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La fe encomendada una vez por todas a la Iglesia: las cinco solas de la Reforma y la fe histórica de la Iglesia católica.

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Cuando pensamos en la Reforma protestante, una de las cosas que más resuenan para muchas personas son los cinco puntos teológicos de los reformadores, más conocidos como las «cinco solas». Se trataba de cinco puntos de desacuerdo que separaban a los protestantes de la Iglesia romana; eran los principios irrenunciables del movimiento.


Para Roma, esta era una nueva teología que estaba naciendo en aquel nuevo período de la historia y, por tanto, constituía una invención y una contradicción de la doctrina católica tradicional. En realidad, lo que llegó a conocerse como las «cinco solas» representaba, en la mente de los reformadores y sus seguidores, un retorno a la doctrina que la Iglesia católica —es decir, la Iglesia universal— siempre había creído y profesado. Por tanto, no era una invención, sino la fe que la Iglesia había profesado una vez para siempre. Siendo así, lo que enseñaba Roma, bajo la autoridad institucional que encabezaba la cristiandad, era la innovación y la desviación de la doctrina verdadera y pura de la Iglesia.


Así pues, las «cinco solas» no son una defensa de la Reforma protestante, sino una protesta —es decir, una declaración— de la fe inmutable de la Iglesia cristiana. Las cinco solas no constituyen un resumen exhaustivo de toda la teología protestante, ni mucho menos de todo el cuerpo de la doctrina cristiana; sin embargo, señalan cinco puntos en los que podemos rastrear la fidelidad y constancia de la Iglesia cristiana frente a invenciones posteriores, tanto de la Iglesia católica romana como de las Iglesias ortodoxas orientales.


Sola Scriptura: la única autoridad última


En primer lugar, examinaremos la más importante de las cinco solas, la que define a las otras cuatro. Para el pueblo de Dios solo puede haber una autoridad absoluta, y siempre ha sido la Palabra de Dios.


Definida correctamente, Sola Scriptura significa que existe una sola regla infalible para la fe y la práctica de todos los cristianos, en todo lugar: la Biblia, es decir, la Palabra de Dios. Esto no significa que no existan otras autoridades, sino que todas las demás están sometidas a la Escritura y deben regirse por ella sola.


Aunque este principio no se formuló con precisión en tiempos de la Reforma, aparece a lo largo de las enseñanzas de la historia de la Iglesia, comenzando por la época de la Iglesia posapostólica.


Ireneo, obispo de Lyon (c. 180 d. C.), escribió:


«No hemos aprendido de otros el plan de nuestra salvación, sino de aquellos por medio de quienes nos llegó el Evangelio. Ellos lo proclamaron públicamente en otro tiempo y, después, por voluntad de Dios, nos lo transmitieron en las Escrituras, para que fueran fundamento y columna de nuestra fe».

Aquí encontramos una alusión a 1 Timoteo 3:15; sin embargo, en vez de citar ese pasaje para hablar de la Iglesia como fundamento y columna de la fe, Ireneo aplica el mismo principio a la Escritura. En su comprensión, la Escritura constituye la norma fundamental para la vida cristiana. Puede que esto no afirme una subordinación estricta de todas las autoridades a la Escritura, pero sí enseña el principio de una regla que gobierna todas las demás reglas.


Atanasio, obispo de Alejandría (367 d. C.), escribió:


«Estas son las fuentes de la salvación, para que quienes tienen sed puedan saciarse con las palabras vivas que contienen. Solo en ellas se proclama la doctrina de la piedad. Que nadie añada nada a estas palabras ni quite nada de ellas».

En esta misma carta también se enumeran los 27 libros del Nuevo Testamento, lo que muestra no solo la supremacía de la Escritura, sino también los límites del canon bíblico. Desde la perspectiva patrística —es decir, en relación con los Padres de la Iglesia—, esta es una mención tan directa como puede encontrarse del contenido de Sola Scriptura.


Agustín, obispo de Hipona (405 d. C.), escribió:


«He aprendido a conceder este respeto y honor únicamente a los libros canónicos de la Escritura: solo de estos creo firmemente que sus autores estuvieron completamente libres de error. […] En cuanto a los demás escritos, por grande que sea la superioridad de sus autores sobre mí en santidad y conocimiento, no acepto sus enseñanzas como verdaderas por el mero hecho de que ellos las sostengan, sino solo cuando logran convencerme de que son verdaderas».

