El Evangelio en su marco bíblico: Creación, Caída, Redención y Consumación

Introducción: El Evangelio que no es Evangelio
Si hoy preguntásemos al cristiano promedio: ¿Qué es el Evangelio? ¿Cuál es su mensaje? ¿Crees que sabrían contestar correctamente según las Escrituras? Tú mismo, que lees este artículo, antes de seguir leyendo, pregúntatelo.
¿Cuál es el panorama actual? Sin entrar en estadísticas, el cristiano comprometido con su fe sabe que abunda el desconocimiento del Evangelio bíblico porque, “el Evangelio” hoy en muchos sectores es casi insultante, intolerante y falto de amor.
Por un lado, está el llamado “evangelio de la prosperidad”, donde el Evangelio es usado como un medio para alcanzar dinero, éxito o salud. Este falso evangelio, presentado muchas veces con "lenguaje y apariencia piadosa", usa prácticas como la confesión positiva, los decretos o las llamadas “líneas de poder”, y su mensaje está centrado en el hombre y en su éxito personal, no en el Evangelio bíblico, donde la obra redentora de Jesucristo no existe para exaltar al pecador, sino para salvarlo y conformarlo a la imagen de Cristo (Romanos 8:29).
Y por otro, corrientes teológicas abiertamente liberales, y otras más recientes que, sin negar el lenguaje cristiano, relativizan su contenido, lo vacían de su auténtico sentido. Hablar de la ira santa Dios, de la expiación penal sustitutoria, del nuevo nacimiento, del pecado y del infierno es propio de los que no saben “amar como cristianos”. Se incomodan ante el mensaje objetivo de la Palabra de Dios. El Evangelio bíblico es catalogado de “fundamentalista”, “dogmático” o “falto de sensibilidad”, y se insiste en que el texto debe ser reinterpretado desde la experiencia del lector, en lugar de permitir que la propia Escritura como autoridad suprema determine su significado (2 Pedro 1:20-21; 1 Corintios 2:13), por tanto, la autoridad es del individuo, cada uno influido por su trasfondo de vida, sus heridas y sus percepciones.
De ahí, la enorme importancia de entender el Evangelio desde la historia redentora y no fuera de ella, historia que puede resumirse en cuatro palabras: Creación, Caída, Redención y Consumación.
Creación: Todo comienza con Dios
La Escritura inicia con una afirmación fundamental: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra” (Génesis 1:1). El Evangelio no comienza con la necesidad humana, sino con la realidad de Dios como Creador Soberano, Santo y Bueno. Todo lo que existe procede de Él, depende de Él y tiene como fin su gloria (Romanos 11:36). Dios no sólo es el Creador de todo lo que existe, sino el que lo sostiene y gobierna (Colosenses 1:16–17; Hebreos 1:3; Salmo 103:19).
El ser humano fue creado a imagen y semejanza de Dios (Génesis 1:26-27), con una vocación clara: vivir bajo el señorío de Dios, reflejar su carácter y disfrutar de comunión con Él. Dios, cuando terminó su obra vio que todo era “bueno en gran manera” (Génesis 1:31). Esto es muy importante para entender la santidad y bondad de Dios.
Caída: Enemistados con Dios, necesitados de Dios
El relato de Génesis 3 introduce la tragedia central de la historia humana: la rebelión del hombre contra Dios. El pecado es transgresión consciente de la voluntad divina. Adán y Eva desobedecen a Dios, y, como consecuencia de su desobediencia, el pecado y la muerte entran en el mundo (Romanos 5:12).
La caída tiene efectos terribles: culpa legal delante de Dios (Romanos 3:19), corrupción moral del corazón y muerte espiritual, la Escritura es clara al afirmar que “no hay justo, ni aun uno” (Romanos 3:10) y que el ser humano está “muerto en delitos y pecados” (Efesios 2:1). Esta condición hace imposible que cualquier ser humano se salve a sí mismo.
Aquí se entiende por qué el Evangelio incluye necesariamente el llamado al arrepentimiento. Si el pecado no es una ofensa real contra un Dios Santo, el arrepentimiento se vuelve opcional o incluso innecesario. Pero Jesús mismo advirtió: “si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente” (Lucas 13:3). Un Evangelio que distorsiona o ignora todo esto produce oyentes que creen sin arrepentirse y confían sin someterse a Cristo. Si esto no es entendido, la reconciliación con Dios (2 Corintios 5:18–19) no es necesaria porque Dios se ve como un ser bonachón que, además, “tiene” que darnos lo que pedimos y evitarnos el sufrimiento. La salvación de un Dios Santo y Justo que aborrece el pecado pasa a ser una mejora de la calidad de vida. Por eso, el Evangelio no puede entenderse sin saber quién es Dios, y esto a su vez nos muestra quiénes somos nosotros.
Redención: El corazón del Evangelio
En respuesta a la caída, Dios actúa soberanamente para redimir a su pueblo. La redención no es un plan improvisado, sino el cumplimiento del propósito eterno de Dios (Efesios 1:4-7). En la plenitud del tiempo, Dios envió a su Hijo, verdadero Dios y verdadero hombre, para salvar a los pecadores (Juan 1:14; Gálatas 4:4).
