El juez que habita en nosotros: la anatomía de la conciencia

«La vieja no tiene ninguna importancia —pensó, acaloradamente y con incoherencia—. Tal vez la vieja fue un error, ¡pero no es eso lo que importa! La vieja no era más que una enfermedad... Tenía prisa por traspasar la línea... No maté a un ser humano, ¡maté un principio! Maté el principio, pero no fui capaz de ir más allá; me detuve de este lado... Sólo fui capaz de matar. Y parece que ni siquiera fui capaz de eso... ¿Un principio?... Y lo que demuestra que soy un piojo despreciable —añadió, rechinando los dientes— es que quizá soy aún más vil y repugnante que el piojo al que maté, y que ya sabía de antemano que me diría esto después de matarla. ¿Puede compararse algo con semejante horror? ¡Qué vulgaridad! ¡Qué abyección!»
Estas son las palabras de Raskólnikov, el protagonista de Crimen y castigo, de Fiódor Dostoyevski. Él llegó a convencerse de que, si mataba a una persona despreciada por todos, al igual que el Übermensch (el superhombre propuesto por Nietzsche), al igual que Napoleón, sería considerado un héroe y recibiría la admiración de los hombres.
Sin embargo, aunque ningún testigo presencial pudo demostrar su crimen, hubo uno que lo vio absolutamente todo: él mismo.
A pesar de haberse convencido de que estaba por encima de toda ley moral y de que podía cometer lo impensable —quitar la vida a uno para beneficiar a muchos—, a lo largo de la novela descubre una realidad imposible de evitar. No sólo no es el asesino perfecto; tampoco está por encima de la moral. No puede escapar de la ley escrita en su corazón. No puede huir del juez que lleva dentro de sí, aquel que conoce toda la verdad y que lo declara culpable.
En este breve monólogo interior, después de que un desconocido lo llamara asesino en plena calle y de regresar a su pequeña habitación, Raskólnikov intenta justificarse. Se convence de que no hizo nada realmente malo; simplemente realizó aquello que consideraba más conveniente. No mató a una persona —se dice a sí mismo—, sino a un "principio".
Pero incluso en la intimidad de su conciencia termina reconociendo una verdad devastadora: quizá él mismo sea todavía más perverso que la persona a la que asesinó. Ni siquiera ante su propio tribunal interior logra verse como un héroe; se descubre como el más vil de todos, peor aún que aquella cuya muerte había planeado.
En contraste con gran parte del discurso posmoderno, el ser humano no es soberano absoluto de sí mismo ni constructor autónomo de su propia moralidad. Una vez cometido el asesinato, Raskólnikov ya no puede volver a ser el mismo de antes. Su comportamiento cambia radicalmente. Comienza a sospechar de todos, pierde la capacidad de confiar en quienes lo rodean e incluso deja de amar a aquellos que más aprecia. Llega a despreciarlos y, sobre todo, a despreciarse a sí mismo. Vive consumido por el miedo, el insomnio, la ansiedad y una profunda alteración física y emocional.
La mayoría de nosotros jamás cometeremos un asesinato. Sin embargo, esta historia ilustra con extraordinaria claridad una verdad profundamente bíblica: cuando la conciencia despierta y el juez interior toma asiento en el tribunal del corazón para declarar culpable al pecador, sus acusaciones producen un sufrimiento psicológico, espiritual e incluso físico de enorme intensidad.
Como juez, la conciencia es implacable. No absuelve. No concede descanso. No deja libre al culpable. Sus acusaciones y condenas pueden llegar a producir un terror difícil de expresar con palabras.
Todos hemos experimentado esta realidad de una manera u otra.
Cuando éramos niños y pecábamos por primera vez, aun cuando no entendíamos plenamente que aquello estaba mal, corríamos a escondernos. Sentíamos vergüenza. Intentábamos borrar toda evidencia de nuestras malas acciones. Sin embargo, había un testigo imposible de silenciar: nosotros mismos.
Comenzábamos a comportarnos de manera extraña. Pensábamos que actuábamos con total normalidad, pero no era así. Nos volvíamos desconfiados, mirábamos constantemente a nuestro alrededor para comprobar si alguien había descubierto la comida que escondimos en la basura porque no queríamos comerla, el plato que rompimos, la mentira que contamos o cualquier otra falta que hubiéramos cometido.