En esta cita vemos un contraste entre la autoridad falible y la infalible. La Escritura es, por sí misma, una fuente de verdad infalible. Todas las demás autoridades secundarias deben demostrar que contienen la verdad al concordar con la Escritura y someterse a ella.


Anselmo, arzobispo de Canterbury (c. 1100 d. C.), escribió:


«Si digo algo que contradice indudablemente la Sagrada Escritura, está mal».

Esta afirmación, por sí sola, no muestra la fórmula completa de Sola Scriptura tal como se presentó en la Reforma, pero sí expone un punto importante: no se puede contradecir la Escritura de ninguna manera y tener razón. Si lo que se enseña contradice claramente la Escritura, está mal, sin importar el peso histórico ni la prominencia o el valor de la persona que lo afirme. Ni siquiera la autoridad de los concilios queda exenta de esta realidad: solo en la Escritura tenemos acceso a la verdad infalible.


Por último, consideremos a Martín Lutero en la Dieta de Worms:


«Si no me convencen mediante testimonios de las Escrituras o por un razonamiento evidente, puesto que no creo al papa ni a los concilios solos porque consta que han errado frecuentemente y se han contradicho a sí mismos, quedo sujeto a los pasajes de las Escrituras aducidos por mí y mi conciencia está cautiva de la Palabra de Dios. No puedo ni quiero retractarme de nada, puesto que no es prudente ni recto obrar contra la conciencia. No puedo proceder de otra manera. Aquí estoy. Que Dios me ayude. Amén».

Aquí reconocemos con mayor detalle lo que ya se había formulado. La Escritura no es simplemente una autoridad, sino la autoridad suprema. No es solo verdadera, sino infalible. Los concilios, el papa, los obispos y la tradición se han equivocado en el pasado, pero tenemos un testimonio infalible en la Escritura. Esto significa que todas las demás autoridades están sometidas a ella y deben ser evaluadas a su luz para verificar su veracidad.


Sola Gratia: no por mérito humano, sino solamente por la gracia de DIos.


Pablo mismo lo dijo: «el hombre no es justificado por las obras de la ley» (Gálatas 2:16). Esta es la llamada «locura de la gracia»: no hay nada que podamos hacer para ser reconciliados con Dios. Esto contradice todos los impulsos humanos e incluso la razón humana misma. Creemos que podemos alcanzar, ganar y merecer todo en la vida: podemos conseguir un buen empleo, estabilidad económica, una gran familia, etc., si trabajamos lo suficiente. Pero, cuando se trata de la salvación y de ser rescatados del reino de las tinieblas para entrar en el Reino de la Luz, la respuesta es exactamente la contraria. Somos totalmente incapaces de hacerlo; la Biblia dice: «No hay justo, ni aun uno» (Romanos 3:10).


Esta es la buena noticia del evangelio. No que nosotros hayamos hecho algo y, por tanto, merezcamos el cielo, sino que Él lo ha hecho todo, y solo podemos participar de los beneficios de su victoria si estamos unidos a Él por la fe.


En tiempos de la Reforma, y todavía hoy, la Iglesia romana sostiene que, aunque la justificación es por la fe, esta está muerta sin las obras. La doctrina romana afirma que Dios nos ayuda con su gracia inicial en el bautismo, pero que finalmente somos salvos por nuestro mérito. Todavía necesitamos participar de los sacramentos —especialmente la confesión, la penitencia y la eucaristía— si queremos recibir más gracia; debemos evitar los pecados mortales para no perder la gracia inicial recibida en el bautismo; e incluso si hacemos todo lo mejor que podemos, a menos que seamos santos, todavía tenemos que pagar por nuestros pecados en el purgatorio para poder llegar al cielo.


En contraste con la enseñanza de Roma, la Reforma protestante recuperó la doctrina histórica de la gracia sola. Esto significa que no podemos hacer nada, ni antes ni después de nuestra conversión, para ganar la salvación o la gracia de Dios. El propio concepto de «gracia» significa que no es merecida. La vida cristiana, de principio a fin, es un regalo inmerecido de Dios concedido a pecadores indignos. Por tanto, la salvación no trata de lo que nosotros podemos hacer, sino de lo que Él ha hecho.


