecían la suficiencia de Cristo: la invocación de los santos, la atribución de una mediación especial a María, las misas ofrecidas por los muertos y la confianza en obras personales como méritos salvíficos delante de Dios.
Orar sin vanas repeticiones
No se trataba simplemente de sustituir el verbo rezar por orar, ni de rechazar la oración repetida. El problema no era repetir una petición, como nos narra la parábola de la viuda insistente en Lucas 18:1-8, o el evangelio de Mateo cuando nos dice que el mismo Jesús en Getsemaní oró en el huerto tres veces, "diciendo las mismas palabras" (Mateo 26:44).
El problema estaba en hacer de la oración una repetición vana, mecánica; en Mateo 6:7 "vanas repeticiones" traduce el verbo griego battalogéō, que transmite la idea de emplear palabrería vacía o repetir palabras mecánicamente, como si eso obligara a Dios a escucharnos.
La recuperación del verdadero Evangelio transformó, por tanto, la manera de acercarse a Dios. El creyente no ora con vanas repeticiones, ni necesita otros mediadores para acercarse a Dios; ora porque sabe que Dios es ahora su Padre, gracias a la obra suficiente de Cristo, y esto produce un corazón agradecido, dependiente y confiado en la bondad y soberanía de Dios.
La Reforma, por tanto, lejos de ser fría teología, fue un conjunto de verdades doctrinales que abastecieron de leña el corazón entumecido donde la oración prendió la llama para una vida piadosa
La justificación por la fe sola abre el camino a una relación filial agradecida porque reconoce su impotencia para ganarse el favor de Dios por méritos propios.
La Reforma doctrinal se convierte así en Reforma de la piedad.
Ante Dios por un único Mediador y en el poder de su Espíritu
Quien ha sido reconciliado con Dios por medio de Cristo puede acercarse confiadamente al trono de la gracia, no apoyado en sus propios méritos, sino en la sangre y la intercesión de su Salvador. El lugar de juicio, el trono, se transforma para el creyente en un lugar de «oportuno socorro» (Hebreos 4:14-16; 10:19-22).
Él no fue Mediador solo durante su obra terrenal. Él no sólo resucitó, sino que también ascendió a los cielos y está sentado a la diestra del Padre «viviendo siempre para interceder» por los que por Él se acercan a Dios (Hebreos 7:25).
Como afirma Pablo:
«Hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre»
(1 Timoteo 2:5).
El sacerdocio del creyente.
Es en ese contexto donde debe entenderse la recuperación del sacerdocio del creyente. Pedro se dirige a la Iglesia como «linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios» (1 Pedro 2:9). Ningún creyente necesita un sacerdote humano que vuelva a ofrecer un sacrificio por sus pecados o que actúe como mediador de su acceso a Dios. Cristo ofreció un único sacrificio, perfecto y suficiente, y mediante Él todos los creyentes pueden acercarse al Padre (Hebreos 10:19-22).
El sacerdocio de todos los creyentes nace, por tanto, de la unión con el verdadero Sumo Sacerdote. No poseemos acceso a Dios por nosotros mismos, sino que lo recibimos en Cristo.
¿A quién oramos?
La oración, como parte de la adoración, pertenece únicamente a Dios. Oramos al Dios trino y no a los ángeles, ni a los santos ni a ninguna otra criatura. El patrón revelado en el Nuevo Testamento consiste en acercarnos al Padre, por medio del Hijo y con la ayuda del Espíritu Santo: «Por medio de él los unos y los otros tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre» (Efesios 2:18). No obstante, esto no significa que el Hijo y el Espíritu sean ajenos a nuestra adoración o que no sea bíblico dirigirnos a ellos, pues las tres personas poseen la misma y única naturaleza divina. Esteban, por ejemplo, clamó: «Señor Jesús, recibe mi espíritu» (Hechos 7:59).
