¿Quién dicen que soy? El valor y la importancia de los credos

Todos los seres humanos tienen un conjunto fundamental de creencias que moldean y gobiernan la manera en que entienden la realidad y viven sus vidas. De una forma u otra, todo ser humano tiene creencias fundamentales acerca de Dios, la realidad, la moralidad y el sentido de la vida, ya sea que esas creencias se hayan expresado formalmente o no. Algunas personas formulan estas creencias con claridad, otras las expresan de manera más abstracta y otras las van improvisando sobre la marcha.
Por lo tanto, la pregunta no es si tenemos creencias fundamentales, sino si estas han sido articuladas con claridad, confesadas públicamente y examinadas a la luz de las Escrituras.
Esto también era cierto en tiempos de Jesús. El judaísmo del siglo I incluía varios grupos y corrientes de pensamiento distintos que compartían importantes convicciones bíblicas y pactuales, pero diferían considerablemente en su interpretación de la Ley, la resurrección, la pureza, el mesianismo y otras cuestiones teológicas. Algunas cosas que todos tenían en común eran la existencia de un solo Dios que se había revelado en las Escrituras, el pacto de Dios con Abraham, la creación y la caída, etc. Si les preguntaras a judíos de distintos grupos —fariseos, saduceos, esenios, escribas o personas comunes—, podrías recibir respuestas muy diferentes.
Jesús vino como el intérprete autorizado y el cumplimiento de la revelación dada en la Ley, los Profetas y los Escritos. La enseñanza, la autoridad y los milagros de Jesús suscitaron una pregunta que sigue confrontando a cada generación: ¿Quién es él? ¿Por qué hace tantos milagros? ¿De dónde proviene su poder? Y muchas otras preguntas. Todos los que conocieron, vieron, trataron con Jesús o escucharon hablar de él tenían una opinión teológica acerca de él. Si le hubieras preguntado a cualquier judío o romano de la provincia de Judea: «¿Quién es Jesús?», habrías recibido múltiples respuestas.
Jesús lo sabía, pues conocía el corazón de todos los hombres (Juan 2:24). Así que, en una transición importante de su ministerio —de su servicio y enseñanza hacia su pasión—, les hizo a sus discípulos una pregunta crucial: «¿Quién dice la gente que soy yo?» (Marcos 8:27). ¿Por qué es importante esta pregunta? Porque necesitamos declaraciones doctrinales claras para saber qué creemos realmente.
En el caso de Jesús, aunque muchos creían que era el Cristo o alguien semejante al Cristo, la respuesta de sus discípulos fue muy reveladora.
«Bueno —respondieron—, algunos dicen que eres Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, uno de los demás profetas»
(Marcos 8:28).
Aunque creían que Jesús era especial de una manera u otra, el mesianismo que veían en él era muy particular. Lo relacionaban con una especie de Juan el Bautista resucitado, con Elías —quien había subido al cielo— de vuelta en la tierra, o simplemente con alguno de los demás profetas del Antiguo Testamento; quizá, incluso, con un nuevo profeta que había venido a Israel para declarar la voluntad de Dios a su pueblo.
Todas estas son definiciones teológicas claras de Jesús.
Si hoy les preguntáramos a muchas personas, escucharíamos respuestas similares: que es un buen maestro, un buen ejemplo, una especie de superhombre, un gran profeta del pasado o incluso, en sentido negativo, un falso profeta y un cismático.
La pregunta se dirige entonces a los discípulos.
«Y ustedes —les preguntó—, ¿quién dicen que soy yo?»
(Marcos 8:29a).
Esta es la pregunta más importante que puede hacerse una persona, tanto en tiempos de Jesús como en los nuestros. ¿Quién decimos que es Jesús?
La respuesta de Pedro, en nombre de todo el grupo de discípulos, es:
«Tú eres el Mesías (o el Cristo)»
(Marcos 8:29b).
Esa es una declaración doctrinal tan clara y precisa como puede serlo. La identidad de Jesús está vinculada al término Cristo, es decir, el Ungido de Dios. Todo lo que Dios prometió y reveló acerca del Cristo se cumple en Jesús.