Vemos esta enseñanza a lo largo de toda la historia de la Iglesia. Comencemos con Policarpo (c. 130 d. C.):


«En quien, aunque no lo visteis, creéis con gozo inefable y glorioso; gozo al que muchos desean entrar, pues sabéis que por gracia sois salvos, no por obras, sino por la voluntad de Dios por medio de Jesucristo».

Esta cita es directa. No somos salvos por nuestros esfuerzos, ni porque hayamos hecho demasiado, sino porque Dios, por medio de Jesucristo, ha querido salvarnos. Esto era tan cierto en los siglos primero y segundo como lo fue en el siglo XVI.


Agustín, el gran defensor de la gracia, defendió durante toda su vida la imposibilidad de que el mérito humano pudiera ganar la salvación, especialmente frente a Pelagio y sus seguidores. He aquí un ejemplo de su enseñanza:


«No es que primero guardemos sus mandamientos y después él nos ame; más bien, él nos ama y entonces guardamos sus mandamientos. Esta es la gracia que se revela a los humildes, pero se oculta a los orgullosos».

No se trata de que primero tengamos méritos y luego recibamos el amor de Dios como algo que hemos ganado o conseguido. Es exactamente lo contrario, tal como dijo Juan: «En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados» (1 Juan 4:10). Las buenas obras son fruto de la salvación, pero de ninguna manera son una condición para ser salvos ni un mérito que presentamos ante Dios para merecer alguna recompensa. Esto es importante: la gracia se revela a los humildes, pero se oculta a los orgullosos, porque mientras no reconozcamos que no merecemos nada y que estamos completamente perdidos, no podremos ver la gracia. El mérito nos envanece y nos vuelve orgullosos y arrogantes; la gracia, en cambio, se expresa en las palabras del publicano: «Dios, sé propicio a mí, pecador».


Bernardo de Claraval (c. 1120 d. C.) nos muestra de la misma manera que no podemos atribuir valor meritorio alguno a nuestros méritos humanos:


«Creo que el Espíritu da testimonio de estas tres cosas: primero, que debemos creer que solo podemos recibir el perdón de los pecados por su perdón; segundo, que no podemos hacer ninguna obra buena si esto no nos es concedido también por él; y, finalmente, que no podemos ganar la vida eterna mediante obra alguna, a menos que esta también nos sea concedida por gracia».

Aquí Bernardo nos muestra que todo es obra de Dios y no algo que ganamos. El perdón de nuestros pecados solo es posible por Él; toda buena obra que hacemos también nos es concedida por Él —no es algo que hagamos por nosotros mismos, sino su obra en nosotros, para que produzcamos fruto—; y, finalmente, tampoco podemos ganar los beneficios de la salvación, pues estos también proceden de Él. Esa es la definición de la gracia sola: no hay nada que podamos hacer; Él lo ha hecho todo por nosotros y lo concede gratuitamente a quien quiere.


Lutero afirma lo mismo cuando dice:


«Nadie puede ser verdaderamente humillado hasta que comprenda que su salvación está completamente fuera del alcance de sus propias capacidades, recursos, esfuerzos, voluntad y obras, y que depende enteramente de la elección, la voluntad y la obra de otro, es decir, de Dios solamente […] entonces se habrá acercado a la gracia y podrá ser salvo».

Podemos ver que no hay nada nuevo ni ninguna invención por parte de Lutero y los reformadores. No se trata de inventar nuevas doctrinas para luchar contra la Iglesia católica romana, sino de recuperar el verdadero evangelio y las doctrinas que la Iglesia creyó y enseñó a lo largo de los siglos, de las cuales la Iglesia romana se ha apartado y continúa apartándose hasta nuestros días.


Solus Christus: un único mediador suficiente entre Dios y los hombres


Esta es una doctrina clara que la Iglesia siempre ha creído y enseñado. Pablo la declara explícitamente: «hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre» (1 Timoteo 2:5). No necesitamos otros mediadores, porque Cristo es suficiente. Ni los santos en el cielo, ni María, ni los ángeles y mucho menos el papa en la tierra son mediadores entre Dios y los hombres; nada de lo que hagan puede servir como mediación en nuestro favor.


A continuación tenemos una serie de citas que muestran que esta fue siempre la fe de los cristianos y que la mediación de los santos, de María y del papa son invenciones medievales, no la fe antigua de la Iglesia:


Ignacio de Antioquía:


«Hay un solo médico, de la carne y del espíritu, engendrado e ingénito, Dios hecho hombre, vida verdadera en la muerte, hijo de María e hijo de Dios, primero pasible y después impasible: Jesucristo nuestro Señor».