El Catecismo Mayor de Westminster lo resume al definir la oración como «un ofrecimiento de nuestros deseos a Dios, en el nombre de Cristo, por la ayuda de su Espíritu; con confesión de nuestros pecados y agradecido reconocimiento de sus misericordias».3
Esta recuperación del acceso directo a Dios llevó también a los reformadores a rechazar la invocación de María y de los santos.
¿Por quién oramos?
Los cristianos pueden y deben interceder unos por otros. Pablo exhorta a presentar «rogativas, oraciones, peticiones y acciones de gracias por todos los hombres», incluidos los reyes y quienes ejercen autoridad (1 Timoteo 2:1-2). La Iglesia, entre otros motivos, ora por todos los santos (Efesios 6:18), e, incluso, por quienes la persiguen (Mateo 5:44).
Sin embargo, esta intercesión mutua no convierte a ningún creyente en mediador respecto a Dios. Podemos pedir a un hermano que ore por nosotros y nosotros orar por él, pero ambos nos acercamos al Padre sobre el mismo fundamento: Jesucristo como suficiente y único mediador.
Por la misma razón, la Reforma rechazó las misas y oraciones ofrecidas en favor de los muertos con la intención de aliviar sus supuestas penas en el purgatorio, contribuir a su purificación y anticipar su entrada en la visión beatífica.4 La muerte de Cristo fue ofrecida «una vez para siempre» y con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados (Hebreos 10:10, 14). Después de la muerte no queda una obra humana que pueda completar su sacrificio ni alterar el juicio de Dios (Hebreos 9:27). La Iglesia ora por los vivos: por la iglesia, por los que sufren, por los enfermos, por los gobernantes, por la salvación de los que están perdidos, pero descansa respecto de los muertos en la justicia y la misericordia del Señor.
¿Para qué orar si Dios es soberano?
Si algo brilló con fuerza en la Reforma fue la Soberanía de Dios. Y esto genera una pregunta inevitable: si Dios conoce todas nuestras necesidades, ha decretado todo lo que ocurre y cumplirá infaliblemente sus propósitos, ¿para qué debemos orar? ¿Puede nuestra oración informar de algo que Dios no sepa o modificar aquello que ha determinado hacer?
El propio Jesús deja claro que no oramos para informar a Dios: «Vuestro Padre sabe de qué cosas tenéis necesidad, antes que vosotros le pidáis» (Mateo 6:8). Sin embargo, en el versículo siguiente, enseña a sus discípulos a orar: «Vosotros, pues, oraréis así» (Mateo 6:9). Por tanto, el conocimiento previo de Dios no vuelve inútil o absurda la oración. Al contrario, constituye uno de sus cimientos: oramos con la confianza de que nuestro Padre ya conoce perfectamente aquello que nosotros, en ocasiones, no sabemos ni cómo expresar.
La primera razón para orar es sencilla y suficiente: Dios lo manda. La oración no es algo reservado para creyentes especialmente piadosos, sino parte de la obediencia y de la adoración de todo cristiano.
Además, no se reduce a presentar peticiones. Orar es adorar, confesar nuestros pecados, agradecer las misericordias que Dios nos da cada día. Aunque Dios no conceda todo lo que le pedimos sigue siendo digno de nuestra alabanza y confianza.
Pero aún queda una pregunta muy importante: ¿cambia la oración la voluntad soberana de Dios? La respuesta reformada es: no. La oración no modifica su decreto eterno. Él es inmutable en su ser, en su conocimiento y en su voluntad. «Nuestro Dios está en los cielos; todo lo que quiso ha hecho» (Salmo 115:3). Precisamente por eso el creyente puede orar con confianza: su esperanza no descansa en un Dios fluctuante al que hay que convencer o comprar, sino en el Padre fiel cuyas promesas no cambian, y que sabe lo que es mejor para sus hijos.
Dios no solo decreta el resultado, sino también los medios por los que ese resultado llegará a producirse, por ello, cuando Dios determina conceder una bendición en respuesta a la oración, decreta tanto la respuesta como la oración mediante la cual será concedida.