Es una afirmación extraordinaria, y su lenguaje no es técnico, no es difícil de entender y es fácil de memorizar y repetir. En resumen, la confesión de Pedro nos ofrece un ejemplo conciso de lo que hace un credo: identifica con claridad, de manera sencilla, quién es Jesús.
Aquí debemos hacer una distinción. Pedro no estaba recitando un credo eclesiástico posterior, como el Credo niceno. Su confesión es un ejemplo bíblico del tipo de declaración teológica concisa que identifica lo que cree el pueblo de Dios. Los credos posteriores de la Iglesia están más desarrollados y son más completos, pero cumplen esta misma función confesional básica: declaran con claridad quién es Dios, qué ha hecho y qué cree su pueblo acerca de él.
Por lo tanto, la pregunta no es si los cristianos tendrán convicciones doctrinales acerca de Cristo, sino si las confesarán claramente, las examinarán a la luz de las Escrituras y las identificarán públicamente.
Los credos en el Antiguo Testamento
En el Antiguo Testamento encontramos muchas declaraciones importantes de carácter confesional. La más importante de todas es el Shemá:
«Escucha, Israel: el Señor nuestro Dios es el único Señor. Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas»
(Deuteronomio 6:4–5).
Aquí se revela la identidad de Dios como el único Dios verdadero y se expresan los compromisos pactuales del pueblo de Dios hacia él.
El Shemá es más que una simple afirmación de que Dios existe. Identifica quién es Dios y establece la obligación correspondiente de su pueblo del pacto. Israel confiesa que el Señor es su Dios y, por tanto, está llamado a amarlo con todo su corazón, alma y fuerzas.
Otra confesión recurrente del Antiguo Testamento es la fórmula del pacto: «Yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo», que expresa la relación fundamental entre Dios y su pueblo del pacto (Génesis 17:7–8; Éxodo 6:7; Éxodo 29:45; Levítico 26:12; Jeremías 31:33). Muestra la identidad de Dios como cabeza del pacto y la de su pueblo como su posesión preciosa.
También encontramos lenguaje confesional en el prólogo de los Diez Mandamientos, donde se revela la identidad de Dios como Redentor:
«Yo soy el Señor tu Dios. Yo te saqué de Egipto, del país donde eras esclavo»
(Éxodo 20:2).
Por último, lo vemos en la gran revelación del carácter de Dios en Éxodo 34:
«El Señor, el Señor, Dios clemente y compasivo, lento para la ira y grande en amor y fidelidad, que mantiene su amor hasta mil generaciones después, y que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado. Sin embargo, no deja sin castigo al culpable, sino que castiga la maldad de los padres en los hijos y en los nietos, hasta la tercera y cuarta generación»
(Éxodo 34:6–7).
En todos estos pasajes, y en muchos otros a lo largo de las Escrituras, Dios se revela mediante declaraciones concisas acerca de su identidad, su carácter, su pacto y sus propósitos redentores.
El punto no es que Israel poseyera credos formales idénticos a los que desarrollaría la Iglesia posteriormente. El punto es que el pueblo de Dios ya estaba acostumbrado a confesar, mediante formulaciones concisas, la identidad y el carácter de Dios, sus actos salvadores y sus propósitos pactuales.
Los credos en el Nuevo Testamento
En el Nuevo Testamento también encontramos varias declaraciones confesionales. Como ya dijimos, la confesión de Pedro es una de ellas.
También encontramos el resumen del evangelio en 1 Corintios 15:
«Porque ante todo les transmití a ustedes lo que yo mismo recibí: que Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras, que fue sepultado, que resucitó al tercer día según las Escrituras, y que se apareció a Cefas, y luego a los doce»
(1 Corintios 15:3–5).
En esta breve confesión encontramos tanto la proclamación histórica de la muerte, sepultura, resurrección y apariciones de Jesús como la interpretación histórico-redentora de esos acontecimientos en las palabras «según las Escrituras». Esto proporciona una raíz histórica y un significado teológico que son fáciles de proclamar y presentar a todos los que buscan una definición del evangelio cristiano.
