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Confesión Belga de Fe 

Artículo I
Sólo hay un único Dios

Todos nosotros creemos con el corazón y confesamos con la boca, que hay un Ser espiritual (a), único y simple (b), al que llamamos Dios: eterno (c), incomprensible (d), invisible (e), inmutable (f), innito (g), todopoderoso (h), perfectamente sabio (i), justo (j), bueno (k) y fuente superabundante (l) de todo bien.

 

a. Jn. 4:24. b. Ef. 4:6; 1 Ti. 2:5; Dt. 6:4; 1 Co. 8:6. c. Is. 40:28. d. Ro. 11:33. e. Col.1:15; 1 Ti. 6:16; Ro. 1:20. f. Mal. 3:6. g. Is. 44:6. h. 1 Ti. 1:7. i. Jer. 12:1. j. Mt. 19:17. k. Stg. 1:17; 1 Cr. 29:10-12.

Artículo II 
Medios por los que conocemos a Dios

A Él le conocemos a través de dos medios. En primer lugar, por la creación, conservación y gobierno del universo; porque éste es para nuestros ojos como un hermoso libro (a) en el que todas las criaturas, grandes y pequeñas, nos sirven de letras para contemplar las cosas invisibles de Dios, a saber, su eterno poder y deidad, como dice el apóstol Pablo (b); todas las cuales son sucientes para convencer a los hombres, y privarles de toda excusa. En segundo lugar, Él se nos da a conocer aún más clara y perfectamente por su santa y divina Palabra (c), esto es, tanto como nos es necesario saber en esta vida, para Su gloria y nuestra salvación.

 

a. Sal.19:2; Ef. 4:6. b. Ro. 1:20. c. Sal.19:8; 1 Co. 12:6.

Artículo III
La Palabra escrita de Dios

Confesamos, que esta Palabra de Dios no fue enviada ni producida por la voluntad de hombre alguno, sino que los santos hombres de Dios, siendo guiados por el Espíritu Santo, la hablaron, conforme dice el apóstol Pedro (a). Después, Dios, por un cuidado especial que Él tiene de nosotros y de nuestra salvación, mandó a sus siervos los profetas (b) y apóstoles (c) consignar por escrito Su Palabra revelada; y Él mismo escribió con Su dedo las dos tablas de la Ley (d). Por esta razón, a tales escritos los denominamos: santas y divinas Escrituras.

 

a. 2 P.1:21. b. Éx. 24:4; Sal.102:19; Hab. 2:2. c. 2 Ti. 3:16; Ap. 1:11. d. Éx. 31:18.

Artículo IV
Los libros canónicos

Nosotros creemos que las Sagradas Escrituras están contenidas en dos libros: el Antiguo y el Nuevo Testamento, y los llamamos libros Canónicos porque contra ellos no hay nada que objetar. A éstos se los enumera en la Iglesia de Dios del modo siguiente: Libros del Antiguo Testamento: Los cinco libros de Moisés, a saber: Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio; el libro de Josué, de los Jueces, y Rut; dos libros de Samuel, y dos libros de los Reyes, dos libros de las Crónicas, llamados Paralipómenos; el libro de Esdras, Nehemías, Ester, Job; los Salmos de David; tres libros de Salomón, a saber: Proverbios, Eclesiastés, y Cantar de los Cantares; los cuatro profetas mayores: Isaías, Jeremías (con sus lamentaciones), Ezequiel y Daniel; y los doce profetas menores, es decir: Oseas, Joel, Amós, Abdías, Jonás, Miqueas, Nahum, Habacuc, Sofonías, Hageo, Zacarías, y Malaquías.

 

Y los del Nuevo Testamento son: Los cuatro Evangelistas; Mateo, Marcos, Lucas, y Juan; los Hechos de los Apóstoles; las catorce cartas del Apóstol Pablo, o sea: a los Romanos; dos a los Corintios; a los Gálatas, a los Efesios, a los Filipenses, a los Colosenses; dos a los Tesalonicenses, dos a Timoteo; a Tito, a Filemón, y a los Hebreos; las siete cartas de los otros apóstoles, a saber: la carta de Santiago, dos cartas de Pedro, tres de Juan, y la carta de Judas; y el Apocalipsis del apóstol Juan.

Artículo V
La autoridad de la Escritura

Únicamente a estos libros aceptamos por sagrados y canónicos, para regular nuestra fe según ellos, para fundamentarla en ellos y con ellos conrmarla. Y creemos sin duda alguna todo lo que está comprendido en ellos; y eso, no tanto porque la Iglesia los recibe y los apruebe como por tales, sino sobre todo porque el Espíritu Santo nos da testimonio en nuestros corazones, que son de Dios; y porque también tienen la prueba de ello en sí mismos; cuando advertimos que los ciegos mismos pueden palpar que las cosas que en ellos se han predicho, acontecen.

Artículo VI
La diferencia entre los libros canónicos y los apócrifos

​A estos santos libros los distinguimos de los apócrifos, que son los siguientes: Él tercero y cuarto libro de Esdras, el libro de Tobías, Judit, el libro de la Sabiduría, Eclesiástico, Baruc, lo que se ha añadido a la historia de Ester; la oración de los tres mancebos en el fuego, la historia de Susana, la historia de Bel y del Dragón; la oración de Manasés, y los dos libros de los Macabeos. La Iglesia podrá leer estos libros, y también tomar de ellos enseñanzas siempre y cuando que estén de conformidad con los libros Canónicos; pero carecen de poder y autoridad para 40 apoyar en ellos algún artículo de la fe o de la religión Cristiana, pues podrían disminuir o contradecir la autoridad de los otros libros sagrados.

Artículo VII
La suficiencia de las Sagradas Escrituras

Creemos, que estas Santas Escrituras contienen de un modo completo la voluntad de Dios, y que todo lo que el hombre está obligado a creer para ser salvo se enseña sucientemente en ellas (a). Pues, ya que toda norma de culto que Dios exige de nosotros se halla allí extensamente descrita, así no les es permitido a los hombres, aunque incluso sean Apóstoles, enseñar de otra manera (b) que como ahora se nos enseña por las Sagradas Escrituras; es más, ni aunque fuera un ángel del cielo, como dice el apóstol Pablo (c). Porque, como está vedado añadir algo a la Palabra de Dios, o disminuir algo de ella (d), así de ahí se evidencia realmente, que su doctrina es perfectísima y completa en todas sus formas. Tampoco está permitido igualar los escritos de ningún hombre —a pesar de lo santos que hayan sido— con las Divinas Escrituras (e), ni la costumbre con la verdad de Dios (f), pues la verdad está sobre todas las cosas, ni el gran número, antigüedad y sucesión de edades o de personas, ni los concilios, decretos o resoluciones; porque todos los hombres son de suyo mentirosos (g) y más vanos que la misma vanidad. Por tanto, rechazamos de todo corazón todo lo que no concuerda con esta regla infalible (h), según nos enseñaron los Apóstoles, diciendo: Probad los espíritus si son de Dios (i). Asimismo, Si alguno viene a vosotros, y no trae esta doctrina, no lo recibáis en casa (j).

 

a. Ro. 15:4; Jn. 4:25; 2 Ti. 3:15-17; 1 P. 1:1; Pr. 30:5; Ap. 22:18; Jn. 15:15; Hch. 2:27 b. 1 P. 4:11; 1 Co. 15:2-3; 2 Ti. 1:3; 2 Jn. 10; 2 Ti. 3:14 c. Gá. 1:8-9; 1 Co. 15:2; Hch. 26:22; Ro. 15:4; 1 P. 4:11; 2 Ti. 3:14 d. Dt. 12:32; Pr. 30:6; Ap.22:18; Jn 4:25 e. Mt. 15:3, 17:5; Mr. 7:7; Is. 1:12; 1 Co.2:4 f. Is. 1:12; Ro. 3:4; 2 Ti. 4:3-4 g. Sal. 62:9-10 h. Gá. 6:16; 1 Co. 3:11; 2 Ts. 2:2 i. 1 Jn. 4:1 j. 2 Jn. 10

Artículo VIII
La Trinidad

Según esta verdad y esta Palabra de Dios, así creemos en un solo Dios; el cual es una única esencia (a) en la que hay tres personas (b), real, verdadera y eternamente distintas según sus incomunicables atributos, y que son: el Padre, y el Hijo, y el Espíritu Santo (c). El Padre es la causa, origen y principio de todas las cosas, tanto visibles como invisibles (d). El Hijo es el Verbo (e), la Sabiduría (f) y la imagen del Padre (g). El Espíritu Santo es el eterno poder y potencia (h), procediendo del Padre y del Hijo (i). De tal manera, sin embargo, que esta distinción no hace que Dios sea dividido en tres, ya que las Sagradas Escrituras nos enseñan que el Padre, y el Hijo, y 41 el Espíritu Santo, cada uno tiene su personalidad, distinta por sus atributos; de tal manera, no obstante, que estas tres Personas son un solo Dios. Así pues, es evidente que el Padre no es el Hijo, y que el Hijo no es el Padre, y que asimismo tampoco el Espíritu Santo es el Padre, ni el Hijo. Entretanto, estas Personas, tan distintas, no están divididas, ni tampoco mezcladas entre sí. Porque el Padre no se ha encarnado, ni tampoco el Espíritu Santo, sino solamente el Hijo (j). El Padre nunca ha sido sin su Hijo, ni sin su Espíritu Santo; porque los tres son coeternos y coesenciales. Allí no hay primero, ni último; porque los tres son uno solo, en verdad, en potencia, en bondad y en misericordia.