Carta a Diogneto:


«¿Por medio de quién habría sido posible que nosotros, malvados e impíos, fuéramos justificados, sino por el único Hijo de Dios?»

Agustín:


«Hay un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre, por medio de quien la misma fe puede conducir a todos a Dios».

Anselmo de Canterbury:


Anselmo: «Por tanto, nadie sino Dios puede ofrecer esta satisfacción».Bosón: «Así parece».Anselmo: «Pero nadie sino un hombre debe hacerlo; de lo contrario, el hombre no ofrece la satisfacción» […].Anselmo: «Es necesario que la realice el Dios-hombre».

Catecismo de Heidelberg:


Pregunta y respuesta 15. ¿Qué clase de mediador y libertador debemos buscar?

R. Uno que sea verdaderamente humano y justo, pero más poderoso que todas las criaturas; es decir, que también sea verdadero Dios.
Romanos 1:3; 1 Corintios 15:21; Hebreos 2:17; Isaías 53:9; 2 Corintios 5:21; Hebreos 7:26; Isaías 7:14; 9:6; Jeremías 23:6; Juan 1:1.
Pregunta y respuesta 16. ¿Por qué debe ser verdaderamente humano y justo?
R. Porque la justicia de Dios exige que la misma naturaleza humana que pecó pague por el pecado; pero ningún ser humano pecador podría pagar por los demás.
Romanos 5:12, 15; 1 Corintios 15:21; Hebreos 2:14-16; Hebreos 7:26-27; 1 Pedro 3:18.
Pregunta y respuesta 17. ¿Por qué debe ser también verdadero Dios?
R. Para que, por el poder de su divinidad, pueda soportar en su humanidad el peso de la ira de Dios, y así obtener para nosotros y restaurarnos la justicia y la vida.
Isaías 53; Juan 3:16; 2 Corintios 5:21.
Pregunta y respuesta 18. ¿Quién es, entonces, ese mediador, verdadero Dios y al mismo tiempo verdaderamente humano y justo?
R. Nuestro Señor Jesucristo, quien nos ha sido dado para librarnos por completo y hacernos justos delante de Dios.
Mateo 1:21-23; Lucas 2:11; 1 Timoteo 2:5; 1 Corintios 1:30.

Esta es una doctrina constante y está en el centro mismo del evangelio. Si pudiera haber otros mediadores, no habríamos necesitado a Cristo en primer lugar. Nunca debemos olvidar que, si no existe mérito humano capaz de obtener justicia delante de Dios, mucho menos puede existir un mediador humano aparte del Dios-hombre.


Podemos valorar los hombros de los gigantes sobre los que nos apoyamos y ser fieles como ellos lo fueron. Pero nunca debemos venerarlos ni adorarlos de ninguna manera: son simplemente siervos fieles de un Señor fiel. Debemos fijar nuestra mirada solo en Cristo e imitar a los creyentes del pasado únicamente en la medida en que ellos imitaron a Cristo.


Sola fide: el corazón de la Reforma


Un monje agustino en Alemania llegó a una conclusión después de muchos años de estudio: la razón por la que todos sus esfuerzos y su obediencia como monje nunca le dieron una conciencia tranquila ni seguridad de su salvación era que la salvación nunca había dependido del mérito. Este monje era Martín Lutero. Mientras estudiaba la carta a los Romanos, comprendió que la justificación —es decir, ser declarado justo delante de Dios— no se obtiene mediante buenas obras, sino por la justicia de Cristo imputada a nosotros, y que esto solo es posible por la fe sola.


Aunque en aquel momento Lutero todavía era un católico fiel y seguiría siéndolo durante varios años, encontró en la doctrina de la justificación el único alivio para su alma y su único consuelo. Hay muchos pasajes que contrastan claramente la fe y las obras: Génesis 15:6; Habacuc 2:4; Romanos 1:17; 3:28; 4:3; 5:1; Gálatas 2:16; 3:11; Efesios 2:8-9; Filipenses 3:9 y Oseas 6:6 (citado en su contexto en Mateo 9:13). La carta de Santiago parece resolver la interpretación equivocada de la tensión entre la fe y las obras, pues la fe verdadera no puede estar muerta y, por tanto, tampoco puede carecer de fruto. Pero, dado que la salvación es un acto de gracia divina hacia pecadores indignos, el acto por el que recibimos una justicia ajena —la de Cristo— no puede ser obra nuestra. No es nuestra propia justicia, y no tenemos manera de apropiarnos de la justicia de Cristo por nuestros medios: es algo que Cristo nos concede.