Pablo también dice que esto es algo que recibió y luego transmitió. Por lo tanto, la fe cristiana no es algo que cada generación inventa de nuevo desde el principio. Se recibe, se confiesa y se transmite.
Encontramos declaraciones claras acerca de la identidad de Dios como uno y como Padre e Hijo (1 Corintios 8:6).
Encontramos la confesión de Jesús como Señor (Romanos 10:9; 1 Corintios 12:3).
Y, como último ejemplo, encontramos el misterio de la piedad:
«No hay duda de que es grande el misterio de nuestra fe:Él se manifestó como hombre;fue vindicado por el Espíritu;visto por los ángeles;proclamado entre las naciones;creído en el mundo;recibido en la gloria»
(1 Timoteo 3:16).
Aquí encontramos la encarnación y humillación de Cristo, el testimonio del Espíritu, la proclamación del evangelio, la fe y la glorificación o exaltación de Cristo.
Por tanto, el Nuevo Testamento nos ofrece no solo declaraciones individuales de fe, sino también un patrón de recepción, confesión, enseñanza y transmisión de las verdades fundamentales de la fe cristiana.
Los credos después de la era apostólica
Después de la muerte de los apóstoles y una vez escritos los libros del Nuevo Testamento, la Iglesia primitiva, siguiendo el patrón bíblico que encontramos tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, continuó la práctica de usar credos y declaraciones confesionales para definir su fe, tanto ante otros cristianos como ante el mundo.
La Iglesia no creó esta práctica de la nada. El pueblo de Dios del Antiguo Testamento confesaba quién era Dios y qué había hecho. La Iglesia del Nuevo Testamento confesaba a Cristo, su muerte, su resurrección, su señorío, su encarnación y su relación con el Padre. La Iglesia posapostólica continuó esta misma práctica confesional.
En sociedades como la Iglesia, desde la época antigua hasta la era moderna, donde el acceso a textos escritos era limitado, las confesiones concisas y memorables también ofrecían un medio eficaz para enseñar, memorizar y transmitir públicamente la doctrina cristiana. Por tanto, además de su función teológica, constituían una importante herramienta pedagógica.
Estos son los credos: una gran herramienta para proclamar y enseñar fielmente los elementos esenciales de la fe cristiana.
El propósito de los credos no era reemplazar las Escrituras, sino ayudar a la Iglesia a comprender, resumir, confesar y defender lo que estas enseñan. Las Escrituras son la norma suprema e infalible de la fe cristiana; los credos son confesiones subordinadas que resumen lo que la Iglesia entiende que enseñan las Escrituras.
Ayudan a las personas a comprender lo que las Escrituras enseñan acerca de las doctrinas que deben creer y proporcionan una regla que pueden seguir para comprender, interpretar y defender mejor la fe cristiana.
Esta distinción es esencial. La autoridad de un credo no proviene del simple hecho de ser un credo. Su autoridad es derivada y subordinada. La Iglesia no confiesa una doctrina porque un concilio la haya inventado; la confiesa porque cree que esa doctrina se enseña en las Escrituras.
El valor y la importancia de los credos
Como hemos dicho, toda persona tiene convicciones fundamentales acerca de Dios, la realidad, la moralidad y la vida. Un credo simplemente expresa esas convicciones de manera clara y pública.
Sin embargo, no todos ponemos por escrito esas convicciones para que sean leídas, demostradas y evaluadas a la luz de las Escrituras. Cuando confesamos una doctrina con claridad, establecemos límites doctrinales. Identificamos lo que afirmamos como verdadero y, en consecuencia, aquello que contradice esa confesión.
Este es uno de los grandes valores de un credo. No se limita a decirnos qué creemos; establece los límites de la fe que confesamos. Cuando declaramos con claridad lo que creemos, también declaramos lo que no creemos. Esto significa que no puedo enseñar ni negar esas realidades y, al mismo tiempo, pretender que se me identifique con una fe o religión particular.