El cuerpo mismo comenzaba a reaccionar. Sudábamos. Nos preguntábamos una y otra vez si alguien nos había visto. Perdíamos la tranquilidad. El corazón se aceleraba. Incluso nuestras pupilas se dilataban, algo de lo que probablemente ni siquiera éramos conscientes cuando éramos pequeños.
La conciencia es tan inexorable que no permite una verdadera huida. No deja escapar al culpable. Tarde o temprano termina alcanzándolo.
Cuando éramos niños resultaba relativamente fácil descubrir nuestras faltas. Con los años aprendimos a ocultarlas con mayor habilidad, pero ni siquiera el adulto más experimentado logra escapar del juez que habita en su interior.
Las Escrituras ofrecen numerosos ejemplos de esta realidad.
Cuando el profeta Natán confrontó al rey David, éste reconoció inmediatamente que el hombre de la parábola merecía morir (2 Samuel 12:1–7). Una vez desenmascarado su pecado, contemplamos el profundo quebrantamiento de su conciencia. El Salmo 51 revela el clamor de un corazón verdaderamente contrito. David comprendió que su pecado no era algo insignificante; incluso suplicó al Señor que no quitara de él Su Espíritu (Salmo 51:11).
Encontramos la misma realidad en los hermanos de José (Génesis 42). Mientras permanecieron seguros en Canaán, su conciencia pareció guardar silencio. Pero cuando llegaron como extranjeros a Egipto, dependientes del alimento que otro podía concederles o negarles, la conciencia despertó nuevamente.
Entonces confesaron entre sí:
«Sin duda estamos sufriendo las consecuencias de lo que hicimos con nuestro hermano. Aunque vimos su angustia cuando nos suplicaba que le tuviéramos compasión, no le hicimos caso. Por eso ahora nos vemos en aprietos. » (Génesis 42:21).
Durante años habían intentado sepultar aquel crimen bajo el paso del tiempo. Sin embargo, bastó una circunstancia providencial para que la conciencia sacara nuevamente a la luz todo aquello que habían procurado olvidar.
Habían contemplado la desesperación de José mientras suplicaba misericordia y, aun así, endurecieron su corazón. Lo vendieron como esclavo por envidia, por resentimiento y por el odio que despertaban sus sueños y el amor especial que recibía de su padre.
Ahora comprendían, en lo más profundo de su ser, que eran verdaderamente culpables.
Pero quizá ningún ejemplo bíblico ilustra con tanta claridad el poder devastador de la conciencia como el de Judas Iscariote.
Judas caminó junto al Señor durante todo Su ministerio terrenal. Fue testigo de innumerables milagros. Escuchó las enseñanzas más sublimes pronunciadas por Cristo. Formó parte del círculo íntimo de los Doce. Estuvo presente cuando Lázaro fue resucitado, cuando los cinco mil y los cuatro mil fueron alimentados milagrosamente, y cuando Jesús preguntó a Sus discípulos:
«Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo? » (Mateo 16:15)
Junto con los demás discípulos —representados por la confesión de Pedro— reconoció que Jesús era el Cristo (Mateo 16:16).
Sin embargo, detrás de aquella apariencia de piedad se escondía un corazón dominado por la codicia. Robaba del dinero que administraba. Cuando María derramó el costoso perfume sobre Jesús, su aparente preocupación por los pobres no era más que una máscara para ocultar su amor al dinero (Juan 12:4–6).
Cuando llegó el momento en que seguir a Cristo ya no parecía ofrecer ninguna ventaja terrenal, Judas tomó una decisión definitiva. Si el Maestro hablaba únicamente de sufrimiento, muerte y entrega a los pecadores, entonces obtendría de Él un último beneficio económico antes de abandonarlo para siempre.
Buscó cuidadosamente la oportunidad adecuada para entregarlo. Recibió el dinero de los principales sacerdotes, condujo a los soldados al huerto durante la noche y selló su traición con un beso.
En su mente, el plan era perfecto.