 

a. Is. 43:10 b. 1 Jn. 5:7; He. 1:3 c. Mt. 28:19 d. 1 Co. 8:6; Col. 1:16 e. Jn. 1:1-2; Ap. 19:13; Pr. 8:12 f. Pr. 8:12, 22 g. Col. 1:15; He. 1:3 h. Mt. 12:28 i. Jn; 15:26; Gá. 4:6 j. Fil. 2:6-7; Gá. 4:4; Jn. 1:14

Artículo IX
La prueba de la Trinidad de Personas en un Dios

Sabemos todo esto, así por los testimonios de la Sagrada Escritura, como también por sus operaciones, y mayormente por aquellas que en nosotros sentimos. Los testimonios de las Sagradas Escrituras, que nos enseñan a creer esta Santa Trinidad, están descritos en muchas partes del Antiguo Testamento: los cuales no es necesario enumerar, sino solo elegir con discernimiento y juicio.

 

En Gn. 1:26, 27, Dios dice: “Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza…” (a). “Y Creó Dios al hombre a su imagen, varón y hembra los creó.” Asimismo, Gn. 3:22 “He aquí que el hombre es como uno de nosotros” (b). De ahí resulta evidente que hay más de una persona en la Divinidad, cuando Él dice: “Hagamos al hombre a nuestra semejanza”; y después nos Indica Él la unidad, cuando dice: “Y creó Dios”. Bien es verdad que Él no dice cuántas son las personas que hay; pero lo que para nosotros es algo oscuro en el Antiguo Testamento, está muy claro en el Nuevo. Pues, cuando nuestro Señor fue bautizado en el Jordán (c), fue oída la voz del Padre, que decía: “Este es mi Hijo amado”; el Hijo fue visto en el agua, y el Espíritu Santo se manifestó en forma de paloma.

 

Además, en el bautismo de todos los creyentes fue instituida por Cristo esta fórmula: “Bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo” (d). En el Evangelio de Lucas, el ángel Gabriel dice a María, la madre de nuestro Señor, lo siguiente: “El Espíritu Santo vendrá sobre tí, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual también el Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios”. (e) Asimismo: “La gracia del Señor Cristo Jesús, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros.” (g) Y “Tres son los que dan testimonio en el cielo: el Padre, el Verbo y el Espíritu Santo; y estos tres son uno.” 

 

En todos estos lugares se nos enseña sobradamente, que hay tres Personas en una única esencia Divina.

 

Y si bien esta doctrina excede en mucho la inteligencia humana, no obstante la creemos ahora por la Palabra de Dios, esperando hasta que gocemos del perfecto conocimiento y fruto de la misma en el cielo (h).

 

Además de esto, también hay que hacer notar los ocios y operaciones particulares de estas tres Personas con respecto a nosotros: el Padre es llamado nuestro Creador, por su poder (i); el Hijo es nuestro Salvador y Redentor, por su sangre (j); el Espíritu Santo es nuestro Santicador, por su morada en nuestros corazones (k).

 

Esta doctrina de la Santísima Trinidad ha sido siempre sostenida y mantenida en la Iglesia verdadera, desde los tiempos de los Apóstoles hasta ahora, contra los judíos, mahometanos y algunos falsos cristianos y herejes como Marción, Manes, Praxes, Sabelio, Samosato, Arrio y otros semejantes, los cuales fueron justamente condenados por los santos Padres ortodoxos.

 

Por lo tanto, con respecto a este punto, aceptamos gustosamente los tres credos de fe, a saber, el de los Apóstoles, el de Nicea y el de Atanasio, así como también lo que fue resuelto por los antiguos padres en conformidad con estos sumarios.

 

a. Gn. 1:26,27 b. Gn. 3:22 c. Mt. 3:16, 17 d. Mt. 28:19 e. Lc. 1:35 f. 2 Co. 13:14 g. 1 Jn. 5:7 h. Sal. 45:8; Is. 61:1 i. Ec. 12:3; Mal. 2:10; 1 P. 1:2 j. 1 P. 1:2; 1 Jn. 1:7; 1 Jn. 4:14 k. 1 Co. 6:11; 1 P. 1:2; Gá. 4:6; Tit. 3:5; Ro. 8:9; Jn. 14:16

Arículo X
La Deidad de Cristo

Creemos que Cristo Jesús, según la naturaleza Divina, es el unigénito Hijo de Dios (a), engendrado desde la eternidad (b); no hecho, ni creado (porque de esta manera sería una criatura); sino coesencial (c) con el Padre, coeterno(d), la imagen expresa de la sustancia del Padre y el resplandor de su gloria (e), siéndole en todo Igual (f). El cual es Hijo de Dios, no sólo desde el momento que tomó nuestra naturaleza, sino desde toda la eternidad (g); según nos enseñan estos testimonios al ser comparados entre sí: Moisés dice, que Dios creó el mundo (h), y san Juan dice, que todas las cosas fueron creadas por el Verbo, al cual llama Dios; el apóstol dice (i), que Dios hizo el mundo por su Hijo (j); también, que Dios creó todas las cosas por Cristo Jesús (k); de manera que aquel que es llamado Dios, el Verbo, el Hijo y Cristo Jesús, ya era, cuando todas las cosas fueron creadas por Él (l). Y por eso el profeta Miqueas, dice; “Sus salidas son desde el principio, desde los días de la eternidad” (m). Y el apóstol: 43 “Ni tiene principio de días, ni fin de vida” (n). Así pues, Él es el Dios verdadero y eterno, aquel Todopoderoso, al que invocamos, adoramos y servimos.

 

a. Jn. 1:18; 1:34; 1:49 b. Col 1:15; Jn. 1:14 c. Jn. 10:30; Fil. 2:6 d. Jn. 1:2; Jn. 17:5; Ap. 1:8 e. He. 1:3 f. Fil. 2:6 g. Jn. 8:23; Jn. 8:58; Jn. 9:33-37; Hch. 8:37; Ro. 9:5 h. Gn. 1:1 i. Jn. 1:3 j. He. 1:2 k. Col. 1:16 l. Col. 1:16 m. Mi. 5:2 n. He. 7:3

Arículo XI
La Deidad del Espíritu Santo

Asimismo, creemos y confesamos, que el Espíritu Santo desde la eternidad, procede del Padre (a) y del Hijo (b); no siendo hecho, ni creado, ni tampoco engendrado, sino solo procediendo de ambos; el cual, en orden, es la tercera Persona de la Santa Trinidad; de una sola misma esencia, majestad y gloria con el Padre y el Hijo; siendo verdadero y eterno Dios, como nos enseñan las Sagradas Escrituras (c).

 

a. Sal. 33:6; Sal. 104:30; Jn. 14:16 b. Gá. 4:6; Ro. 8:9; Jn. 15:26 c. Gn. 1:2; Is. 48:16; Is. 61:1; Hch. 5:3-4; Hch. 28:25; 1 Co. 3:16; 1 Co. 6:19; Sal. 139:7

Artículo XII
La Creación de Todas las Cosas

Creemos que el Padre, por su Verbo, es decir, por su Hijo (a), ha creado de la nada el cielo, la tierra, y todas las criaturas, cuando a Él le pareció bien, dando a cada criatura su ser, gura, forma, y distintos ocios para servir a su Creador. Que Él también aún las mantiene y gobierna a todas según su providencia eterna y por su poder innito (b), para que sirvan al hombre (c), a n de que éste sirva a su Dios (d).

 

Él también creó buenos a los ángeles (e) para ser sus mensajeros (f) y para servir a los elegidos (g); algunos de los cuales, de aquella excelencia en la que Él les había creado, han caído en la condenación eterna (h), y los otros, por la gracia de Dios (i), han perseverado en su primer estado y no han caído. Los demonios y los espíritus malignos se pervirtieron de tal manera que son enemigos de Dios y de todo lo bueno; y según toda su capacidad (j) están acechando como asesinos a la Iglesia y a cada uno de los miembros de ésta, para pervertir y destruir todo por medio de sus engaños (k); por eso, por su propia maldad son condenados a condenación eterna, esperándoles diariamente sus terribles tormentos (l).

 

De modo que reprobamos y rechazamos en esto el error de los saduceos, quienes niegan la existencia de espíritus y ángeles (m); y asimismo el error de los maniqueos, los cuales dicen que los demonios tienen su origen de sí mismos, siendo malos de su propia naturaleza, sin que se hayan pervertido.

​

a. Gn. 1:1; Is. 40:26, He. 3:4; Ap. 4:11; 1 Co. 8:6; Jn. 1:3; Col. 1:16 b. He. 1:3; Sal. 104:10; Hch. 17:25 c. 1 Ti. 4:3-4; Gn. 1:29-30; 9:2-3; Sal. 104:14-15 d. 1 Co. 3:22; 6:20; Mt. 4:10 e. Col. 1:16 f. Sal. 34:8, 103:20; 148:2 g. He. 1:14; Sal. 34:8 h. Jn. 8:34; 2 P. 2:4; Lc. 8:31; Jud. 6 i. Mt. 25:31 j. 1 P. 5:8; Job 1:7 k. Gn. 3:1; Mt. 13:25; 2 Co. 2:11, 11:3; 11:14 l. Mt. 25:44; Lc. 8:30-31 m. Hch. 23:8

Artículo XIII
La Doctrina de la Providencia de Dios

Creemos, que ese buen Dios, después que hubo creado todas las cosas, no las ha abandonado ni las ha entregado al azar o la casualidad, sino que las dirige y gobierna según su santa voluntad (a) de tal manera que nada acontece en este mundo sin su ordenación (b), con todo eso, sin embargo, Dios no es autor ni se le puede culpar por los pecados que se cometen. Porque su Poder y Bondad son tan grandes e incomprensibles, que Él de una manera excelente y justa dispone y ejecuta su obra, incluso cuando los demonios y los inicuos obren injustamente (c). Y referente a lo que Él hace fuera del alcance de la inteligencia humana, eso mismo no lo queremos investigar más curiosamente de lo que nuestra razón puede soportar; sino que adoramos con toda humildad y reverencia los justos juicios de Dios, los cuales nos están ocultos (d); teniéndonos por satisfechos con que somos discípulos de Cristo para aprender únicamente lo que Él nos ha revelado en su Palabra, sin traspasar estos límites.