Los credos comienzan con la confesión «Creo» o, mejor aún, «Creemos».
¿Por qué es importante?
Tanto si creemos que nuestras convicciones son personales y no deben colectivizarse como si afirmamos el carácter colectivo de la fe —es decir, que muchas personas comparten una misma fe—, cuando confesamos un conjunto definido de creencias nos identificamos con otras personas que comparten esa confesión.
Las palabras «Creemos» son particularmente importantes porque nos recuerdan que el cristianismo no es algo que yo invento para mí mismo. Estoy confesando la fe de la Iglesia de Cristo. Uno mi voz a la de los cristianos que, a lo largo de los siglos, han confesado al mismo Dios, al mismo Cristo, al mismo evangelio y la misma esperanza.
Si quiero ser llamado cristiano, debo declarar el conjunto fundamental de creencias que se ajustan a la fe cristiana; lo mismo sucede si quiero ser identificado con la fe musulmana, la fe judía, etc.
Los cristianos y los musulmanes creen en la persona de Jesús, pero discrepan profundamente acerca de quién es, de lo que hizo y de lo que sigue haciendo en nuestros días. Por eso es tan importante la pregunta que Jesús les hizo a sus discípulos. Muchas personas pueden creer muchas cosas acerca de Jesús, pero su identidad es una sola, y solo quienes la confiesan pueden ser identificados con él.
No basta con decir: «Creo en Jesús». Debemos declarar con claridad quién creemos que es Jesús y si esa confesión corresponde a su enseñanza y a lo que el Antiguo y el Nuevo Testamento enseñan acerca de él.
¿Crees que es solamente un profeta? ¿Un gran maestro? ¿Una divinidad entre muchas?
Lo que afirmamos acerca de Jesús determina si somos cristianos según el criterio de Dios o no.
Precisamente por eso la Iglesia ha necesitado credos. Una confesión no identifica solamente por nombre el objeto de nuestra fe; identifica lo que creemos acerca de ese objeto. «Jesús» no basta como definición teológica. «Jesús es el Cristo» es más preciso. Y, cuando la Iglesia se enfrentó a controversias acerca de la identidad de Cristo, se hizo necesario confesar con mayor precisión lo que las Escrituras enseñan acerca de él.
«Ningún credo, excepto la Biblia»
Algunas personas dirán que todo lo que enseñan las Escrituras es suficiente para declarar lo que creen y lo que no creen. Solo necesito la Biblia y nada más.
A primera vista, es una gran afirmación; al mismo tiempo, es una afirmación muy vacía si significa que no hace falta interpretar ni confesar lo que enseñan las Escrituras.
Aquí debemos hacer una distinción importante. La doctrina de la sola Scriptura no significa que los cristianos tengan prohibido formular confesiones. Significa que solo las Escrituras son la única regla infalible de fe. Un credo no se coloca junto a las Escrituras como si fuera otra revelación infalible. Más bien, el credo es una confesión humana y eclesiástica que debe ser examinada a la luz de las Escrituras.
Por lo tanto, el problema no es que alguien diga: «Creo en la Biblia». El problema surge cuando alguien supone que decir «Creo en la Biblia» nos indica qué cree que enseña la Biblia.
Cuando digo que no tengo otro credo que la Biblia, quizá estoy afirmando que las Escrituras son mi única autoridad infalible. Pero, si me niego a declarar con claridad lo que creo que enseñan las Escrituras, mi posición teológica se vuelve difícil de examinar, cuestionar o corregir.
La existencia de una cita bíblica no establece por sí misma que una interpretación sea correcta. A lo largo de la historia, movimientos religiosos enfrentados han apelado a textos bíblicos y, sin embargo, han llegado a conclusiones radicalmente distintas acerca de Dios, Cristo, la salvación y la Iglesia.
¿Qué los distingue entre sí?
La manera en que entienden, interpretan y perciben lo que enseña la Biblia.
Decir que creo únicamente en la Biblia no es tan profundo ni tan fiel como parece si me niego a explicar qué enseña la Biblia. Sin una confesión articulada con claridad, resulta difícil determinar qué cree realmente una persona que enseñan las Escrituras.