La obra redentora de Cristo incluye su obediencia perfecta a la ley “Así que, como por la transgresión de uno vino la condenación a todos los hombres, de la misma manera por la justicia de uno vino a todos los hombres la justificación de vida. Porque, así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno los muchos serán constituidos justos” (Romanos 5:18-19).
Su muerte sustitutoria en la cruz y su resurrección, “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2 Corintios 5:21).
En la cruz, Cristo cargó con la culpa del pecado y satisfizo la ira y justicia divina “A quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados, con la mira de manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús” (Romanos 3:25-26).
En la resurrección, manifestó su victoria sobre el pecado y la muerte “El cual fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación” (Romanos 4:25), y sobre Satanás y las huestes de maldad, Colosenses 2:15 nos narra: “Y despojando a los principados y a las potestades, los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz”.
Es precisamente en este contexto donde deben entenderse la fe y el arrepentimiento. Con la venida de Jesús se inaugura en la historia el reino de Dios, Él mismo dijo: “El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos y creed en el evangelio” (Marcos 1:15). La Escritura no separa la fe y el arrepentimiento, éstos son dones de Dios distintos, pero inseparables.
El arrepentimiento no es una obra humana que prepara el camino para la salvación, sino una respuesta producida por el Espíritu Santo en el corazón que ha sido por él regenerado (Juan 3:3-8). Al igual que la fe y el arrepentimiento, la regeneración y la conversión son distinguibles en el orden lógico, pero inseparables. Ésta implica un cambio de mente: volverse del pecado hacia Dios. Por eso Pablo describe la conversión de los tesalonicenses como un “volverse a Dios de los ídolos, para servir al Dios vivo y verdadero” (1 Tesalonicenses 1:9).
Reducir la redención a un simple asentimiento intelectual acerca de Jesús es traicionar el mensaje bíblico. La fe salvadora siempre va acompañada de un corazón que aborrece el pecado y se somete al señorío de Cristo (Juan 1:12–13; Efesios 2:8-10). Las consecuencias del pecado sin arrepentimiento y fe en la persona y obra de Jesucristo son eternas, sin estar en Cristo el ser humano en el juicio de Dios será sentenciado a un castigo eterno (Mateo 25:46; Apocalipsis 20:11–15).
Consumación: El clímax
El Evangelio tampoco termina con la justificación inicial del creyente. Aquellos a quienes Dios justifica, también santifica y finalmente glorifica (Romanos 8:30). La salvación tiene una realidad futura inseparable de su realidad presente. Es el conocido “ya, pero todavía no”. La consumación apunta a la perfección final de la obra de Dios: la resurrección del cuerpo (1 Corintios 15:42-44), la erradicación definitiva del pecado (Apocalipsis 21:27) y la instauración de la nueva creación. Juan nos dice de ese día que Dios hará “nuevas todas las cosas” y morará con su pueblo para siempre (Apocalipsis 21:1-5).
El creyente enfoca su vivir aquí teniendo en mente esa esperanza escatológica. El creyente vive en santidad no para ganar la salvación, sino en gratitud porque ha sido destinado a la gloria. La perseverancia, la obediencia y la lucha contra el pecado son frutos de una salvación que camina hacia su consumación. Un Evangelio que ignora la glorificación tiende a centrarse únicamente en el “aquí y ahora”, perdiendo la visión de la vida eterna junto a su Señor.
Conclusión: Urge recuperar el verdadero Evangelio
El Evangelio bíblico no es una experiencia subjetiva, sino el anuncio de lo que Dios ha hecho, está haciendo y hará en Cristo dentro de la historia redentora. Donde se pierde la creación, se pierde la santidad y bondad de Dios; donde se ignora la caída, se ignora el arrepentimiento; donde se deforma la redención, se deforma la gracia; y donde se olvida la consumación, el Evangelio se vuelve un “carpe diem” porque un día moriremos.
Recuperar el marco de Creación, Caída, Redención y Consumación es una necesidad urgente. Solo así la iglesia podrá proclamar un Evangelio que confronte al pecador, exalte a Cristo como Salvador y Señor, y dirija la esperanza del creyente hacia la gloria venidera.
En palabras de la Escritura: “Porque de Él, por Él y para Él son todas las cosas. A Él sea la gloria por los siglos. Amén” (Romanos 11:36).
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Al leer este artículo, pude recordar que el Evangelio verdadero no gira alrededor de mis necesidades o deseos, sino alrededor de Dios, su gloria y su obra redentora en Cristo. Me pareció valioso cómo presenta el mensaje bíblico dentro del marco de la Creación, Caída, Redención y Consumación, porque me ayuda a comprender mejor la historia completa de la salvación. También considero importante la advertencia contra los falsos evangelios que minimizan el pecado, el arrepentimiento y la necesidad de la obra sustitutoria de Cristo. Este escrito me anima a valorar más la centralidad de Jesucristo, a vivir en gratitud por su gracia y a mantener mi esperanza puesta en la consumación final, cuando Dios hará nuevas todas las cosas para…