Caídos y restaurados — Nuestra conciencia piadosa y cómo cultivarla

Ya hemos visto la realidad de la conciencia en todos los seres humanos y la terrible realidad de una conciencia culpable, así como la manera en que puede afectarnos. Ahora contemplaremos la hermosa realidad de una conciencia piadosa.
Con la caída, cada aspecto de nuestra vida como seres humanos fue afectado por el pecado, de tal manera que todos estamos inclinados al mal. No existen seres humanos inocentes. Esto significa que nuestra razón, nuestras emociones, nuestros deseos y todas las demás facultades de nuestra naturaleza están inclinados al pecado. Esto no quiere decir que seamos tan malos como podríamos llegar a ser en todo momento, sino que, desde la caída, nuestra naturaleza ya no es buena por sí misma. La naturaleza humana se ha desviado del camino recto; ahora somos personas egoístas que buscan su propio bien y su propio beneficio por encima del de los demás.
Esto también implica que todo buen don que Dios nos concedió ha sido manchado por el pecado, incluida nuestra conciencia.
Como vimos en el artículo anterior, experimentar una conciencia culpable es algo verdaderamente terrible. Es una realidad que nos afecta hasta lo más profundo de nuestro ser, tanto psicológica como físicamente. Podemos intentar escapar de ella, pero jamás lo lograremos. Sin embargo, en nuestro estado caído, la conciencia no siempre permanece despierta. En ocasiones pecamos, cometemos malas acciones y el juez interior no nos condena en absoluto. Otras veces llegamos a pecar repetidamente en una misma área hasta que la poderosa voz de la conciencia parece quedarse dormida, permaneciendo en silencio hasta que vuelve a despertar y el juez que llevamos dentro comienza nuevamente a atormentarnos.
Esto significa que la conciencia no es un juez infalible ni una guía perfecta en cuanto a nuestra moralidad y a la manera en que debemos vivir para agradar y glorificar a Dios en todo lo que hacemos. Al estar contaminada por el pecado, la conciencia, por sí sola, no puede constituirse en el juez absoluto que gobierne nuestra vida. Muchas veces no nos acusa cuando mentimos, cuando levantamos ídolos en nuestro corazón o cuando despreciamos el descanso que Dios ha establecido. Y el hecho de que nuestra conciencia no nos condene no significa que no estemos pecando.
Algunos hombres, como el filósofo alemán Immanuel Kant, intentaron vivir una vida basada únicamente en la ley escrita en sus corazones, procurando mantenerse libres del veredicto de culpabilidad pronunciado por el juez que llevaban dentro. Kant procuró construir todo un sistema moral fundamentado en su conciencia y en su percepción de la ley moral. Sin embargo, vivió violando diariamente la primera tabla de la Ley —es decir, los primeros cuatro mandamientos—. Vivió una vida centrada en sí mismo, sin amar verdaderamente a su prójimo y buscando principalmente su propio interés.
Si se le hubiera preguntado, habría afirmado haber llevado una vida moral perfecta y poseer una conciencia limpia. Sin embargo, continuó viviendo en pecado, sin arrepentirse jamás ni volverse a Cristo. La ley escrita en su interior no lo condujo al Legislador ni lo llevó al Salvador de su alma. Murió convencido de haber vivido una vida moralmente perfecta, pero esa convicción estaba basada únicamente en el criterio de una conciencia corrompida.
La buena noticia es que Jesucristo vino para restaurar todo aquello que la caída corrompió. Mediante Su obra perfecta, Él está haciendo una nueva creación, comenzando por una nueva humanidad, conformada a la imagen de Cristo para la gloria de Dios. Por medio de Su obra, aplicada a los creyentes mediante la fe, nuestra razón, nuestras emociones y nuestros deseos están siendo renovados, santificados y conformados cada vez más al carácter de Dios.
Este es un proceso que llegará a su culminación cuando, al terminar nuestra vida en este mundo, regresemos a la presencia de Dios para comenzar la vida eterna en los nuevos cielos y la nueva tierra. Esto significa que nuestra conciencia también está siendo restaurada. Está siendo transformada de una conciencia corrompida —que algunas veces nos acusa y otras permanece dormida e indiferente frente al pecado— en una conciencia piadosa, cada vez más conformada a la Ley de Dios escrita en ella y utilizada por Él para hacernos crecer en arrepentimiento y en dependencia constante de Su gracia, buscando continuamente el perdón de nuestros pecados y la victoria sobre ellos, poco a poco, hasta que finalmente estemos libres de todo pecado por la eternidad.