 

Esta enseñanza nos da un consuelo inexpresable, cuando por ella aprendemos que nada nos puede acontecer por casualidad, sino por la disposición de nuestro misericordioso Padre Celestial que vela por nosotros con cuidado paternal, sujetando a todas las criaturas bajo su dominio (e), de tal manera que ni un solo cabello de nuestra cabeza (pues están todos contados), ni un solo pajarillo puede caer sobre la tierra sin la voluntad de nuestro Padre (f). De lo cual nos amos, sabiendo que Él reprime a los demonios y a todos nuestros enemigos, los cuales no nos pueden perjudicar, sin Su permiso y voluntad.

 

Y en esto reprobamos el execrable error de los epicúreos que dicen, que Dios no se inmiscuye en nada, y deja acontecer casualmente las cosas.

 

a. Jn. 5:17; He. 1:3; Pr. 16:4; Sal. 104:9ss, 139:2ss b. Stg. 4:15; Job 1:21; 1 R. 22:20; Hch. 4:28; 1 S. 2:25; Sal. 115:3, 45:7; Am. 3:6; Dt. 19:5; Pr. 21:1; Sal. 105:25; Is. 10:5-7; 2 Ts. 2:11; Ez; 14:9; Ro. 1:28; Gn. 1: 20, 25, 16:10, 27:20; Sal. 75:7-8; Is. 45:7; Pr. 16:4; Lm. 3:37-38; 1 R. 22:34, 1 R. 22:38; Éx. 21:13 c. Mt. 8:31-32; Jn. 3:8 d. Ro. 11:33-34 e. Mt. 8:31; Job 1:12; Job 2:6 f. Mt. 10:29-30

Artículo XIV
La Creación y la Caída del Hombre

Creemos, que Dios ha creado al hombre del polvo de la tierra, y lo ha hecho y formado según Su imagen y semejanza (a), bueno, justo y santo; pudiendo con su voluntad convenir en todo con la voluntad de Dios (b).

 

Pero estando en honra, no lo entendió él así, ni reconoció su excelencia (c), sino que por propia voluntad se sometió así mismo al pecado, y por ende a la muerte y a la maldición, prestando oídos a las palabras del diablo (d).

 

Pues transgredió el mandamiento de vida que había recibido (e), y por el pecado se separó de Dios (f) que era su vida verdadera; habiendo pervertido toda su naturaleza (g); por lo cual se hizo culpable de la muerte física y spiritual (h).

 

Y habiéndose hecho impío, perverso y corrupto en todos sus caminos, ha perdido todos los excelentes dones que había recibido de Dios (i), no quedándole de ellos más que pequeños restos (j), los cuales, no obstante, son sucientes para privar al hombre de toda excusa (k); ya que toda la luz que hay en nosotros, se ha convertido en tinieblas (l), como nos enseña la Escritura, diciendo: “La luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no prevalecieron contra ella” (m); aquí San Juan llama tinieblas a los hombres.

 

Por lo cual rechazamos todo lo que contra esto se enseña sobre el libre albedrío del hombre, ya que el hombre no es más que un esclavo del pecado (n), y no tiene cosa alguna de sí mismo, si no le es dado del cielo (o).

 

Porque, ¿quién hay que se gloríe de poder hacer algo bueno como de sí mismo, dado que Cristo dice: “Ninguno puede venir a mí, sí el Padre que me envió no le trajere” (p)? ¿Quién se gloriará de su propia voluntad, puesto que éste comprende que “la mente carnal es enemistad contra Dios” (q)? ¿Quién puede jactarse de su ciencia, siendo así que “el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios” (r)? Para abreviar, ¿quién sugerirá idea alguna, si comprende que no somos “competentes por nosotros mismos para pensar algo como de nosotros mismos, sino que nuestra competencia proviene de Dios” (s)? Y por eso, lo que dice el apóstol, con razón debe tenerse por cierto y seguro, esto es, que “Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad” (t). Porque no hay entendimiento ni voluntad conformes al entendimiento y la voluntad de Dios, si Cristo no los ha obrado en el hombre; lo cual nos lo enseña Él diciendo: “Porque separados de mí nada podéis hacer” (u).

 

a. Gn. 1:26; Ec. 7:29; Ef. 4:24 b. Gn. 1:31; Ef. 4:24 c. Sal. 40:20; Is. 59:2 d. Gn. 3:6,17 e. Gn. 1:3,7 f. Is. 59:2 g. Ef. 4:18 h. Ro. 5:12; Gn. 2:17, 3:19 i. Ro. 3:10 j. Hch. 14:16-17, 17:27 k. Ro. 1:20-21; Hch. 17:27 l. Ef. 5:8; Mt. 6:23 m. Jn. 1:5 n. Is. 26:12; Sal. 94:11; Jn. 8:34; Ro. 6:17, 7:5,17 o. Jn. 3:27; Is. 26:12 p. Jn. 3:27, 6:44,65 q. Ro. 8:7 r. 1 Co. 2:14 s. 2 Co. 3:5 t. Flip. 2:13 u. Jn. 15:5

Artículo XV
La Doctrina del Pecado Original

Creemos, que por la desobediencia de Adán el pecado original se ha extendido a toda la raza humana (a); el cual es una depravación de toda la naturaleza y un defecto hereditario, con lo que aun los infantes son contaminados en el vientre de sus madres (b), y que producen en el hombre toda clase de pecados, estando en él como una raíz de estos últimos (c) y por eso, el pecado original es tan repugnante y abominado por Dios, que es suciente para condenar a toda la raza humana (d). Y este pecado original no es del todo anulado, ni enteramente extirpado ni aun por el Bautismo, ya que de esta fuente lamentable surge siempre el pecado como corriente subterránea, al igual que de una fuente impura; si bien a los Hijos de Dios no les es imputado para condenación, sino que les es perdonado por su Gracia y misericordia; no para dormirse tranquilamente en el pecado, sino para que la sensación de esta corrupción haga a los creyentes gemir frecuentemente, deseando ser librados de este cuerpo de muerte (e).

 

Y en esto rechazamos el error de los pelagianos que dicen, que el pecado procede solamente de imitación.

 

a. Ro.5:12-13; Sal. 51:7; Ro. 3:10; Gn. 6:3; Jn. 3:6; Job 14:4 b. Is. 48:8; Ro. 5:14 c. Gá. 5:19; Ro. 7:8,10,13,17,18,20,23 d. Ef. 2:3,5 e. Ro.7:18,24

Artículo XVI
La Doctrina de la Elección

Creemos, que estando todo el linaje de Adán en perdición y ruina por el pecado de nuestros primeros padres, Dios se mostró a sí mismo tal cual es, es decir: misericordioso y justo (a). Misericordioso: porque libera y preserva de esta perdición a aquellos que Él, en su eterno e inmutable consejo, de pura bondad, ha elegido en Cristo Jesús, nuestro Señor, sin consideración alguna a las obras de ellos (b). Justo: porque a los otros deja en su caída y perdición en que ellos mismos se han arrojado (c).

 

a. Ro. 9:18, 22,23; Ro. 3:12 b. Ro. 9:15-16, 11:32; Ef. 2:8-10; Sal. 100:3, 115:5; Dt. 32:8; 1 S. 12:22; 2 Ti. 1:9; Mal. 1:2; Ro. 8:29, 9:11, 21, 11:5-6; Hch. 13:48; 2 Ti. 2:19-20; 1 P. 1:2; Jn. 6:27, 15:16, 17:9 c. Ro. 9:17-18; 2 Ti. 2:20

Artículo XVII
La recuperación del Hombre Caído

Creemos, que nuestro buen Dios, en su admirable sabiduría y bondad, viendo que de esta manera el hombre se había arrojado a la muerte corporal y espiritual, y se había hecho totalmente miserable, se complació en buscarlo cuando temblando (a) huía de Él y le consoló prometiendo darle a Su Hijo, el cual nacería de una mujer, para herir la cabeza de la serpiente y hacerle bienaventurado (b).

 

a. Gn. 3:8,9,19; Is. 65:1-2 b. Gn. 22:18; He. 2:14; Is. 7:14; Jn. 7:42; 2 Ti. 2:8; He. 7:14; Gn. 3:15; Gn. 4:4

Artículo XVIII
La Encarnación de Cristo Jesús

Confesamos, pues, que Dios consumó la promesa hecha a los antiguos padres por boca de sus santos profetas (a), enviando al mundo, en el tiempo por Él determinado, a Su único, unigénito y eterno Hijo. El cual tomó forma de siervo, y se hizo semejante a los hombres (b), tomando realmente una verdadera naturaleza humana con todas sus debilidades excepto el pecado (c), siendo concebido en el vientre de la bienaventurada virgen María por el poder del Espíritu Santo, sin intervención de varón (d). Y no solamente tomó la naturaleza humana en lo que al cuerpo se reere, sino que también tomó una verdadera alma humana (e), a n de que Él fuese un verdadero hombre. Pues, ya que tanto el alma como el cuerpo estaban perdidos, así era necesario que Él tomara los dos para salvarlos a ambos.

 

Por eso confesamos (contra la herejía de los anabaptistas, quienes niegan que Cristo tomó carne humana de su madre), que Cristo participó de la carne y sangre de los hijos (f); que Él es el fruto de los lomos de David, según la carne (g); nacido del linaje de David según la carne (h); fruto del vientre de María (i); nacido de mujer (j); vástago de David (k); retoño del tronco de lsaí (l); retoño de la tribu de Judá (m); descendiente de los judíos, según la carne (n); de la simiente de Abraham (o), porque tomó sobre sí la simiente de Abraham (p), y fue hecho semejante a sus hermanos en todo, excepto el pecado (q); así que Él es en verdad nuestro Emanuel, esto es, Dios con nosotros (r).