Había disfrutado de todo cuanto pudo obtener mientras siguió a Jesús. Había robado cuanto le fue posible. Y ahora, antes de que aquel movimiento aparentemente fracasara, recibiría suficiente dinero para sostenerse durante varios meses mientras encontraba otro líder al cual seguir, iniciaba un nuevo negocio o simplemente desaparecía en algún rincón del Imperio romano para comenzar una nueva vida.
Sin embargo, Judas no pudo escapar del mal que había cometido.
En el mismo momento en que traicionó a Jesús, todos sus planes comenzaron a derrumbarse. Ya no podía limitarse a obtener una ganancia rápida y continuar con su vida como si nada hubiera ocurrido.
A la mañana siguiente se dirigió directamente a aquellos que le habían pagado por entregar a Cristo. Impulsado únicamente por las acusaciones de su conciencia y por el profundo remordimiento que lo consumía, intentó devolverles las treinta piezas de plata (Mateo 27:3–5). Ellos se negaron a recibirlas.
Entonces arrojó el dinero en el templo y salió.
¿Y qué hizo después?
La culpa, el peso de su pecado, el juez que habitaba dentro de él llegaron a ser tan insoportables que buscó la única salida que creyó posible para silenciar aquellas acusaciones: se quitó la vida.
Su conciencia no le permitió continuar viviendo con aquello que había hecho.
Todavía hoy contemplamos una realidad semejante en nuestro mundo.
Con frecuencia observamos que algunas de las personas más exitosas, ricas y famosas viven esclavizadas por el alcohol, las drogas y toda clase de excesos.
Normalmente pensamos que esas conductas nacen únicamente del intento desesperado de llenar el vacío del corazón, un vacío que sólo Dios puede satisfacer. Sin duda, eso es cierto en muchos casos.
Pero existe otra realidad que a menudo pasamos por alto.
Muchos recurren a estos vicios no sólo buscando placer, sino intentando silenciar la voz de la conciencia.
Saben lo que han hecho para llegar donde están. Conocen las mentiras que dijeron. Las personas que destruyeron. Las traiciones que cometieron. Las injusticias que aceptaron. Los pecados que nadie más conoce.
Aunque el mundo los admire, el juez que habita en ellos conoce toda la verdad y no deja de acusarlos.
La conciencia continúa pronunciando sentencia cuando todos los demás han guardado silencio.
La mayoría de nosotros nunca tendremos que enfrentarnos a la culpa de un asesinato como Raskólnikov o Judas. Sin embargo, cada vez que pecamos, el juez interior, una vez despertado, no dejará de recordarnos nuestra culpabilidad.
Lo hará con un propósito doble.
O bien nos conducirá a Cristo para recibir el perdón de nuestros pecados, o bien permanecerá acusándonos hasta dejarnos sin excusa en el día en que comparezcamos delante del gran Juez, quien juzgará con perfecta justicia.
John Owen expresó esta realidad con una frase que se ha vuelto célebre:
«Da muerte al pecado, o el pecado te dará muerte.»
Con frecuencia interpretamos estas palabras únicamente en términos de condenación eterna. Pensamos que el pecado busca destruirnos exclusivamente en la eternidad.
Pero el pecado también procura destruirnos aquí y ahora.
Busca matar nuestra paz, nuestra alegría. nuestra comunión con Dios, nuestra salud espiritual e incluso, muchas veces, nuestro bienestar físico y emocional. El pecado sabe que Dios nos ha dado una conciencia. Sabe que la conciencia es un juez implacable. Sabe cómo afecta al ser humano en lo más profundo de su ser. Sabe cómo altera nuestros pensamientos, nuestras emociones y aun nuestro cuerpo.
El pecado procura llevarnos a un punto en el que ya no disfrutemos de la vida, perdamos toda esperanza y lleguemos incluso a pensar que la muerte sería preferible antes que seguir viviendo bajo el peso de la culpa.
Con frecuencia relacionamos el suicidio únicamente con la depresión.
Sin embargo, en algunos casos, detrás de ese sufrimiento se encuentra también una conciencia que acusa sin descanso.
No pretendemos negar la realidad de las enfermedades mentales ni minimizar la complejidad de tales situaciones. Pero tampoco debemos ignorar la dimensión espiritual del ser humano ni reducir todo sufrimiento interior a una explicación exclusivamente psicológica o médica.