Así pues, si estamos en Cristo, nuestra conciencia también está siendo transformada para llegar a ser aquello para lo cual fue creada: una guía piadosa que nos conduzca a vivir una vida agradable a Dios. Pero ¿cómo crecemos en una conciencia piadosa que nos dirija a presentarnos como sacrificios vivos para Dios (Romanos 12:1) y a hacer Su buena, agradable y perfecta voluntad (Romanos 12:2)?
La respuesta es sencilla, aunque con frecuencia la pasamos por alto: necesitamos la gracia de Dios, porque sin ella jamás podremos crecer a la semejanza de Cristo.
Nunca estamos solos. Cristo prometió enviarnos al Consolador para que pudiéramos vivir una vida que reflejara la justicia que hemos recibido por la fe. También prometió estar con nosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Él permanece con nosotros por medio de Su Espíritu Santo, quien derrama sobre nosotros gracia día tras día para hacernos crecer y conformarnos cada vez más a la imagen de Cristo.
Todo esto forma parte de nuestra santificación. ¡Nuestra conciencia ha sido redimida! Ahora poseemos una conciencia piadosa, pero esta debe seguir fortaleciéndose y madurando.
¿Cómo sucede esto en la práctica?
El Espíritu Santo obra por medio de la Palabra de Dios, tanto cuando es predicada como cuando es leída y meditada personalmente, para renovar nuestra mente y hacernos cada vez más conscientes de nuestro pecado, despertando así nuestra conciencia. Esto significa que, cuanto más crecemos en el conocimiento de quién es Dios, de Su carácter y del propósito para el cual nos creó, con mayor claridad veremos todo aquello que pensamos, deseamos y hacemos que es contrario a Su santa naturaleza.
Necesitamos conocer con profundidad lo que Dios demanda de nosotros en cada uno de los Diez Mandamientos, resumidos gloriosamente en los dos grandes mandamientos. Debemos conocer aquello que agrada al Señor; por ejemplo, saber que Él se deleita en un corazón quebrantado y contrito, verdad que también aprendemos por medio de Su Palabra.
Cuanto más escuchamos la predicación fiel de las Escrituras y cuanto más las leemos y meditamos en nuestra vida privada, más obra el Espíritu Santo en nosotros, concediéndonos la gracia renovadora que transforma nuestra mente para pensar como Cristo y formar en nosotros una conciencia cada vez más piadosa.
Cuanto más piadosa se vuelve nuestra conciencia y cuanto más conscientes somos de nuestro pecado, con mayor frecuencia acudimos a Dios en oración, porque reconocemos nuestra necesidad de Su perdón. Él es fiel para perdonarnos cuando confesamos nuestros pecados; simplemente debemos venir a Él con un corazón arrepentido.
Parte del crecimiento de una conciencia cada vez más sensible consiste precisamente en reconocer con mayor claridad nuestra condición pecaminosa. Y cuanto más conscientes somos de nuestro pecado, más profunda se hace también nuestra conciencia de cuánto necesitamos a Cristo, quien consumó en la cruz la remisión completa de todos nuestros pecados. Todo lo que debemos hacer es acudir a Él, confesar nuestras faltas y recibir con plena certeza el perdón que Él promete.
Su gracia perdonadora y Su gracia sustentadora nos son concedidas directamente por Aquel que es la fuente de toda gracia cuando nos acercamos a Su presencia en oración.
Finalmente, a medida que nuestra conciencia piadosa continúa desarrollándose, somos cada vez más conscientes de nuestro pecado y acudimos continuamente al Señor para recibir la gracia que nos perdona y nos restaura. Pero la obra del Espíritu Santo no termina allí. A través de este mismo proceso también nos santifica. No solamente llegamos a reconocer con mayor claridad nuestro pecado y a aborrecerlo cada vez más por medio de una conciencia moldeada por Dios —lo cual nos impulsa a buscar Su perdón y Su gracia—, sino que además somos transformados para pecar cada vez menos.
No alcanzaremos la perfección en esta vida; ese no es nuestro destino presente. Sin embargo, cuanto más gracia recibimos, más somos transformados; y cuanto más somos transformados, más nos parecemos a Cristo.
Por medio de una conciencia piadosa, formada por la Palabra de Dios y utilizada por el Espíritu Santo, experimentamos una victoria cada vez mayor sobre el pecado.
¡Participamos de la gran victoria de Cristo!
«Ya no habrá más condenación, Cristo es mi plena libertad No temeré, seguro estoy, Mi vida en Su mano está.»
¡Alabemos, pues, a Dios! Él ha pagado plenamente por nuestro pecado. Ahora, el juez que habita en nuestro interior ya no está para condenarnos a muerte, sino para guiarnos en el camino de la santidad, conduciéndonos cada vez más a la semejanza de Cristo.
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Gloria al Señor! Publiquen más 🙏los leo