Por eso sería insuficiente afirmar que la oración solo nos cambia a nosotros. Ciertamente nos transforma: humilla nuestro orgullo, ordena nuestros deseos y nos enseña a descansar en Dios. Pero la Escritura también nos dice que la oración es un medio mediante el cual Dios produce cambios en este mundo. Elías oró y Dios envió primero sequía y después lluvia (Santiago 5:17-18). La iglesia oró por Pedro y Dios lo liberó de la prisión (Hechos 12:5-17). Aquellas oraciones no cambiaron la voluntad de Dios, sino que fueron instrumentos mediante los cuales la llevó a cabo en la historia.
R. C. Sproul expresó esta relación con especial claridad:
El parecer de Dios no cambia porque Dios no cambia. Las cosas cambian, y cambian según su soberana voluntad, la cual Él ejerce por medios secundarios y actividades secundarias. La oración de su pueblo es uno de los medios que Él utiliza para llevar a cabo las cosas en este mundo. Así que, si tú me preguntas si la oración cambia las cosas, yo respondo sin titubear: «¡Sí!».5
La vida de nuestro Señor Jesucristo confirma que la soberanía divina y la oración no son contradictorias. Jesús sabía que Pedro caería, pero también que sería restaurado, aun así, oró por su perseverancia, también, conociendo la voluntad divina en Juan 17 lo vemos orando no solo por la glorificación del Padre, sino también por la protección de sus discípulos, y por los que llegarían a creer por el mensaje apostólico. Su oración formaba parte del cumplimiento de la voluntad divina que Él conocía.
Si Cristo, el Hijo encarnado, con perfecto conocimiento del plan de Dios oró porque sabía la necesidad de hacerlo, ¿cómo podríamos pensar nosotros que no la necesitamos?
La soberanía de Dios no anula la oración, sino que le da su fundamento. Oramos porque Dios gobierna, porque es omnipotente para responder y porque le ha placido hacer uso de las oraciones de sus hijos para el cumplimiento de sus propósitos. No oramos, por tanto, para quitarle el control a Dios o imponerle nuestra voluntad. Oramos porque dependemos de Él y porque, en su sabiduría, es uno de los medios que ha decidido usar, las torpes oraciones de sus hijos, pero hechas en el poder de su Espíritu y por la mediación de su Hijo. La oración no es una losa, ni una cadena, ni un peso, ni un límite para la soberanía de Dios: es un medio de gracia que Dios nos ha dado, un privilegio para ser usados para su gloria.
Lutero había comprendido que el favor de Dios no se compra con promesas ni se alcanza por medio de otros intercesores. Cristo había abierto de una vez y para siempre el camino hacia el Padre.
La Reforma devolvió así a la oración su latido bíblico: el clamor confiado de sus hijos que, por Cristo y en el poder de su Espíritu, descansan en la bondad y sabiduría soberana de su Padre.
Y tú, cuando oras, ¿te acercas a Dios confiando en tus propios méritos o en el camino que Cristo abrió hacia el Padre? ¿Te acercas a Dios intentando cambiar su voluntad o confiando en la sabiduría de tu Padre? ¿Late tu oración con el corazón bíblico que la Reforma recuperó?
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Referencias:
R. C. Sproul, «The Insanity of Luther: The Holiness of God with R.C. Sproul», vídeo de YouTube,
publicado por Ligonier Ministries, 33 min., 26 de enero de 2023, https://youtu.be/2StKxMKWfbU.
Martín Lutero, «Luther at the Diet of Worms», German History in Documents and Images,
https://germanhistorydocs.org/en/from-the-reformations-to-the-thirty-years-war-1500-1648/ghdi: document-4371.
El Catecismo Mayor de Westminster (1647), p. 178.
Iglesia católica, Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1030–1032, «La purificación final o purgatorio»,
https://www.vatican.va/archive/catechism_sp/p123a12_sp.html.
R. C. Sproul, ¿Puede la oración cambiar las cosas? (Sanford, FL: Reformation Trust Publishing, 2009),
Ed. Kindle, 105.
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