 

a. Lc. 1:54-55, Gn. 26:4, 2 S. 7:12, Sal. 132:11, Hch. 13:23; Is. 11:1 b. 1 Ti. 2:5, 3:16; Fil. 2:7 c. He. 2:14-15, 4:15 d. Lc. 1:31, 34-35 e. Mt. 26:38; Jn. 12:27 f. He. 2:14 g. Hch. 2:30 h. Ro. 1:3; Sal. 132:11 i. Lc. 1:42 j. Gá. 4:4 k. Jer. 33:15 l. Is. 11:1 m. He. 7:14 n. Ro. 9:5 o. Gá. 3:16; Gn. 22:18; 2 S. 7:12; Mt. 1:1 p. He. 2:15-17 q. Is. 7:14; Mt. 1:23

Artículo XIX
La unión y distinción de las dos naturalezas en la Persona de Cristo

Creemos, que por esta concepción, la Persona del Hijo está inseparablemente unida y juntamente ensamblada a la naturaleza humana; de manera que no hay dos Hijos de Dios, ni dos personas, sino dos naturalezas, unidas en una sola Persona; pero cada naturaleza conservando sus propiedades distintas.

 

Así pues, como la naturaleza Divina siempre ha subsistido increada, sin principio de días o n de vida (a), llenando cielo y tierra, así la naturaleza humana no ha perdido sus propiedades, sino que ha permanecido siendo una criatura, teniendo principio de días, siendo una naturaleza nita y conservando todo lo que corresponde a un cuerpo verdadero (b). Y, si bien por su resurrección Él le ha dado inmortalidad, sin embargo Él no ha cambiado la realidad de su naturaleza humana, por cuanto nuestra salvación y resurrección penden de la realidad de Su cuerpo (c). Mas, estas dos naturalezas están de tal manera unidas en una sola Persona, que ni aun por la muerte han sido separadas. De modo que, lo que Él, al morir, encomendó en manos de su Padre, era un verdadero espíritu humano que salía de su cuerpo (d); pero, entretanto, la naturaleza Divina permaneció siempre unida a la humana, incluso cuando Él yacía en el sepulcro; y la Deidad no cesó de estar en Él, tal como estuvo en Él cuando era un niño pequeño, aunque por un breve tiempo ella no se reveló así. Por eso reconocemos, que Él es verdadero Dios y verdadero hombre: verdadero Dios, para vencer con su poder a la muerte, y verdadero hombre, para que el pudiera morir por nosotros en la debilidad de su carne.

 

a. He. 7:3 b. 1 Co. 15:13 c. 1 Co. 15:21; Fil. 3:21; Mt. 26:11, Hch. 1:2,11, 3:21; Lc. 24:39; Jn. 24:39, 20:25, 27 d. Lc. 23:46; Mt. 27:50

Artículo XX 
La justicia y la misericordia de Dios manifestada en Cristo

Creemos, que Dios que es perfectamente misericordioso y justo ha enviado a Su Hijo para tomar la naturaleza en la cual se había cometido la desobediencia, a n de satisfacer y llevar en ella el castigo de los pecados por medio de su amarga pasión y muerte (a). Así, pues, ha demostrado Dios su justicia contra Su Hijo cuando cargó sobre Él nuestras iniquidades (b); y ha derramado su bondad y misericordia sobre nosotros que éramos culpables y dignos de condenación, entregando Su Hijo hasta la muerte por nosotros, movido por un amor muy perfecto, resucitándole para nuestra justicación (c), para que a través de Él podamos obtener inmortalidad y vida eterna.

 

a. He. 2:14; Ro. 8:3; Ro. 8:32-33 b. Is. 53:6; Jn. 1:29; 1 Jn. 4:9 c. Ro. 4:25

Artículo XXI
La satisfacción de Cristo, único Sumo Sacerdote

Creemos, que Cristo Jesús es el eterno Sumo Sacerdote, ordenado con juramento según el orden de Melquisedec (a), y que se ha presentado en nuestro nombre ante el Padre para apaciguar su ira con plena satisfacción (b) inmolándose a sí mismo en el madero de la cruz, y derramando su preciosa sangre para puricación de nuestros pecados, como los profetas habían predicho. Porque escrito está: “el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados, como cordero fue llevado al matadero, y fue contado con los pecadores” (c); y como malhechor fue condenado por Poncio Pilato, aunque primero le había declarado inocente (d). Así, pues, “él pagó lo que no robó (e) y sufrió el justo por los injustos” (f), y esto, tanto en su cuerpo como en su alma, sintiendo el terrible castigo que nuestros pecados habían merecido, tanto que su sudor fue cayendo en gotas de sangre sobre la tierra (g). El clamó: “Dios mío. Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (h); y ha padecido todo esto para el perdón de nuestros pecados. Por lo cual, con razón decimos con Pablo: no conocemos cosa alguna sino a Cristo Jesús, y a éste crucificado (i); estimamos todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, nuestro Señor (j); en cuyas heridas hallamos toda clase de consuelo, y no necesitamos buscar o inventar algún otro medio para reconciliarnos con Dios, sino solamente Su sacricio: “porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados” (k). Esta es también la causa por la que fue llamado Jesús por el ángel de Dios, es decir: “Salvador, porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (l).

 

a. Sal. 110:4; He. 5:10 b. Col. 1:14, 2:14; He. 2:17, 9:14; Ro. 3:24, 5:8-9, 8:2; Hch. 2:24, 13:28; Jn. 3:16, 15:3; 1 Ti. 2:6 c. Is. 53:5,7,12 d. Lc.23:22,24; Hch. 13:28; Sal. 22:16, 69:5; Jn. 18:38; 1 P. 3:18 e. Sal. 69:4 f. 1 P. 3:18 g. Lc. 22:44 h. Sal. 22:2; Mt. 27:46 i. 1 Co. 2:2 j. Fil. 3:8 k. He. 9:25-26, 10:14 l. Mt. 1:21; Hch. 4:12

Artículo XXII
Fe en Cristo Jesús

Creemos que, para obtener verdadero conocimiento de este gran misterio, el Espíritu Santo enciende en nuestros corazones una fe sincera, la cual abraza a Cristo Jesús con todos Sus méritos, lo hace suya (a), y fuera de Él ya no busca ninguna otra cosa. Porque necesariamente tiene que concluirse, ya sea que no todo lo que es necesario para nuestra salvación se halla en Cristo Jesús, o que, si todo está en Él, aquellos que poseen por la fe a Cristo Jesús, tienen en Él su salvación completa (c). De modo que, si se dijera que Cristo no es suciente, por cuanto que además de Él es aún necesario algo más, sería una repugnante blasfemia porque de ahí se seguiría, que Cristo es solamente un Salvador a medias.

 

Por eso, justamente decimos con el apóstol Pablo, que el hombre es justicado sólo por la fe o por la fe sin las obras (d). Sin embargo, para ser más claros no nos referimos a que sea la fe misma la que nos justica, pues ella es solamente un medio por el cual abrazamos a Cristo, nuestra justicia. Mas Cristo Jesús, imputándonos todos sus méritos y las obras santas que Él ha hecho por nosotros y en nuestro lugar, es nuestra justicia (e); y la fe es un instrumento que nos mantiene con Él en la comunión de todos Sus bienes, los cuales, siendo hechos nuestros, nos son más que sucientes para la absolución de nuestros pecados.

 

a. Ef. 1:17-18; 1 Co. 2:12; Ef. 3:16-17; Sal. 51:13 b. Gá. 2:21; 1 Co. 2:2; Hch. 4:12; Jer. 23:6; 1 Co. 1:30; Jer. 31:10 c. Mt. 1:21; Ro. 8:1,33; Ro. 3:27 d. Ro. 3:27; Gá. 2:16; 1 P. 1:4-5; Ro. 10:4 e. Jer. 23:6; 1 Co. 1:10; 2 Ti. 1:2; Lc. 1:77; Ro. 3:24-25, 4:5; Sal. 32:1-2; Fil. 3:9; 2 Ti. 1:19

Artículo XXIII
La justicación de los pecadores

Creemos, que nuestra salvación radica en el perdón de nuestros pecados por voluntad de Cristo Jesús, y que en esto está comprendida nuestra justicia ante Dios; como David y Pablo nos enseñan, declarando: que la bienaventuranza del hombre es que Dios le imputa la justicia sin las obras (a). Y este mismo apóstol dice, que somos justicados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús (b). Y por esto, nos asimos siempre a este fundamento, dando toda la gloria a Dios (c), humillándonos ante Él, y reconociéndonos tales cual somos, sin vanagloriarnos de nosotros mismos o de nuestros méritos (d), apoyándonos y descansando tan solo en la obediencia de Cristo crucicado (e), la cual es la nuestra propia si creemos en Él (f).

 

Esta es suciente para cubrir todas nuestras iniquidades, y darnos conanza, librando la conciencia de temor, asombro y espanto para llegar a Dios (g), sin hacer como nuestro primer padre Adán, quien, temblando, pretendía cubrirse con hojas de higuera (h). Por cierto, si tuviéramos que comparecer ante Dios conando en nosotros mismos o en cualquiera otra criatura por poco que ésta fuese, seríamos ¡por desgracia! consumidos (i). Y por esto es por lo que cada uno debe orar con David: “Oh Jehová, ...no entres en juicio con tu siervo; porque no se justicará delante de ti ningún ser humano” (j).

