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La Ley escrita en sus corazones

May 30
7 min read

Esta serie de artículos acerca de la comprensión bíblica de la conciencia está inspirada en el Rev. Elías Pledger. 


El año pasado, internet se volvió viral cuando una pareja en un concierto se escondió en cuanto aparecieron en la pantalla gigante. Se escondieron porque sabían que estaban haciendo algo malo; había algo dentro de ellos que no les permitía actuar descaradamente en su pecado. No pudieron actuar como una pareja feliz y contenta, llevados por su culpa y vergüenza, sólo pudieron esconderse y mostrarle al mundo entero que estaban haciendo algo malo. Eso es la conciencia: un regalo de Dios para restringir nuestro pecado. No importa cuán cómodos estemos con nuestro pecado, ni qué tan bien lo hayamos escondido; cuando queda expuesto ante los ojos de los demás, hay algo dentro de nosotros que psicológica y físicamente nos condena. Es una sensación de la que no podemos escapar. 


Vemos este mismo ejemplo en la vida de los hermanos de José. Cuando son puestos a prueba, se dan cuenta de que aquello que habían escondido por tanto tiempo ahora ha sido expuesto: 


“Pero se decían unos a otros: 

—Sin duda estamos sufriendo las consecuencias de lo que hicimos con nuestro hermano. Aunque vimos su angustia cuando nos suplicaba que le tuviéramos compasión, no le hicimos caso. Por eso ahora nos vemos en aprietos. 

Entonces habló Rubén: 

—Yo les advertí que no le hicieran daño al muchacho, pero no me hicieron caso. ¡Ahora tenemos que pagar el precio de su sangre!”  

(Génesis 42:21-22) 


Vemos cómo habían vivido mucho tiempo con la realidad de lo que le hicieron a su hermano, pero lo mantenían reprimido y oculto. Ahora tienen que enfrentarlo; ya no pueden esconderlo. Así como ellos causaron angustia a su hermano, ahora ellos mismos están siendo angustiados. Deben dejar a uno de ellos atrás y llevar al hijo menor y más amado de su padre a Egipto si quieren volver a ver a su otro hermano. 


Y todo esto sucede porque son culpables. ¿Cómo saben que son culpables y de qué son culpables? Este es lenguaje legal. Para que alguien sea considerado culpable en un tribunal, debe existir una ley que haya quebrantado y debe haber evidencia de que lo hizo. ¿Qué ley quebrantaron? La más grande e importante de todas: la Ley de Dios. Pero ¿cómo pueden conocer esa Ley? Falta todavía mucho tiempo para que sea resumida en los Diez Mandamientos en el Monte Sinaí. La conocen porque está escrita en sus corazones, así como en el corazón de todo ser humano. Eso es la conciencia. Pablo lo expresa así: 


“De hecho, cuando los no judíos, que no tienen la Ley, cumplen por naturaleza lo que la Ley exige, ellos son Ley para sí mismos, aunque no tengan la Ley. Estos muestran que llevan escrito en el corazón lo que la Ley exige, como lo atestigua su conciencia, pues sus propios pensamientos algunas veces los acusan y otras veces los excusan.” (Romanos 2:14-15) 


Dios ha escrito dos grandes libros. Uno es la Biblia; en ella Dios se ha revelado específica y detalladamente a todos los hombres. En este gran libro tenemos Su Ley revelada punto por punto. Este libro es llamado el libro de la revelación especial o la Biblia; es tan claro y preciso como puede serlo. 


El otro libro es la Naturaleza. En ella Dios también se ha revelado a Sí mismo, Su carácter y  Su Ley. Desafortunadamente, después de la caída, la razón corrupta del hombre constantemente suprime la verdad revelada en la naturaleza, de modo que lo que es claro acerca de Dios y revelado a los hombres en este segundo libro queda distorsionado para el hombre caído. Sin embargo, aunque no todos los hombres tienen la Biblia para conocer la Ley en detalle y claramente, Dios aun así la escribió en el corazón de todos, para que ninguno pueda quedar libre de culpa por quebrantarla. 


La conciencia, entonces, es un juez entre el hombre y sí mismo, para que los hombres no se desenfrenen en su pecado y hagan lo que quieran. Porque todos saben lo que está bien y lo que está mal, aunque lo repriman. Cuando quedan expuesto el pecado, el juez da el veredicto y todo hombre admite, como los hermanos de José: “soy culpable”. Eso nos sucede a todos; no podemos escapar de la justicia. Aunque los tribunales caídos de los hombres declaren inocente al culpable, la conciencia no permitirá que ningún hombre escape del veredicto de culpabilidad. 


Una vez que la conciencia despierta, es muy sensible; no permitirá que la culpa interior que sentimos desaparezca. Una vez que el veredicto ha sido dictado sobre un pecado en particular, nos recordará sin descanso la gravedad de nuestros pecados, las circunstancias que los causaron y será implacable con nosotros. 