Por eso los credos tienen un gran valor. Hacen pública la interpretación que la Iglesia hace de las Escrituras. Permiten examinarla, cuestionarla, compararla con las Escrituras, defenderla o corregirla.
Si digo: «Creo en la ciencia», eso puede significar muchas cosas distintas para muchas personas, del mismo modo que puede ocurrir con «Creo en la Biblia». En el momento en que defino qué es la ciencia o la Biblia y cómo creo en ella, establezco límites que me restringen y me orientan. Esto no solo me ayuda a ser más coherente, sino también a expresar y defender mejor mis creencias.
Por tanto, un credo no compite con las Escrituras. Formula una confesión acerca de las Escrituras.
Y precisamente porque es una confesión, puede ser examinada a la luz de las Escrituras.
Los credos ecuménicos
A lo largo de la historia, los cristianos han utilizado credos que enseñan y explican de manera universal los fundamentos de la doctrina cristiana. Son resúmenes de distintos aspectos de la doctrina derivados de las Escrituras.
Se los llama «católicos» no porque pertenezcan específicamente a la Iglesia católica romana, sino porque katholikos significa «universal»; es decir, algo aceptado y enseñado por la Iglesia en todo lugar y en todas las épocas.
Al mismo tiempo, debemos distinguir entre los credos ecuménicos y los principales credos occidentales. No todos los credos cristianos históricamente importantes tuvieron el mismo origen, recepción eclesiástica ni alcance geográfico. Las formulaciones de Nicea y Calcedonia pertenecen a la tradición conciliar ecuménica, mientras que los credos de los Apóstoles y de Atanasio tienen un origen y una recepción específicamente occidentales.
El Credo Niceno
El primero y más importante de todos los credos por su impacto histórico es el Credo niceno, resultado del Concilio de Nicea del año 325 d. C., ampliado y reafirmado posteriormente en el Concilio de Constantinopla del año 381 d. C. hasta alcanzar la forma final que conocemos hoy.
Aunque respondió principalmente a una controversia oriental acerca de la divinidad de Cristo, llegó a ser aceptado y utilizado universalmente por la Iglesia, tanto en Oriente como en Occidente.
Muchos historiadores dirían que, después de Nicea, tenemos la «fe nicena». Sin embargo, la fe que enseñan los artículos del Credo niceno ya era enseñada por los cristianos desde hacía cientos de años, quizá sin utilizar exactamente el mismo lenguaje, pero sí enseñando la misma doctrina y los mismos principios bíblicos.
Por tanto, Nicea no debe entenderse como la invención de un nuevo «cristianismo niceno» opuesto a un «cristianismo arriano» igualmente cristiano. Más bien, el concilio procuró defender la confesión recibida por la Iglesia acerca de la plena divinidad del Hijo, tal como se revela en las Escrituras.
Esta es una de las razones más importantes por las que existen los credos. Una controversia doctrinal no siempre enfrenta a una parte que cree en la Biblia con otra que la rechaza. A veces, ambas partes apelan a las Escrituras, pero discrepan acerca de cómo deben entenderse.
Por tanto, el credo proporciona un lenguaje preciso para la confesión de la Iglesia.
El credo trata principalmente el tema de la Trinidad y utiliza la doctrina bíblica para definir al Dios trino frente a diversos errores: desde el arrianismo, que negaba la consustancialidad eterna del Hijo con el Padre y lo situaba del lado de las criaturas en la distinción entre Creador y criatura, hasta el modalismo, que niega las distinciones personales dentro de la Trinidad, pasando por la negación de la plena divinidad del Espíritu Santo y otros errores.
Es el gran credo ecuménico oriental y ha sido recibido por las Iglesias orientales desde su origen hasta nuestros días. Las Iglesias occidentales también lo reconocen como un verdadero resumen de las enseñanzas bíblicas sobre la Trinidad, y los reformadores lo utilizaron y recibieron.