 

a. Lc. 1:77; Col. 1:14; Sal. 32:1-2; Ro. 4:6-7 b. Ro. 3:23-24; Hch. 4:12 c. Sal. 115:1; 1 Co. 4:7; Ro. 4:2 d. 1 Co. 4:7, 1:29. 31; Ro. 4:2 e. Ro. 5:19 f. He. 11:6-7; Ef. 2:8; 2 Co. 5:19; 1 Ti. 2:6 g. Ro. 2:1; Ef. 3:12; 1 Jn. 2:1 h. Gn. 3:7 i. Is. 33:14; Dt. 27:26; Stg. 2:10 j. Sal. 130:3, 143:2; Mt. 18:23-26; Lc. 16:15

Artículo XXIV
La santicación del hombre y las buenas obras

Creemos, que esta fe verdadera, habiendo sido obrada en el hombre por el oír de la Palabra de Dios y por la operación del Espíritu Santo (a), le regenera, le hace un hombre nuevo, le hace vivir en una vida nueva (b), y le libera de la esclavitud del pecado (c). Por eso, lejos está de que esta fe justicadora haga enfriar a los hombres de su vida piadosa y santa (d), puesto que ellos, por el contrario, sin esta fe nunca harían nada por amor a Dios, sino sólo por egoísmo propio y por temor de ser condenados.

 

Así, pues, es imposible que esta santa fe sea vacía en el hombre; ya que no hablamos de una fe vana (e), sino de una fe tal, que la Escritura la llama: “la fe que obra por el amor” (f) y que mueve al hombre a ejercitarse en las obras que Dios ha mandado en su Palabra, las cuales, si proceden de la buena raíz de la fe, son buenas y agradables a Dios, por cuanto todas ellas son santicadas por Su gracia. Antes de esto, no pueden ser tenidas en cuenta para nuestra justicación (g); porque es por la fe en Cristo que somos justicados, aun antes de hacer obras buenas (h); de otro modo no podrían ser buenas, como tampoco el fruto de un árbol puede ser bueno, a menos que el árbol mismo lo sea (i). Así, pues, hacemos buenas obras, pero no para merecer (pues, ¿qué mereceríamos?); más bien, aun por las mismas buenas obras que hacemos, estamos en deuda con Dios, y no Él con nosotros (j), puesto que “Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad” (k). Prestemos, pues, atención a lo que está escrito: “Cuando hayáis hecho todo lo que os ha sido ordenado; decid Siervos inútiles somos, pues lo que debíamos hacer, hicimos” (l). Sin embargo, no queremos negar que Dios premie las buenas obras; pero es por Su gracia que Él corona sus dádivas (m). Además, a pesar de que hagamos buenas obras, no fundamos por ello nuestra salvación en ellas (n); porque no podemos hacer obra alguna, sin estar contaminada por nuestra carne, y ser también punible (o), y aunque pudiéramos producir alguna, el recuerdo de un sólo pecado bastaría para que Dios la desechase. De este modo, pues, estaríamos siempre en deuda, llevados de aquí para allá, sin seguridad alguna y nuestras pobres conciencias estarían siempre torturadas, si no se fundaran sobre los méritos de la pasión y muerte de nuestro Salvador (p).

 

a. Ro. 10:17; 1 P. 1:23; Jn. 5:24 b. 1 Ts. 1:5 Ro. 8:15; Jn. 6:29; Col. 2:12; Fil. 1:1,29; Ef. 2:8 c. Jn. 8:36; Hch. 15:9; Ro. 6:4,22; Tit. 2:12 d. Tit. 2:12 e. He. 11:6; 1Ti. 1:5; Tit. 3:8; Jn. 14:5 f. Gá. 5:6; Tit. 3:8; 1 Ti. 1:5 g. Ro. 9:31-32; 2 Ti. 1:9; Tit. 3:5 h. Ro. 4:4; Gn. 4:4 i. Mt. 7:17; He. 11:6; Ro. 13:23; Gn. 4:4 j. 1 Co. 4:7; Is. 26:12; Gá. 2:5; 1 Ts. 2:13 k. Fil. 2:1; Is. 26:12 l. Lc. 17:10 m. Ro. 2:6-7; 2 Jn. 8; Mt. 10:42; Mt. 25:34-35; Ap. 2:11, 3:12,21; Ro. 11:6 n. Ef. 2:9-10 o. Is. 64:6 p. Ro. 10:11; Hab. 2:4; Is. 28:16

Artículo XXV
El cumplimiento de la Ley

Creemos, que las ceremonias y guras de la Ley han terminado con la venida de Cristo (a), y que todas las sombras han llegado a su n; de tal modo, que el uso de las mismas debe ser abolido entre los cristianos (b); no obstante, nos queda la verdad y la sustancia de ellas en Cristo Jesús, en quien tienen su cumplimiento. Entretanto, usamos aún sus testimonios, tomados de la Ley y de los profetas, para conrmarnos en la doctrina del Evangelio (c), y también para regular nuestra vida en toda honestidad, para la gloria de Dios, según su voluntad.

 

a. Ro. 10:4 b. Gá. 5:2-4, 3:1, 4:10-11; Col. 2:16-17 c. 2 P. 1:19

Artículo XXVI
La intercesión de Cristo

Creemos, que no tenemos ningún acceso a Dios sino sólo por el único Mediador y Abogado: Cristo Jesús, el justo (a), quien por este motivo se hizo hombre, uniendo las naturalezas divina y humana, para que nosotros los hombres tuviésemos acceso a la Majestad Divina; de otra manera, ese acceso nos estaría vedado. Pero este Mediador que el Padre nos ha dado entre Él y nosotros, no debe asustarnos por su grandeza, de modo que nos busquemos otro según nuestro propio criterio (b). Porque no hay nadie, ni en el cielo ni en la tierra, entre las criaturas, que nos ame más que Cristo Jesús (c); “el cual, siendo en forma de Dios se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres”, y esto por nosotros (d), haciéndose “en todo semejante a sus hermanos”.

 

Si nosotros ahora tuviésemos que buscar otro Mediador que nos fuere favorable, ¿a quién podríamos hallar que nos amara más que Él, que dio su vida por nosotros, incluso cuando éramos sus enemigos (e)? Y, si buscamos a uno que tenga poder y majestad, ¿quién hay que tenga tanto de ambas cosas, como aquel que se sentó a la diestra de Dios; que dice: Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra? (f). Y ¿quién será oído, antes que el propio bien amado Hijo de Dios? De modo que sólo por desconanza se ha introducido este uso que deshonra a los santos en vez de honrarles, haciendo lo que ellos nunca hicieron ni desearon, sino que lo han rechazado constantemente como era su sagrado deber, según demuestran sus escritos (g). Y aquí no se tiene que aducir, que seamos indignos; porque aquí no se trata de nuestra dignidad al presentar nuestras oraciones, sino que las presentamos fundándonos únicamente sobre la excelencia y dignidad de nuestro Señor Cristo Jesús (h), cuya justicia es hecha nuestra mediante la fe.

Por eso, el apóstol, queriendo librarnos de este necio recelo, o mejor aún, de esta desconanza, nos dice que Cristo Jesús “debía ser en todo semejante a sus hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote en lo que a Dios se refiere, para expiar los pecados del pueblo. Pues en cuanto él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados” (i). Y luego, para infundirnos más valor para ir a Él, nos dice: “Por tanto, teniendo un gran sumo sacerdote que traspasó los cielos, Jesús el Hijo de Dios, retengamos nuestra profesión. Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado. Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro” (j). El mismo apóstol, dice: “teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Cristo Jesús, acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe”, etc. (k). Y, asimismo: Cristo, “por cuanto permanece para siempre, tiene un sacerdocio inmutable; por lo cual puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos” (l). ¿Qué más falta?, ya que Cristo mismo declara: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mi” (m). ¿A qué buscar otro abogado (n), siendo que a Dios le agradó darnos a Su Hijo como Abogado? (o). No le abandonemos a Él para tomar a otro; o lo que es más, para buscar a otro, sin poderlo encontrar jamás; porque cuando Dios nos lo dio, sabía muy bien que nosotros éramos pecadores. Por eso, según el mandato de Cristo, invocamos al Padre Celestial por medio de Cristo Jesús, nuestro único Mediador, conforme hemos aprendido en la oración del Señor (p); estando seguros, que cuanto pidiéramos al Padre en su nombre, nos será dado (q).

 

a. 1Ti. 2:5; 1 Jn. 2:1; Ro. 8:33 b. Os. 13:9; Jer. 2:13, 33 c. Jn. 10:11; 1 Jn. 4:10, Jn. 15:13; Ro. 5:8; Ef. 3:19 d. Fil. 2:7 e. Ro. 5:8 f. Mr. 16:19; Col. 3:1; Ro. 5:8; Mt. 11:27; Mt. 28:18 g. Hch. 10:26, 14:15 h. Dn. 9:17-18; Jn. 16:23; Ef. 3:12; Hch. 4:12; 1 Co. 1:31; Ef. 2:18 i. He. 2:17-18 j. He. 4:14-16 k. He. 10:19,22 l. He. 7:24-25 m. Jn. 14:6 n. Sal. 44:21 o. 1 Ti. 2:5; 1 Jn. 2:1; Ro. 8:33 p. Lc. 11:2 q. Jn. 4:17,16:23, 14:13

Artículo XXVII
La Santa Iglesia Católica

Creemos y confesamos una única Iglesia Católica o universal (a), la cual es una santa congregación de los verdaderos creyentes en Cristo, quienes toda su salvación la esperan en Cristo Jesús, siendo lavados por su sangre, y santicados y sellados por el Espíritu Santo. Esta Iglesia ha sido desde el principio del mundo, y será hasta el n (b); deduciéndose, según esto, que Cristo es un Rey eterno que no puede estar sin súbditos (c). Y esta santa Iglesia es guardada por Dios y sostenida contra el furor del mundo entero (d); si bien, a veces, (durante algún tiempo) ella parece a los ojos de los hombres haber venido a ser muy pequeña y quedar reducida a nada (e), así como el Señor, durante el peligroso reinado de Acab, reservó para sí a siete mil hombres que no doblaron sus rodillas ante Baal (f). Además, esta santa Iglesia tampoco está situada, sujeta o delimitada a cierto lugar o a ciertas personas, sino que se halla esparcida y extendida por todo el mundo; estando, sin embargo, ensamblada y reunida con el corazón y la voluntad (g) en un mismo Espíritu, por el poder de la fe (h). a. Is. 2:2; Sal. 24:5; Sal. 102:14; Jer. 31:36 b. Mt. 28:20, 25; 2 S. 7:16 c. Lc. 1:32-33; Sal. 89:37-48; Sal. 110:2-4 d. Mt. 16:18; Jn. 16:33; Gn. 22:17; 2 Ti. 2:19 e. Lc. 12:32; Is. 1:9; Ap. 12:6,14; Lc. 17:21; Mt. 16:18 f. Ro. 12:4, 9:29, 11:2, 4; 1 R. 19:18; Is. 1:9 g. Hch. 4:32 h. Ef. 4:3-4