Eso es cierto en el caso de los hermanos de José. Tal vez habían lidiado con una conciencia dormida dentro de ellos, pero una vez despierta, se dieron cuenta de la gravedad de su pecado, de la miseria que causaron a su hermano José y de cómo ahora ellos mismos estaban experimentando miseria. No fue fácil pedir a su padre Jacob a Benjamín después de haber perdido a José; tampoco fue fácil dejar a un hermano atrás. Incluso recordaron las palabras de Rubén: “Les dije que no lo hicieran y no escucharon”. Ahora no solo tienen que lidiar con las consecuencias de su pecado, sino también con el juez dentro de ellos. 


Dios nos hizo a todos con conciencia; no podemos escapar de ella. Podemos intentar correr, podemos intentar escondernos, pero cuando llegue el momento la conciencia despertará, el veredicto será pronunciado y seremos juzgados dentro de nosotros mismos. Aunque el mundo nos vea como inocentes, sabremos dentro de nosotros que somos culpables de violar la Ley de Dios y de qué pecados específicos hemos cometido. Sabremos que merecemos condenación por los pecados que hemos cometido. 


Nadie puede escapar de la justicia en este mundo. Aunque escapemos de los sistemas de justicia de nuestras ciudades, nuestros países o incluso del mundo entero, dentro de nosotros seremos declarados culpables, y es algo de lo que no podemos huir. 


El juicio final vendrá, y allí el Verdadero y Supremo Juez mostrará de qué somos culpables. Mientras tanto, Dios ha dejado un juez que constantemente nos recordará hasta aquel día que somos culpables. 


Un ejemplo de esta realidad se encuentra en la obra Crimen y Castigo de Dostoyevski. En esta obra, un hombre que cree que asesinar a una persona malvada hará que todo mejore, más tarde se da cuenta de que, aunque crea haber cometido el crimen perfecto y que el mundo será mejor gracias a ello, hay algo dentro de él que no lo deja en paz. Ahora tiene que enfrentar no solo las consecuencias de su pecado, sino también al juez dentro de sí mismo. 


Las promesas del hombre “más allá de la moral”, que puede hacer cualquier cosa sin culpa ni vergüenza, son una mentira. El Übermensch que construye su propia moralidad ha fracasado. Del mismo modo que los hermanos de José, el protagonista de Crimen y Castigo ahora solo escucha una cosa dentro de sí: “culpable”. 


La conciencia es un juez tan estricto y justo que algunos hombres han visto en su guía la regla perfecta para la moralidad. Si mi conciencia me declara “inocente”, entonces ciertamente debo ser inocente. Tal es el caso de Immanuel Kant, el filósofo alemán, quien vio en la conciencia algo tan maravilloso que llenaba su mente de asombro y admiración, igual que el cielo estrellado sobre él. Construyó todo un sistema ético acerca de cómo ser una “buena persona” basado únicamente en la ley escrita en su corazón. 


Desafortunadamente para él, ignoró completamente al Legislador y, al hacerlo, quebrantó la ley que pensaba seguir perfectamente. 


¿Por qué? Si un hombre sigue perfectamente su conciencia de tal manera que nunca es condenado por ella, ¿no es moralmente perfecto? Si esa es la Ley que Dios requiere de todos los hombres, y está escrita en sus corazones y la siguen, ¿no debería ser suficiente? 


La respuesta simple es no.

 

Porque Dios requiere obediencia perfecta a Su Ley, y la conciencia no siempre despierta hasta que el pecado queda expuuesto o hasta que Dios, mediante diferentes circunstancias, la despierta. Los primeros cuatro mandamientos, resumidos en el gran mandamiento, son algo que todos quebrantamos, aun si “cumplimos todos los demás mandamientos”, como el joven rico. 


Así que nuestra conciencia no es la guía perfecta para la moralidad, pero sí nos ha sido dada por Dios para restringir el pecado y para impedirnos escapar del juicio justo en esta vida mientras esperamos el juicio venidero. 


Si la conciencia debe ser un juez, ¿cuál es entonces su propósito en nuestras vidas? 


En nuestro estado natural, su propósito principal es guiarnos a Cristo. El Catecismo de Heidelberg, pregunta 3, declara: 


P.3. ¿Cómo conoces tu miseria? 

R. Por la Ley de Dios (Romanos 3:20).  


Así como la Ley de Dios revelada especialmente en las Escrituras, la Ley de Dios revelada generalmente a través de la conciencia tiene el propósito de que los hombres reconozcan y conozcan su miseria; comprendan su naturaleza pecaminosa y sean guiados a Cristo, el único y verdadero Redentor, el único en quien todos los hombres pueden encontrar esperanza, el único que puede salvarlos de su miseria y reconciliarlos con Dios. 


A esto lo llamamos el primer uso de la ley, o su uso pedagógico, porque como un tutor tiene el propósito de enseñarnos acerca de nuestra naturaleza en rebelión y separación de Dios, y guiarnos al Salvador. 


Al final, todo apunta a Cristo. La conciencia es un regalo de Dios para que todos los hombres queden sin excusa; todos somos pecadores y lo sabemos. Cuando entendemos esa realidad, las únicas preguntas que quedan son: ¿debemos permanecer en nuestra miseria? ¿Existe alguien que pueda librarnos de nuestra maldad? 


La respuesta que da la Biblia es simple: 


¡Solo en Cristo se encuentra nuestra esperanza! 

 
 
 

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Romanos 12:2

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