Vivimos en una cultura que suele buscar respuestas únicamente en la terapia, la medicación o diversas técnicas para controlar las emociones.
Aunque estos recursos pueden ser de gran ayuda en muchos casos, los cristianos no debemos olvidar que Dios también ha hablado acerca de la culpa, la conciencia y el perdón.
Las Escrituras ofrecen un diagnóstico mucho más profundo del corazón humano que cualquier explicación meramente naturalista.
Y precisamente porque identifican correctamente el problema, también presentan el único remedio definitivo.
La conciencia, ese juez que habita en nuestro interior, no fue dada por Dios únicamente para condenarnos. También fue dada como un medio de gracia para conducirnos a Cristo.
Esto es cierto tanto para quienes aún no han depositado su fe en Él como para quienes ya pertenecen a Su pueblo.
Para el incrédulo, la conciencia puede convertirse en el instrumento mediante el cual Dios revela la gravedad del pecado y conduce al pecador al único lugar donde existe verdadero perdón.
Porque solamente en la cruz hay remisión de pecados.
No existe otra fuente de reconciliación con Dios.
No existe otro sacrificio aceptable.
No existe otro Mediador entre Dios y los hombres sino Jesucristo (1 Timoteo 2:5).
Cuando la conciencia acusa correctamente al pecador, éste puede responder de dos maneras: endureciendo aún más su corazón o huyendo hacia Cristo.
Y únicamente en Cristo encontrará descanso.
Pero la obra de la conciencia no termina en el momento de la conversión.
También forma parte de la vida diaria del creyente.
Aun aquellos que hemos sido justificados por la fe seguimos luchando contra el pecado. Continuamos necesitando arrepentimiento constante. Seguimos necesitando acudir una y otra vez a Cristo.
La diferencia es que la conciencia ya no nos conduce a la desesperación, sino al Evangelio.
Cada vez que somos confrontados por nuestro pecado, la conciencia nos llama a confesarlo delante de Dios, a arrepentirnos sinceramente y a descansar nuevamente en la obra perfecta de Cristo.
No recibimos absolución porque un sacerdote humano posea autoridad para perdonar pecados.
La recibimos sobre la base de la obra consumada de Cristo, de Su sangre derramada por nosotros y de la justicia perfecta que nos ha sido imputada por gracia mediante la fe.
Nuestra aceptación delante de Dios no depende de nuestros méritos, sino únicamente de Cristo.
Por eso la conciencia es, paradójicamente, un gran regalo para el creyente.
No nos permite vivir cómodamente en el pecado.
No nos deja adoptar la actitud denunciada por el apóstol Pablo:
«¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde? ¡De ninguna manera!» (Romanos 6:1–2).
La conciencia nos llama continuamente al arrepentimiento.
Pero también nos recuerda que el arrepentimiento siempre puede ir acompañado de la certeza del perdón.
No porque el pecado sea pequeño.
No porque Dios simplemente lo ignore.
Sino porque Cristo ya cargó plenamente con nuestra culpa.
Nuestra seguridad descansa en Su obediencia perfecta.
En la imputación de Su justicia.
En nuestra unión con Él.
En el hecho glorioso de que hemos sido comprados por precio (1 Corintios 6:20).
Por eso podemos tener verdadera certeza de que nuestros pecados han sido perdonados.
No porque nuestra conciencia deje de acusarnos inmediatamente.
Sino porque el veredicto de Dios en Cristo es infinitamente superior a las acusaciones de nuestro propio corazón.
Como escribe el apóstol Juan:
«..aunque nuestro corazón nos condene, Dios es más grande que nuestro corazón y lo sabe todo. » (1 Juan 3:20).
Por esta razón podemos confesar nuestros pecados continuamente y recibir continuamente el consuelo del Evangelio.
La confesión pertenece al ritmo normal de la vida cristiana.
Confesamos nuestros pecados al Señor en oración.
Pero también resulta de enorme ayuda confesarlos unos a otros, tal como enseña Santiago (Santiago 5:16).