Artículo XXVIII
Obligaciones de los Miembros de la Iglesia

Creemos, puesto que esta santa congregación es una reunión de los que son salvos, y que fuera de ella no hay salvación (a), que nadie, de cualquier condición o cualidad que sea, debe permanecer aislado para valerse por su propia persona (b); sino que todos están obligados a incorporarse y reunirse con ella; manteniendo la unidad de la Iglesia (c), sometiéndose a su enseñanza y disciplina, inclinándose bajo el yugo de Cristo Jesús (d), y sirviendo a la edicación de los hermanos, según los dones que Dios les ha otorgado, como miembros entre sí de un mismo cuerpo (e). Para que esto se pudiera observar mejor, es deber de todos los creyentes según la Palabra de Dios, separarse de aquellos que no son de la Iglesia (f), y unirse a esta congregación en cualquier lugar donde Dios la haya establecido (g); aún en el caso que los magistrados y los edictos de los Príncipes estuviesen en contra de ello, incluso, aun cuando la muerte o algún otro castigo corporal pendiese de eso mismo (h). Por lo tanto, todos aquellos que se separan de ella o que no se unen a ella, obran contra lo establecido por Dios.

 

a. 1 P. 3:20; Jl. 2:32 b. Hch. 2:40; Is. 52:11 c. Sal. 22:23; Ef. 4:3,12; He. 2:12 d. Sal. 2:10-12; Mt. 11:29 e. Ef. 4:12,16; 1 Co.12:12ss f. Hch. 2:40; Is. 52:11; 2 Co. 6:17; Ap. 18:4 g. Mt. 12:30; Mt. 24:28; Is. 49:22; Ap. 17:14 h. Dn. 3:17-18; Dn. 6:8-10; Ap. 14:14; Hch. 4:17,19, 17:7, 18:13

Artículo XXIX
Las marcas de la Verdadera Iglesia

Creemos, que por medio de la Palabra de Dios se ha de distinguir diligentemente y con buena prudencia, cuál sea la Iglesia verdadera; puesto que todas las sectas existentes hoy día en el mundo se cubren con el nombre de Iglesia. No hablamos aquí de la compañía de los hipócritas, los cuales se hallan en la Iglesia entremezclados con los buenos y, sin embargo, no son de la Iglesia, si bien corporalmente están en ella (a); sino que decimos, que el cuerpo y la comunión de la Iglesia verdadera se han de distinguir de todas las sectas que dicen que son la Iglesia.

 

Los signos para conocer la Iglesia verdadera son estos: la predicación pura del Evangelio (b); la administración recta de los Sacramentos, tal como fueron instituidos por Cristo (c); la aplicación de la disciplina cristiana, para castigar los pecados (d). Resumiendo: si se observan todas las cosas de acuerdo con la Palabra pura de Dios, desechando todo lo que se opone a ella (e), y teniendo a Cristo Jesús por la única Cabeza de la Iglesia (f). Mediante esto se puede conocer con seguridad a la Iglesia verdadera, de la cual a nadie le es lícito separarse de ella. Y respecto a los que son de la Iglesia, a éstos se les puede conocer por las señales características de los cristianos, a saber: por la fe (g), y cuando, habiendo recibido al único Salvador Cristo Jesús (h), huyen del pecado y siguen la justicia (i), aman al verdadero Dios y a sus prójimos, no se apartan ni a derecha ni a izquierda, y crucican la carne con las obras de ella (j). No es que ya no haya grandes debilidades en ellos, sino que luchan contra ellas todos los días de su vida por medio del Espíritu (k), amparándose constantemente en la sangre, muerte, pasión y obediencia de nuestro Señor Cristo Jesús, en quien tienen remisión de sus pecados, por la fe en Él (l). En cuanto a la falsa iglesia, ésta se atribuye a sí misma y a sus ordenanzas más poder y autoridad que a la Palabra de Dios (m), y rehúsa someterse al yugo de Cristo (n); no administra los Sacramentos como lo ordenó Cristo en su Palabra, sino que quita y agrega a ellos como mejor le parece; se apoya más en los hombres que en Cristo; persigue a aquellos que santamente viven según la Palabra de Dios (o), y a los que la reprenden por sus defectos, avaricia e idolatría (p). Estas dos iglesias son fáciles de conocer, y de distinguir la una de la otra.

 

a. Mt.13:22; 2 Ti. 2:18-20; Ro. 9:6 b. Jn. 10:27; Ef. 2:20; Hch. 17:11-12; Col. 1:23; Jn. 8:47 c. Mt. 28:19; Lc. 22:19; 1 Co. 11:23 d. Mt. 18:15-18, 2 Ts. 3:14-15 e. Col. 1:23; Gá. 1:6-8 f. Ef. 1:22-23; Jn. 10:4-5,14 g. Jn. 17:20; Ef. 1:13 h. 1 Jn. 4:2 i. 1 Jn. 3:8-10 j. Ro. 6:2; Gá. 5:24 k. Ro. 7:6; Ro. 7:17; Gá. 5:17 l. Col. 1:14 m. Col. 2:18-19 n. Sal. 2:3 o. Ap. 12:4; Jn. 16:2 p. Ap. 17:3-4,6

Artículo XXX
El Gobierno de la Iglesia

Creemos, que esta iglesia verdadera debe ser gobernada según la dirección espiritual que nuestro Señor nos enseñó en su Palabra; a saber, que debe haber Ministros o Pastores para predicar la Palabra de Dios y para administrar los Sacramentos (a); que también haya Ancianos y Diáconos para formar juntamente con los Pastores el Concilio de la Iglesia (b); y por este medio preservar la verdadera religión, y hacer que la buena doctrina sea propagada; que también los transgresores sean castigados y refrenados por medios espirituales (c); para que también los pobres y los aigidos sean ayudados y consolados según tengan necesidad. Por este medio todas las cosas marcharán bien y ordenadamente en la Iglesia, cuando se elige a aquellas personas que son eles, según la regla que de ello da san Pablo en su carta a Timoteo (d).

 

a. 1 Co. 4:1-2; 2 Co. 5:20; Ef. 4:11; Jn. 20:23; Hch. 26:17-18; Lc. 10:16 b. Hch. 6:3; Hch. 14:23 c. Mt. 18:17; 1 Co. 5:4-5 d. 1 Ti. 3:1; Tit. 1:5

Artículo XXXI
Los Ministros, Ancianos y Diáconos

Creemos, que los ministros de la Palabra de Dios (a), Ancianos y Diáconos (b) deben ser elegidos para sus respectivos ocios por elección de la Iglesia, bajo la invocación del Nombre de Dios y con buen orden según enseña la Palabra de Dios. Así, pues, cada uno debe cuidarse muy bien de no entrometerse por medios inconvenientes, sino que está obligado esperar el tiempo al que Dios la agrade llamarle (c), para que tenga testimonio de su llamamiento, y estar asegurado y cierto de que éste proviene del Señor. Referente a los ministros de la Palabra, en cualquier parte ellos tienen por igual un mismo poder y autoridad, siendo todos ellos ministros de Cristo Jesús (d), el único Obispo universal y la única Cabeza de la Iglesia (e). Además, a n de que las santas ordenanzas de Dios no sean lesionadas o tenidas en menos, decimos que cada uno debe tener en gran estima a los ministros de la Palabra y a los Ancianos de la Iglesia por razón del trabajo que desempeñan, llevándose en paz con ellos sin murmuraciones, discordia o disensión (f), hasta donde sea posible.

 

a. 1 Ti. 5:22 b. Hch. 6:3 c. Jer. 23:21; He. 5:4; Hch. 1:23; Hch. 13:2 d. 1 Co. 4:1; 1 Co. 3:9; 2 Co. 5:20; Hch. 26:16-17 e. 1 P. 2:25; 1 P. 5:4; Is. 61:1; Ef. 1:22; Col. 1:18 f. 1 Ts. 5:12-13; 1 Ti. 5:17; He. 13:17

Artículo XXXII
El orden y la disciplina de la Iglesia

Creemos, además, que los que rigen las iglesias deben ver que es bueno y útil que instituyan y conrmen entre sí ciertas ordenanzas tendente a la conservación del cuerpo de la iglesia, y que estos no obstante deben cuidar de no desviarse de lo que Cristo, nuestro único Maestro, ha ordenado (a). Por esto, desechamos todo invento humano y todas leyes que se quisieran introducir en la adoración a Dios, y con ellas obligar y forzar las conciencias en cualquier forma que ello fuese posible (b). De manera, pues, que únicamente aceptamos aquello que es útil para fomentar y conservar la concordia y unidad, y mantener a todos los hombres en la obediencia a Dios. Para lo cual se exige la excomunión o la disciplina eclesiástica, ejecutada según la Palabra de Dios, con todo lo que a ella está ligado (c).