Esta doctrina no solo contradecía la idea de que los seres humanos pudieran merecer la salvación, sino también el sistema católico romano de indulgencias y penitencias: un sistema que enriquecía a Roma y quebrantaba la conciencia de las personas. Si la justificación es por la fe sola y no puedo comprarla ni ganármela, entonces el sistema de la Iglesia católica romana se derrumba con ella. Por eso, aunque esta doctrina no sea la más fundamental de todo el cristianismo, está en el corazón de la Reforma y de su separación del sistema romano corrompido.


Clemente de Roma, uno de los presbíteros de la Iglesia romana en el siglo I, escribió acerca de la justificación:


«También nosotros, llamados por su voluntad en Cristo Jesús, no somos justificados por nosotros mismos, ni por nuestra sabiduría e inteligencia, ni por nuestra piedad o por las obras que hayamos hecho en santidad de corazón, sino por la fe, por la cual Dios omnipotente justificó a todos desde el principio; a Él sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén».

Esto es notable por varias razones. En primer lugar, porque es el testimonio de alguien perteneciente a la generación posterior a los apóstoles. En segundo lugar, porque afirma claramente que la justificación no es obra humana, sino de Dios solamente: ni la sabiduría ni el entendimiento humanos, ni siquiera la piedad o las obras que proceden de un corazón santo, pueden ganarla. Finalmente, declara que esta ha sido la única manera en que los pecadores han sido justificados desde el principio, mostrando que existe un solo evangelio para todos los seres humanos a través de todas las épocas.


Así que, aunque la Iglesia romana afirme contra los protestantes que estos se apartaron de la doctrina de la Iglesia a lo largo de los siglos, tenemos aquí uno de los testimonios más antiguos que contradicen su definición de la justificación y la gracia. Su doctrina es la desviación, no la norma.


Bernardo de Claraval continuó enseñando esta misma realidad durante la Edad Media:


«Por tanto, quien esté herido de compunción por el pecado y tenga hambre y sed de justicia, que crea en aquel que justifica al impío; y, justificado por la fe sola, tendrá paz con Dios».

Solo Dios justifica a los pecadores, y lo hace por la fe sola. No hay otra manera de que una persona sea puesta en paz con Dios. Él realiza la salvación en nuestro favor porque somos incapaces de conseguirla, y la aplica a nosotros por su obra en nosotros, dándonos la fe por medio de la cual recibimos todos los beneficios de la obra de Cristo como si fuéramos tan justos como Él. No existe otra manera de que los seres humanos tengan paz con Dios.


Todos los reformadores enseñaron esta doctrina, pero tomaremos a Calvino como ejemplo:


«El hombre es justificado por la fe cuando, excluido de la justicia de las obras, se aferra por la fe a la justicia de Cristo y, revestido de ella, comparece ante Dios no como pecador, sino como justo».

«Porque de él, por él y para él son todas las cosas. A él sea la gloria por siempre. Amén»

(Romanos 11:36).


Soli Deo Gloria: el fin último de todas las cosas


Los cristianos de todas las denominaciones estarían de acuerdo con esto: ¡Dios debe ser glorificado! La Escritura lo enseña claramente, y así lo atestigua la fe de los creyentes tanto en la época del Antiguo Testamento como en la del Nuevo. Sin embargo, en tiempos de la Reforma, aunque esta verdad se enseñaba con claridad, también se buscaba glorificar a instituciones humanas, rituales y figuras como el papa y los santos.


Por eso, esta es una característica distintiva tanto del protestantismo como del cristianismo histórico. No se trata únicamente de que glorifiquemos a Dios, sino de que solo Él debe recibir gloria. Así nos lo ha dicho por medio del profeta Isaías:


«Yo soy el SEÑOR; ese es mi nombre. No daré mi gloria a otro, ni mi alabanza a los ídolos»

(Isaías 42:8).