Por tanto, Nicea nos muestra algo esencial acerca de los credos: no inventan la doctrina cristiana. Proporcionan un lenguaje preciso y público mediante el cual la Iglesia confiesa la doctrina que cree que enseñan las Escrituras.
El Credo de Calcedonia
El segundo, aunque tradicionalmente se denomina declaración o definición, también es un credo. Fue resultado del Concilio de Calcedonia del año 451 d. C.
El Credo de Calcedonia tuvo profundas consecuencias históricas y contribuyó a la separación entre las iglesias calcedonianas y las no calcedonianas. Trata la realidad y la unión de las naturalezas de Cristo, es decir, su naturaleza divina y su naturaleza humana.
Si Nicea pregunta: «¿Quién es el Hijo?», Calcedonia pregunta, con mayor precisión cristológica: «¿Quién es Jesucristo como Hijo encarnado?».
Por su teología, es el más cristológico de los credos ecuménicos. Aunque han surgido algunos desacuerdos debido a las palabras específicas utilizadas en el credo, la doctrina que enseña es ortodoxa, es decir, sana.
Trata las dos naturalezas de Cristo, la divinidad del Hijo, la única persona del Hijo, la unión de las naturalezas de Cristo y la preservación de sus propiedades. También utiliza la controvertida expresión que llama a María «Madre de Dios», o Theotokos en griego, para mostrar que quien nació de María es verdaderamente el Hijo divino encarnado.
No se relaciona con una doctrina particular acerca de María, sino únicamente con Cristo. La cuestión es la identidad de la persona nacida de María. Aquel a quien María dio a luz es el Hijo eterno de Dios, que asumió la naturaleza humana. Por tanto, Theotokos cumple una función cristológica.
Calcedonia fue recibida como una expresión autorizada de la cristología ortodoxa y se convirtió en fundamento de la posterior confesión cristiana acerca de la persona de Cristo. Los reformadores recibieron la enseñanza cristológica de Calcedonia, como se refleja en confesiones tales como la Confesión belga y la Confesión de Augsburgo.
Por tanto, Nicea y Calcedonia se complementan. Nicea confiesa la verdadera divinidad del Hijo; Calcedonia confiesa la verdadera humanidad y la verdadera divinidad del Hijo encarnado, así como la unión de esas dos naturalezas en la única persona de Cristo.
Los credos occidentales
Los credos ecuménicos deben distinguirse de los principales credos occidentales. Esto no significa que los credos occidentales sean de algún modo menos cristianos o menos ortodoxos. Más bien, su origen histórico y su recepción eclesiástica son distintos de los de los credos conciliares ecuménicos.
El Credo de los Apóstoles
El primero y más breve de estos credos es el Credo de los Apóstoles.
El credo surgió de las primeras confesiones bautismales romanas y se desarrolló gradualmente hasta alcanzar la forma recibida por la Iglesia occidental. Enseña acerca de la Trinidad, la creación, Cristo, la redención, el Espíritu Santo, el pueblo de Dios (la Iglesia) y la esperanza cristiana (el perdón de los pecados, la resurrección del cuerpo y la vida eterna).
Es de origen latino y se utiliza principalmente en la Iglesia occidental. Aunque fue traducido al griego alrededor del siglo IV —o quizá existió incluso alguna versión griega temprana—, no llegó a ser popular ni se difundió ampliamente en la Iglesia oriental.
Es la exposición más sencilla y clara de los fundamentos de la fe cristiana.
Los reformadores del siglo XVI no consideraron el Credo de los Apóstoles una reliquia de la Iglesia medieval. Continuaron utilizándolo como resumen conciso de la doctrina cristiana bíblica. Incluso hicieron un uso amplio de él para organizar y presentar la doctrina cristiana.
Esto es importante porque demuestra, una vez más, que el compromiso protestante con las Escrituras no exigía rechazar los credos históricos del cristianismo.
El Credo de Atanasio
El segundo, conocido tradicionalmente como el Credo de Atanasio, fue atribuido posteriormente a Atanasio, aunque él no fue su autor, pues se desarrolló mucho después de su muerte y en una lengua que no hablaba.