 

a. Col. 2:6-7 b. 1 Co. 7:23; Mt. 15:9; Is. 29:13; Gá. 5:1; Ro. 16:17-18 c. Mt. 18:17; 1Co. 5:5; 1Ti. 1:20

Artículo XXXIII
Los Sacramentos

Creemos, que nuestro buen Dios, atento a nuestras debilidades y aquezas nos ha ordenado los Sacramentos para sellarnos sus promesas (a), y para ser prendas de la buena voluntad y gracia de Dios hacia nosotros, también para alimentar y fortalecer nuestra fe; los cuales unió a la Palabra del Evangelio para presentar mejor a nuestros sentidos externos tanto lo que Él nos da a entender en su Palabra, como lo que Él hace interiormente en nuestros corazones, haciendo ecaz y rme en nosotros la salvación que Él nos imparte. Son signos visibles y sellos de algo interno e invisible, por medio de los cuales Dios obra en nosotros por el poder del Espíritu Santo. Así, pues, las señales no son vanas ni vacías, para engañarnos; porque Cristo Jesús es su verdad, sin el cual ellas no serían absolutamente nada (b). Además, nos contentamos con el número de Sacramentos que Cristo, nuestro Maestro, nos ha ordenado, los cuales no son más que dos, a saber: el Sacramento del Bautismo, y el de la Santa Cena de nuestro Señor Cristo Jesús (c).

 

a. Ro. 4:11; Gn. 17:11, 9:13 b. Col. 2:11,17; 1 Co. 5:7 c. Mt. 26:36; 28:19

Artículo XXXIV
El Santo Bautismo

Creemos y confesamos, que Cristo Jesús , el cual es el n de la Ley (a), por su sangre derramada ha puesto término a todos los demás derramamientos de sangre que se pudieran o quisieran hacer para propiciación o satisfacción por el pecado; y que Él, habiendo abolido la circuncisión que se hacía con derramamiento de sangre, en lugar de ésta ha ordenado el Sacramento del Bautismo (b), por el cual somos recibidos en la Iglesia de Dios, y separados de todos los otros pueblos y religiones extrañas, a n de estarle a Él totalmente consagrados, llevando su insignia y estandarte; y nos sirve de testimonio de que Él será eternamente nuestro Dios, siéndonos un Padre clemente. Así pues Él ha mandado bautizar a todos los suyos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo (c), solamente con agua; dándonos con esto a entender, que así como el agua limpia la suciedad del cuerpo al ser derramada sobre nosotros, lo cual se ve en el cuerpo de aquel que recibe el Bautismo cuando se le rocía, así la sangre de Cristo hace lo mismo dentro del alma al ser rociada por el Espíritu Santo, es puricada de sus pecados, y hace que de hijos de ira seamos regenerados en hijos de Dios (d). No es que esto suceda por el agua externa, sino por la aspersión de la preciosa sangre del Hijo de Dios (e); el cual es nuestro Mar Rojo, a través del cual debemos pasar, a n de evitar las tiranías de Faraón, que es el diablo, y entrar en la tierra del Canaán espiritual. Así los ministros nos dan de su parte el Sacramento, y lo que es visible (f); pero nuestro Señor da lo que por el Sacramento es signicado, a saber, los dones y gracias invisibles, lavando, puricando y limpiando nuestra alma de todas las suciedades e injusticias (g), renovando nuestro corazón y colmándolo de toda consolación, dándonos una verdadera seguridad de su bondad paternal, revistiéndonos del hombre nuevo, y desnudándonos del viejo con todas sus obras (h). Por esta razón, creemos, que quien desea entrar en la vida eterna debe ser bautizado una vez con el único Bautismo sin repetirlo jamás (i); porque tampoco podemos nacer dos veces. Mas este Bautismo es útil no sólo mientras el agua está sobre nosotros, sino también todo el tiempo de nuestra vida (j).

 

Por tanto, reprobamos el error de los Anabaptistas, quienes no se conforman con un solo bautismo que una vez recibieron; y que además de esto, condenan el bautismo de los niños de creyentes; a los cuales nosotros creemos que se han de bautizar y sellar con la señal del pacto (k), como los niños en Israel eran circuncidados (l) en las mismas promesas que son hechas a nuestros hijos. Y, por cierto, Cristo ha derramado su sangre para lavar a los niños de los creyentes, no menos que él lo ha hecho por los adultos (m).

 

Por lo cual, deben recibir la señal y el Sacramento de aquello que Cristo hizo por ellos; conforme el SEÑOR en la Ley mandó que ellos deben ser hechos participantes del Sacramento del padecimiento y de la muerte de Cristo, poco después que hubieran nacido, sacricando por ellos un cordero, lo cual era un signo de Cristo Jesús (n). Por otra parte, el Bautismo signica para nuestros hijos lo mismo que la Circuncisión signicaba para el pueblo judío; lo cual da lugar a que san Pablo llame al Bautismo "la circuncisión de Cristo" (o).

 

a. Ro. 10:4 b. Col. 2:11; 1 P. 3:21; 1 Co. 10:2 c. Mt. 28:19 d. 1 Co. 6:11; Tit. 3:5; He. 9:14; 1 Jn. 1:7; Ap. 1:6 e. Jn. 19:34 f. Mt. 3:11; 1 Co. 3:5,7; Ro. 6:3 g. 1 P. 3:21; Ef. 5:26; Hch. 22:16 h. Gá. 3:27; 1 Co. 12:13; Ef. 4:22-24 i. Mr. 16:16; Mt. 28:19; Ef. 4:5; He. 6:2 j. Hch. 8:16, 2:38 k. Mt. 19:14; 1 Co. 7:14 l. Gn. 17:11-12 m. Col. 2:11-12 n. Jn. 1:29; Lv. 12:6 o. Col. 2:11

Artículo XXXIV
La Santa Cena de Nuestro Señor Cristo Jesús

Creemos y confesamos, que nuestro Señor Cristo Jesús ha ordenado e instituido el Sacramento de la Santa Cena (a) para alimentar y sostener a aquellos que ya ha regenerado e incorporado en su familia, la cual es su iglesia. Aquellos que han sido regenerados tienen ahora en sí dos clases de vida (b): una corporal y temporal, que han traído de su primer nacimiento y es común a todos los hombres; otra espiritual y celestial, que les es dada en el segundo nacimiento (c), el cual se produce por La Palabra del Evangelio (d), en la comunión del cuerpo de Cristo; y esta vida no es común a todos, sino sólo a los elegidos de Dios (e). De este modo, Dios ha dispuesto, para mantenimiento de la vida corporal y terrenal, un pan terrenal y visible que sirve para ello y que es común a todos, de la misma manera que la vida. Pero, para mantener la vida espiritual y celestial que poseen los creyentes, Él les ha enviado un pan vivo, que descendió del cielo, a saber, Cristo Jesús (f); este pan alimenta y sostiene la vida espiritual de los creyentes, cuando Él es comido, esto es: cuando Él es apropiado y recibido por la fe, en el espíritu (g). A n de representarnos este pan celestial y espiritual, Cristo ha dispuesto un pan terrenal y visible por Sacramento de Su cuerpo, y el vino por Sacramento de Su sangre (h), para manifestarnos, que tan ciertamente como recibimos el sacramento y lo tenemos en nuestras manos y lo comemos y bebemos con nuestra boca, por lo cual es conservada nuestra vida, así es de cierto también que recibimos en nuestra alma, para nuestra vida espiritual, por la fe (que es la mano y la boca de nuestra alma) el verdadero cuerpo y la sangre de Cristo, nuestro único Salvador (i). Ahora pues, es seguro e indudable, que Cristo Jesús no nos ha ordenado en vano los sacramentos. Pues, de este modo obra en nosotros todo lo que Él nos pone ante los ojos por estos santos signos; si bien la manera excede a nuestro entendimiento y nos es incomprensible, al igual que la acción del Espíritu Santo es oculta e incomprensible. Mientras tanto, no erramos cuando decimos, que lo que por nosotros es comido y bebido, es el propio cuerpo y la propia sangre de Cristo (j); pero la manera en que los tenemos no es por la boca, sino a través del espíritu por la fe. Así pues, Cristo Jesús permanece siempre sentado a la diestra de Dios, su Padre, en los cielos (k), y sin embargo no por eso deja de hacernos partícipes de Él por la fe. Esta comida es una mesa espiritual, en la cual Cristo mismo se nos comunica con todos sus bienes, y en ella nos da a gustar tanto a Sí mismo, como los méritos de su muerte y pasión (l); alimentando, fortaleciendo y consolando nuestra pobre alma por la comida de su carne, vivicándola y recreándola por la bebida de su sangre (m). Por lo demás, aunque los sacramentos están unidos con las cosas signicadas, sin embargo, no son recibidos por todos de igual manera.

 

El impío recibe en sí el sacramento para su condenación (n), pero no recibe la verdad del sacramento; igual que Judas y Simón Mago, ambos recibieron el sacramento, pero no a Cristo, que es signicado por eso mismo, y quien únicamente es comunicado a los creyentes.

 

Por último, recibimos el santo sacramento en la congregación del pueblo de Dios, con humildad y reverencia (o) guardando entre nosotros un santo recuerdo de la muerte de Cristo nuestro Salvador, con acción de gracias, y además hacemos confesión de nuestra fe y de la religión cristiana. Por eso, es conveniente que nadie se allegue al sacramento sin haberse examinado primero a sí mismo, no sea que al comer de este pan y al beber de esta copa, beba juicio para sí (p).

 

En resumen, por el uso de este santo Sacramento somos movidos a un ardiente amor hacia Dios y hacia nuestro prójimo. Por todo lo cual desechamos todas las invenciones condenables que los hombres han agregado y mezclado a los Sacramentos como profanaciones de los mismos, y decimos que es preciso conformarse con la institución que de los Sacramentos nos enseñaron Cristo y sus apóstoles; de los cuales tenemos que hablar de la misma manera que ellos lo hicieron.