A Dios no le interesa compartir su gloria con nadie ni con nada de toda la creación. Cuando compartimos con alguien o algo la gloria que le pertenece únicamente a Dios, pecamos gravemente: cambiamos lo eterno por lo temporal, lo incorruptible por lo corruptible y lo increado por lo creado. La Reforma mostró al pueblo de Dios que no debemos esforzarnos por glorificar a los hombres ni buscar gloria para ellos; toda nuestra vida pertenece a nuestro Creador y Redentor, y debemos procurar vivir de manera que solo Él sea glorificado.


También encontramos esta enseñanza en la Iglesia primitiva. Ireneo de Lyon dijo:


«Porque la gloria de Dios es el hombre viviente; y la vida del hombre es la visión de Dios».

Aquí Ireneo conecta la vida humana con la gloria de Dios. Su afirmación orienta el florecimiento humano hacia Dios, en lugar de dirigirlo hacia los logros autónomos del ser humano. No debemos vivir para nuestro propio beneficio y gloria, sino procurar contemplar a Dios y vivir para Él.


Agustín también comentó lo siguiente acerca de la gloria de Dios:


«Así que dos amores fundaron dos ciudades; es a saber: la terrena, el amor propio, hasta llegar a menospreciar a Dios, y la celestial, el amor a Dios, hasta llegar al desprecio de sí propio. La primera puso su gloria en sí misma, y la segunda, en el Señor; porque la una busca el honor y gloria de los hombres, y la otra estima por suma gloria a Dios, testigo de su conciencia».

Aquí Agustín contrasta dos ciudades: la ciudad del hombre y la Ciudad de Dios. Son contrarias entre sí y no pueden reconciliarse, porque sus fines y propósitos son distintos. La ciudad del hombre busca la gloria humana y el amor propio. La Ciudad de Dios busca la gloria de Dios, incluso a costa de uno mismo. No podemos glorificar a Dios y a los hombres al mismo tiempo (Juan 5:44). Debemos elegir a quién glorificaremos; esa elección mostrará de qué ciudad somos ciudadanos y determinará la manera en que vivimos.


Calvino, siguiendo a Agustín, afirma:

«Que la gloria de Dios se conserve íntegra e intacta; el hombre no puede atribuirse ni una sola partícula de justicia».

Los seres humanos no pueden apropiarse ni siquiera del uno por ciento de la gloria de Dios. Ni una sola partícula. La gloria de Dios es exclusiva.


Finalmente, vemos esta misma doctrina reflejada en la primera pregunta del Catecismo Menor de Westminster:


P. 1. ¿Cuál es el fin principal del hombre?
R. El fin principal del hombre es glorificar a Dios y gozar de él para siempre.
1 Corintios 10:31; Romanos 11:36; Salmos 73:25-28.

Podemos afirmar incluso que el fin principal de toda la creación es glorificar a su Creador. Esto no se limita a los seres humanos, sino que abarca todas y cada una de las cosas y los seres que Dios ha creado. ¡Porque todas las cosas son para Él! Que esta sea nuestra alabanza constante a nuestro gran Dios.


Las Cinco Solas: la fe histórica de la Iglesia


Como hemos visto a lo largo de este artículo, las cinco solas de la Reforma no fueron una invención de los reformadores para crear una nueva iglesia con nuevas doctrinas y separarse de la «verdadera Iglesia» por motivos egoístas. En realidad, los reformadores recuperaron la doctrina verdadera de la Iglesia verdadera, de la cual Roma se había apartado y, lamentablemente, continúa apartándose hasta nuestros días.


En las cinco solas escuchamos el clamor no solo de la Reforma, sino también de la Iglesia universal —es decir, la Iglesia católica en el sentido de universal— a lo largo de los siglos. Es un llamado al pueblo de Dios para que vuelva a las verdades que había olvidado y corrompido, de modo que pueda glorificar verdaderamente a Dios y disfrutar de Él para siempre. Los reformadores procuraron liberar a las personas de las cadenas de la justicia por obras y de una vida de miseria que se había convertido en la norma de la Iglesia romana, para que pudieran vivir glorificando a Dios por medio del verdadero evangelio: no el de una obediencia imposible, sino el de la justificación por la fe sola.


Al final, como dijo Gamaliel ante el Sanedrín, este movimiento no era de los hombres, sino de Dios; por eso no pudo ser detenido y nunca lo será. Porque, si Dios está con su pueblo, como lo ha estado durante dos mil años, ningún reino ni ninguna iglesia falsa prevalecerá.


¡A Él sea la gloria por siempre!Soli Deo Gloria


 
 
 

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