Aunque nunca fue concebido ni redactado originalmente como un credo, llegó a ocupar un lugar importante en la confesión occidental de la ortodoxia trinitaria y cristológica.
Estaba destinado a ayudar a los estudiantes de teología a familiarizarse con la doctrina de la Trinidad y sus dificultades. Se basaba en las enseñanzas del libro Sobre la Trinidad, de Agustín, o dependía considerablemente de ellas.
El tema más controvertido relacionado con este credo es la inclusión de la cláusula filioque, es decir, la adición de que el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo.
Aquí debemos distinguir entre la doctrina teológica y la controversia textual. La tradición occidental llegó a confesar que el Espíritu procede del Padre y del Hijo, mientras que la tradición ortodoxa oriental rechaza el filioque por considerarlo una adición al credo y mantiene la monarquía del Padre como única fuente de la procesión del Espíritu.
Por tanto, entre estas grandes confesiones trinitarias y cristológicas, el Credo de Atanasio es el que tiene un carácter específicamente occidental. Su teología es católica en el sentido de que confiesa la doctrina cristiana universal acerca de la Trinidad y de Cristo, pero su origen histórico y su recepción eclesiástica son occidentales.
Enseña la comprensión occidental de la Trinidad, de Cristo y de la encarnación. Este credo influyó en la enseñanza posterior acerca de la Trinidad en las Iglesias occidentales.
Por tanto, esta distinción es importante: el Credo de Atanasio no debe confundirse con los credos ecuménicos simplemente porque enseña una doctrina católica y ortodoxa. Su identidad histórica es occidental.
Y ahora, ¿quién dices que soy?
Un día tendremos que enfrentarnos a esta pregunta. Ya sea que tengamos la oportunidad de dar testimonio de Jesús a alguien que nunca ha oído hablar de él, a alguien que se opone a la religión y a la fe cristiana, o a nuestros amigos o familiares, la pregunta sigue siendo la misma:
¿Quién dices que soy?
Podemos optar por la ambigüedad y decir cosas sencillas como «Creo en Dios», «Creo en Jesús», «Creo que Dios ama a todo el mundo», y así sucesivamente.
Pero la Biblia es muy clara: nuestra confesión muestra lo que creemos en el corazón (Romanos 10:10), y si nos avergonzamos de Cristo, él se avergonzará de nosotros (Lucas 9:26).
No tenemos que ofrecer definiciones sistemáticas o teológicas extensas y complejas cuando las personas nos preguntan qué creemos. Aquí es donde los credos se convierten en una gran herramienta para todos los cristianos: se centran en lo fundamental, no discuten sobre cuestiones no esenciales y presentan la confesión cristiana de la forma más sencilla y, a la vez, más precisa.
Si podemos explicar la fe cristiana tal como la enseñan los credos, podremos profundizar cuando surjan oportunidades. Pero, si no podemos explicar en los términos más sencillos el núcleo de la fe cristiana, es porque preferimos la teología compleja al evangelio sencillo y verdadero.
Pero el credo en sí no es el evangelio, y el credo en sí no salva.
Cristo salva.
El propósito del credo es confesar con precisión al Cristo que proclama el evangelio. Protege a la Iglesia de reducir a Jesús a un simple maestro, profeta, ejemplo moral o figura espiritual indefinida. Nos obliga a responder la pregunta que Jesús mismo hizo:
«¿Quién dicen que soy?»
Confesemos siempre y creamos en el poder de Dios para salvar a todos los que confiesan a Jesús como Señor y Salvador de sus almas y cuerpos. Este es el único evangelio que tiene poder para salvar.
Identifiquémonos con el pueblo cristiano de todos los siglos cuando confesamos al único Dios trino, su obra redentora y la restauración del mundo caído, hasta el día en que todas las cosas sean hechas nuevas.
Y cuando digamos «Creemos», recordemos que no estamos inventando una fe nueva. Estamos confesando la fe que fue entregada una vez para siempre a los santos, confiando en el Cristo revelado en las Escrituras, proclamado por el evangelio y confesado por su Iglesia a lo largo de los siglos.
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