Una de las hermosas implicaciones del sacerdocio universal de todos los creyentes es que podemos recordarnos mutuamente las promesas del Evangelio.
Podemos anunciar unos a otros el perdón que Cristo ha obtenido.
Podemos fortalecer la fe de nuestros hermanos recordándoles que la culpa ya fue llevada por Cristo y que la deuda ha sido completamente pagada.
No porque tengamos autoridad para crear un nuevo perdón.
Sino porque proclamamos el perdón que Cristo ya ganó de una vez y para siempre.
No queda ningún sacrificio adicional por ofrecer.
Nada necesita añadirse a la obra del Calvario.
Dios ha quedado plenamente satisfecho con el sacrificio de Su Hijo.
Y si estamos unidos a Cristo por la fe, todos los beneficios de Su obra nos pertenecen.
La justicia de Cristo es nuestra justicia.
Su obediencia es nuestra obediencia.
Su victoria es nuestra victoria.
Su aceptación delante del Padre es también nuestra aceptación.
Ésta es la gloriosa seguridad del Evangelio.
Con frecuencia, la confesión de nuestros pecados, acompañada por la seguridad del perdón que podemos recordarnos mutuamente como hermanos en Cristo, es precisamente el medio que Dios utiliza para librarnos de las acusaciones del juez que habita en nuestro interior.
La conciencia deja de señalar únicamente nuestra culpa para contemplar también a nuestro Sustituto.
La paz vuelve al corazón.
El gozo es restaurado.
El alma descansa nuevamente.
No porque hayamos olvidado nuestro pecado, sino porque recordamos una verdad infinitamente más grande: Cristo ha pagado completamente por él.
Las palabras pronunciadas por nuestro Señor desde la cruz siguen siendo verdaderas hoy:
«Consumado es.» (Juan 19:30)
Nada necesita añadirse a esa obra perfecta.
No hay un nuevo sacrificio que ofrecer.
No existe una deuda pendiente por saldar.
No queda ninguna condenación para los que están en Cristo Jesús (Romanos 8:1).
Cuando el creyente escucha las acusaciones de su conciencia, no responde negando su pecado ni intentando justificarse a sí mismo.
Tampoco procura silenciar la culpa mediante distracciones, placeres, éxito, dinero o cualquier otro sustituto.
Hace algo mucho mejor.
Corre nuevamente hacia Cristo.
Allí encuentra perdón.
Allí encuentra limpieza.
Allí encuentra reconciliación.
Allí encuentra descanso para su conciencia.
Por eso debemos aprender a escuchar correctamente la voz de nuestra conciencia.
No para vivir esclavizados por una culpa interminable.
Tampoco para endurecer nuestro corazón e ignorar sus advertencias.
Sino para permitir que cumpla el propósito para el cual Dios la ha dado: revelar nuestro pecado y conducirnos una y otra vez al Salvador.
Cada acusación legítima de la conciencia debe impulsarnos al arrepentimiento.
Y cada acto sincero de arrepentimiento debe llevarnos a descansar nuevamente en las promesas del Evangelio.
Porque Dios ha prometido:
«Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad.» (1 Juan 1:9)
Ésta es la esperanza del cristiano.
No una conciencia perfecta.
No una vida sin pecado.
No una ausencia absoluta de luchas internas.
Nuestra esperanza es Cristo.
Él llevó nuestra culpa.
Él soportó nuestra condenación.
Él recibió el castigo que nosotros merecíamos.
Y por medio de Su justicia somos aceptados delante del Padre.
Por eso, confesemos nuestros pecados delante de Dios.
Confesémoslos también, cuando sea apropiado, a nuestros hermanos y hermanas en la fe, para animarnos mutuamente con las promesas del Evangelio.
Escuchemos la voz de nuestra conciencia cuando denuncia nuestro pecado.
Pero escuchemos todavía con mayor atención la voz de Cristo, que anuncia perdón, reconciliación y paz a todos los que acuden a Él con fe y arrepentimiento.
Entonces podremos adorar con plena confianza y profunda gratitud, sabiendo que la pregunta del antiguo himno tiene una respuesta gloriosa:
¿Qué puede lavar nuestros pecados?
Nada sino la sangre de Jesús.
.png)


Comments