 

a. Mt. 26:26; Mr.14:22; Lc. 22:19; 1 Co. 11:23-25 b. Jn. 3:6 c. Jn. 3:5 d. Jn. 5:23,25 e. 1 Jn. 5:12; Jn. 10:28 f. Jn. 6:32-33; Jn. 6:51 g. Jn. 6:63 h. Mr. 6:26 i. Jn. 6:35; 1 Co. 10:16-17; Ef. 3:17 j. Jn. 6:55-56; 1 Co. 10:16 k. Mr. 16:19; Hch. 3:21; Mt. 26:11 l. 1 Co. 10:2-4; Mt. 26:26ss; Lc. 22:19-20 m. Is. 55:2; Ro. 8:22-23 n. 1 Co. 11:29; 1 Co. 6:14-15; 1 Co. 2:14 o. Hch. 2:42; 20:7 p. 1 Co. 11:27-28

Artículo XXXVI
El Gobierno Civil

Creemos, que nuestro buen Dios, a causa de la perversión del género humano, ha establecido reyes, príncipes y autoridades (a), ya que Él quiere que el mundo sea regido por leyes y gobiernos, para que los desenfrenos de los hombres sean reprimidos, y todo se haga entre ellos en buen orden y decencia. Para este n puso Él la espada en manos de las autoridades, para castigo de los malos y protección de los que hacen bien. Su ocio no es sólo observar y velar por el gobierno, sino también mantener el santo culto de la Palabra, para exterminar y destruir toda superstición y falso culto de Dios*(b), para romper y desbaratar el reino del anticristo, y hacer promover el Reino de Cristo Jesús, y hacer predicar en todas partes la Palabra del Evangelio, a n de que Dios sea de todos servido y honrado como Él lo manda en Su Palabra. Además, cada uno, sea de la condición o estado que fuere, está obligado a someterse a las autoridades (c), pagar los impuestos (d), rendirles honor y respeto, y obedecerles en todo lo que no vaya contra la Palabra de Dios (e); orando por ellas en sus oraciones, para que el Señor los gobierne y les guíe en todos sus caminos, y para que vivamos quieta y reposadamente, en toda piedad y honestidad (f). En virtud de esto, no concordamos con los anabaptistas y otros hombres rebeldes, que rechazan a las autoridades y magistrados, y pretenden derribar la justicia (g), introduciendo la comunidad de bienes, y trastornando la honorabilidad que Dios estableció entre los hombres (h).

 

a. Ro. 13:1; Pr. 8:15; Dn. 2:21; Jer. 21:12; Jer. 22:2-3; Sal. 82:1,6; Sal. 101:2; Éx. 18:20ss; Dt. 1:15-16; Dt. 16:18; Dt. 17:15; Dn. 2:37; Dn. 5:18 b. Is. 49:23,25; 1 R. 15:12; 2 R. 23:2-4 c. Tit. 3:1; Ro. 13:1 d. Mr. 12:17; Mt. 17:24 e. Hch. 4:17-19; Hch. 5:29; Os. 5:11 f. Jer. 29:7; 1 Ti. 2:1-2 g. 2 P. 2:10 h. Jud. 8,10

*Esta frase, tocante al ocio de la magistratura en su relación a la iglesia, se genera sobre el principio de la iglesia establecida la cual fue primero aplicada por Constantino y después también por muchos países Protestantes. Sin embargo, la historia no apoya el principio del dominio del estado sobre la iglesia, sino al contrario la separación de la iglesia y el estado. Además, es contrario a la nueva dispensación que el estado arbitrariamente sea envestido de autoridad para reformar la iglesia, y para negarle a la iglesia el derecho de conducir independientemente sus propios asuntos como un territorio distinto, pero a la par del estado. El Nuevo Testamento no sujeta la iglesia Cristiana a la autoridad del estado, para que ésta deba ser gobernada y extendida por medios políticos, sino solo a nuestro Señor y Rey, como un territorio independiente del estado, para y completamente independiente del estado, para que pueda ser edicada y gobernada por sus ociales, y únicamente con armas espirituales. Prácticamente todas las Iglesias Reformadas han repudiado la idea de la iglesia establecida, y abogan por la autonomía de las iglesias y la libertad de consciencia personal en asuntos concernientes al servicio de Dios.

 

“La Iglesia Cristiana Reformada en América, estando en completo acuerdo con esta opinión, se siente constreñida a declarar que no concibe el ocio de la magistratura en este sentido, esto es, que también tenga la estricta obligación de ejercer autoridad política en la esfera de la religión, por medio de la manutención y establecimiento de una Iglesia Estatal, de expandir y apoyar a la misma como ύnica verdadera Iglesia, y para oponerse, perseguir y destruir por medio de la espada a todas las otras iglesias como si fueran religiones falsas; y también para declarar que positivamente sostiene que, dentro de su propia esfera secular, la magistratura tiene un deber divino hacia la primera tabla de la Ley al igual que a la segunda; y que además ambos, Estado e Iglesia como instituciones de Dios y Cristo tienen derechos y deberes mutuos ordenados de lo alto, y por lo tanto tienen una obligación recíproca muy sagrada que satisfacer por medio del Espíritu Santo, que procede del Padre y del Hijo. No obstante, no pueden invadir el territorio el uno del otro. La Iglesia tiene derechos de soberanía en su propia esfera al igual que el Estado” (Acta Sinódica 1910).

Artículo XXXVII
El Juicio Final

Finalmente, creemos, que, según la Palabra de Dios, cuando el tiempo (que todas las criaturas ignoran) (a) ordenado por el SEÑOR haya llegado, y el número de los elegidos esté completo, nuestro Señor Cristo Jesús vendrá del cielo corporal y visiblemente como ascendió (b), con gran gloria y majestad, para declararse Juez sobre vivos y muertos (c), poniendo a este viejo mundo en fuego y llamas para puricarlo (d). Y entonces comparecerán personalmente ante este gran Juez todos los hombres, tanto varones como mujeres y niños que desde el principio del mundo hasta su n habrán existido (e), siendo emplazados “con voz de arcángel, y con trompeta de Dios” (f). Porque todos aquellos que hayan muerto, resucitarán de la tierra, siendo reunidas y juntadas las almas con sus propios cuerpos en los que hubieron vivido (g). Y en cuanto a los que entonces vivan aún, estos no morirán como los otros, sino que en un instante serán transformados, y de corruptibles serán tornados incorruptibles (h). Entonces, los libros serán abiertos (esto es, las conciencias), y los muertos serán juzgados según lo que en este mundo hubieran hecho, sea bueno o malo (i). Los hombres darán cuenta de todas las palabras ociosas que hablaron y a las que el mundo no atribuía ninguna importancia, considerándolas como juego de niños y pasatiempo (j); quedarán entonces descubiertos públicamente, ante todos, los secretos y las hipocresías de los hombres (k). Por eso, la consideración de este juicio es justamente terrible y pavorosa para los malos e impíos (l), y muy deseable y consoladora para los piadosos y elegidos, puesto que entonces su plena redención será consumada, y allí recibirán los frutos de los trabajos y de las penas que sobre llevaron (m); su inocencia será conocida de todos; y verán la terrible venganza que Dios hará contra los impíos (n) que cruelmente los tiranizaron, oprimieron y atormentaron en este mundo (o). Estos serán vencidos por el testimonio de sus propias conciencias (p), y serán inmortales, pero en tal forma, que serán atormentados en el fuego eterno (q) preparado para el diablo y sus ángeles (r).

 

En cambio, los eles y elegidos serán coronados con gloria y honor (s). El Hijo de Dios confesará sus nombres delante de Dios el Padre y de sus ángeles escogidos (t); todas las lágrimas serán limpiadas de los ojos de ellos (u); su causa, que al presente es condenada por muchos jueces y autoridades como herética e impía, será conocida como la causa del Hijo de Dios mismo (v). Y como recompensa por gracia, el SEÑOR les hará poseer una gloria tal, que ningún corazón humano jamás podría concebir (w). Por eso, esperamos ese gran día con inmenso deseo, para gozar plenamente las promesas de Dios, en Cristo Jesús, nuestro Señor (x). Amén. “Amén sí, ven Señor Jesús” (Ap. 22:20).

 

a. Mt. 24:36; Mt. 25:13; 1 Ts. 5:1-2; Ap. 6:11; Hch. 1:7; 2 P. 3:10 b. Hch. 1:11 c. 2 Ts. 1:7-8; Hch. 17:31; Mt. 24:30; Mt. 25:31; Jud. 15; 1 P. 3:10 d. 2 P. 3:7, 3:10; 2 Ts. 1:8 e. Ap. 20:12-13; Hch. 17:31; He. 6:2, 9:27; 2 Co. 5:10; Ro. 14:10 f. 1 Co. 15:42; Ap. 20:12-13; 1 Ts. 4:16 g. Jn. 5:28-29; Jn. 6:54; Dn. 12:2; Job 19:26-27 h. 1 Co. 15:51-53 i. Ap. 20:12-13; 1 Co. 4:5; Ro. 2:5-6, 14:11-12; Job 34:11; Jn. 5:24, 5:29; Dn. 12:2; Sal. 62:12; Mt. 11:22, 23:33; 2 Co. 5:10; He. 6:2 j. Ro. 2:5; Jud. 15; Mt. 12:36 k. 1 Co. 4:5; Ro. 2:1-2; Ro. 2:16; Mt. 7:1-2 l. Ap. 6:15-16; He. 10:27 m. Lc. 14:14, 21:28; 1 Jn. 3:2, 4:17; Ap. 14:7; 2 Ts. 1:5-7 n. Dn. 7:26 o. Mt. 25:46; 2 Ts. 1:6-8; Mal. 4:3 p. Ro. 2:15 q. Ap. 21:8; 2 P. 2:9 r. Mal. 4:1; Mt. 25:43 s. Mt. 13:43, 25:34 t. Mt. 10:32 u. Is. 25:8; Ap. 21:4 v. Is. 66:5 w. Is. 64:4; 1 Co. 2:9 x. He. 10:36-28

Renovando Tu Mente

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"No se amolden al mundo actual, sino sean transformados mediante la renovación de su mente. Así podrán comprobar cómo es la voluntad de Dios: buena, agradable y perfecta."

Romanos 12:2

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